La narrativa en primera persona, también llamada “storytelling”, puede funcionar en la crítica de cine, pero como todo, merece un análisis y un comentario aparte.
Primero, no es un recurso nuevo, en ningún género, tal como se cree y se explota en redes sociales, ante el reclamo de “echar el cuento” y relatarlo por ti mismo, según los dogmas del mercadeo del selfie, del imperativo de la marca personal.
Ciertamente, hay un apogeo del lugar enunciativo en la primera persona, no sólo en la crítica de cine, sino en todos los géneros periodísticos y audiovisuales, empezando por los documentales y concluyendo en la autoayuda de la tendencia del biopic, con malos y buenos ejemplos de cómo las historias de ídolos sirven para inspirar, pero también para vender humo y falsas esperanzas a espectadores demasiado cautivos.
En el peor de los casos, el show de sí mismo puede conducir a un pérdida absoluta del contexto, del sentido de la realidad, tomando a la parte por el todo, cometiendo una falacia argumentativa.
Por ejemplo, la personalización del discurso conlleva el riesgo de atacar al mensajero en lugar del mensaje, incurriendo en el defecto de la descalificación ad hominem, es decir, de centrar la discusión en el emisor, para desprestigiar su análisis, si no conviene o gusta.
Es un tipo de sofisma que circula por TikTok, al exponer chismes de famosos y actores, con el propósito de despertar el morbo, polarizar y neutralizar un contenido, cuyo mensaje y protagonista se quieren desprestigiar, al límite de una cacería de brujas.
En efecto, vemos como una película como Wicked por siempre lo radiografía en su guion, mientras sus actrices resultan siendo víctimas de la quema que buscan expurgar, porque los supuestos fanáticos hablan de sus problemas y el estado de sus cuerpos.
De modo que se trata de una típica campaña sucia, que se engendra en laboratorios de bots, para radicalizar audiencias y pescar clicks de una manera perniciosa, sesgada.
En última instancia, la primera persona no es para todo el mundo, como se cree, pues admite márgenes de error y comportamientos tóxicos que no se explican, que no se atajan a tiempo, que no se acompañan, y que pueden desencadenar crisis de reputación severas, cuando la narrativa populista del emisor no se condice con su conducta, tal como se evidencia en Mago de Oz.
Por tanto, se sufre de una decepción al conocer a los que mueven los hilos detrás de las cortinas de post y reels tan vistosos, en un mundo de apariencias de bonanza, felicidad, proximidad e intimidad.
De ahí que la novela de los realitys shows dure apenas temporadas, en la mayoría de los casos, puesto que las celebridades de un día o los nuevos influencers tienen dificultad para sostener el peso de su relato, de cara a la realidad.
De modo que la prueba es sostenerse y lograr equilibrar la balanza, entre lo que se dice y lo que se hace, sin ceder a la presión y la urgencia por ser otro, por simular o impostar una imagen que no se corresponde con los hechos.
Pero la primera persona, sostuve al principio, tampoco es un asunto de la actualidad, lleva siglos cultivándose.
Autores como Regis Debray, en el libro esencial Vida y muerte de la imagen, estudiaron los efectos de personalizar el discurso en el arte, provocando un cisma en nuestros criterios perceptivos y algunas desilusiones importantes. Por eso, solemos despecharnos cuando descubrimos que detrás de la cortina, una ópera y una pintura no eran solo las obras maestras del algún genio.
Nos damos cuenta de que hay algo más, un andamiaje, una historia, una estructura, una evolución, una civilización.
Por tanto, exijamos mejores críticos y narrativas en primera persona, que nos enseñen de verdad, nos formen, nos ayuden a distinguir al impostor del personaje virtuoso.
Ser más precisos y elocuentes, ser más centrados, ser menos egocéntricos, puede que nos guíe en el camino de la emancipación del pensamiento, de la reivindicación del pensamiento crítico.
Ver más a los demás y sus procesos, que solo narrar anécdotas desde el ombligo.

