Como la mayoría de los jóvenes de mi generación fui un embelesado militante de la llamada izquierda revolucionaria y de sus engañosas mitomanías.
Cambié radicalmente mi percepción sobre sus “cantos de sirenas”, cuando empecé encaminar mis ideas y pensamientos, por los viejos principios y valores de la verdad, honestidad y dignidad, racionalidad que no deja lugar a dudas, con el infalible método científico de la investigación, experimentación y verificación. Intachable moralidad, que sigue estando por encima de los “cautivadores tentáculos, de las ideologías”.
Pero definitivamente le hice la cruz a la engañosa “Hoz y el Martillo”, por las despreciables solidaridades automáticas, de sus líderes y gobernantes, con sus “lambiscones compinches”. A pesar de arrastrar en su haber, un amplio y reprochable dosier de fechorías.
Resulta “grotescamente apoteósico”, cuando “la jauría comunista” nos aclama a rabiar, porque convalidamos unánimemente, sus felonías, pero que venenosa y marga hiel destilan, cuando los denunciamos públicamente.
Ocurrió miles de veces en la Alemania nazista e Italia fascista. Sigue pasando en Cuba y Nicaragua. Lastimosamente, ahora se replica con vergonzoso furor, en el manido socialismo del siglo XXI, que pisotea a Venezuela.
Recientemente fuimos sorprendidos con esta suerte “Déjá Vu de la infame represión”, (Macabro Ripley, en criollito), con la hipocresía y el disimulo político, de los presidentes izquierdistas, Claudia Sheinbaum y Luiz Inazio Lula da Silva.
En el primer caso, frente a la enardecida irreverencia mostrada por los jóvenes de la llamada Generación Z, que se volcó a las calles, a expresar su “rotunda arrechera” contra el estatus quo politiquero, y las políticas anti pueblo de la mandataria mexicana.
Como ya es habitual en el modus operandi de los autócratas de izquierda cuando el pueblo los confronta, la Sheinbaum apeló al manoseado argumento de dividir a la sociedad entre pobres y ricos, entre pueblo versus anti-pueblo, donde los revoltosos, incluidas las madres que una vez más reclamaban justicia para sus hijos desaparecidos, a politiqueros infiltrados y críticos del gobierno, quienes pasarían a ser los verdaderos enemigos de México. Es decir, la vieja proclama “divide, confunde y vencerás”.
Con relación al impreciso Lula Da Silva, quien tampoco fue capaz de “aguantar dos pedidas”, como decimos coloquialmente en Venezuela, para mostrar su “garrote ADN represor”, luego de que Donald Trump levantara los aranceles a las importaciones brasileñas.
Y en plena madrugada del día siguiente a la medida, envió a los perros cancerberos de la policía federal a la residencia del ex presidente Jair Bolsonaro, para humillarlo metido en una celda, y poner fin, a su encierro, de casa por cárcel.
“La prisión de Jair Bolsonaro es la mayor persecución política de la historia de Brasil!”, afirmó en sus redes sociales el diputado Sóstenes Cavalcante, jefe en la Cámara Baja del Partido Liberal (PL), que lidera el ex mandatario.
La combativa prensa libre de ambos países, no se hizo esperar, escudriñando hasta el fondo, para informar y someter al escrutinio público, los entretelones de las camufladas patrañas comunistas.
Ya sin asombro, pues hemos perdido esa genuina capacidad, ventilamos que la cubanizada Venezuela, está de riguroso turno, y a merced, del yugo comunista, en caso que se desvanezcan los esfuerzos de los países democráticos del mundo, liderados por Estados Unidos, por lograr su libertad.
Que clase magistral de pedagogía política y civilidad institucional, la que imparten a su gente y al mundo, las estupendas reseñas periodísticas de la prestigiosa revista mexicana “Letras Libres”, en torno a su valerosa Juventud Z, (nacida a partir de 1990), contra Claudia Sheinbaum.
“La protesta no es solo por una falla técnica o administrativa en el gobierno”. Describe la escritora Ivabelle Arroyo, en un elocuente relato. “Es una forma de señalar fallas morales del gobierno. Por eso, cuando el poder intenta deslegitimarla por las credenciales de quienes fueron o convocaron, lo que hace es eludir el escrutinio moral al que está sujeto y tomar en sus manos la facultad de calificar moralmente a los ciudadanos”. (…)
Por su parte, el periodista Luis Antonio Espino, recuerda en un certero análisis, que: “No son ni de lejos un movimiento político. Son todavía una constelación de agravios sociales: la violencia y la impunidad del crimen; la corrupción desbordada; la prepotencia e incompetencia de la nueva élite política; la destrucción del sistema de salud y el desabastecimientos de medicinas; “Y, por debajo de todo, la sensación de que esto no es producto del caos, sino de una estrategia diseñada para beneficiar a un entramado político-criminal”.(…).
La gran lección aprendida es que el poder no tiene ideología cuando se trata de arraigar el control político y dictatorial. Vale decir, que es lo mismo, en dictaduras de izquierda como de derecha. Y el Déjá Vu o Ripley represor, se sucede eternamente, con el color y la saña, del verdugo de turno.
Con información de PanAmPost, Folha de Sao Paulo, Letras Libres de México- Redes Sociales – ezzevil34@gmail.com

