Cuando escucho hablar de ellos, vuelo a la épica griega; a aquellos
personajes imaginados, para enriquecer la vida.
No me concentro en las persona de quienes tanto me hablan, como si fuesen de esos héroes; miro a otro lado para no ver lo que veo, no tener que decir y no herir sentimientos.
Hay, entre quienes tienen de esos héroes, amigos. ¡Hay que cuidar las buenas amistades!
No debo herirlos, pues sería como hacerlo conmigo mismo y, hasta más doloroso.
En mi casa y hasta en la calle, me hablan de Dios y callo. Lo hago por respeto a ellos y porque,
en este caso, no tengo respuesta. Es un enigma complicado. El espacio es infinito. ¿Como abarcarlo?
No sé qué es pecar, ni si he pecado, pero dicen que es algo malo. Peca quien mal juzga.
No sé, en verdad; habría que preguntarle a algún oráculo que, por lo mismo,
lo del el tan abundante espacio, estar encerrado en una isla, tampoco nada de fuera atrapa.
Esos héroes, que cada quien adorna, como para que no queden desvestidos, les veo el cuero y las costillas; mi mirada y juicio les desviste. Llevaban sus propias piedras al hombro, las ponían por delante, una, otra vez y con ellas tropezaban,
Pero debo callar, no hablar de intimidades; de lo que veo, creo, en verdad, hay detrás de esos adornos.
Callar es mi pasaporte. Mi mundo es como pequeño. Pero la historia es paciente, como la mar adentro en calma.
Cada cosa es empujada con paciencia; una ola la trae, otra la regresa, pero siempre el impulso anterior es más fuerte y empuja hacia la orilla.
Cada quien llega al sitio que le corresponde; los héroes son y no lo son: hay que esperar que la mar se calme, los vientos se apacigüen, remanse la ola y cada quien quede en donde le corresponde.
La historia suele ser muy juiciosa, aunque, cuando ella sentencie, ya no se puedan pagar o cobrar los pecados.

