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Jonatan Alzuru: La imposibilidad de deliberar

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La horizontalidad de las redes y la educación como antivalor.

En los oficios —como en la política— la experiencia no sustituye al conocimiento. Todos usamos zapatos y podemos distinguir modelos, colores o comodidades. Pero el diálogo entre dos diseñadores que han dedicado su vida a ese oficio es necesariamente asimétrico respecto al que puede tener cualquier usuario. Lo mismo ocurre con la música: cualquiera puede preferir Lux de Rosalía o una colaboración entre Karol G y Andrea Bocelli, pero esa conversación difícilmente superará el ámbito del gusto personal. En cambio, Dudamel y Gabriela Montero pueden discutir —y acordar— sobre virtudes técnicas, errores interpretativos, tensiones rítmicas o exigencias de partitura, aunque sus preferencias musicales sigan siendo distintas.

Las redes sociales disuelven esa distinción: en su estructura horizontal, un comentario experto convive con otro completamente ignorante, y cualquier interlocutor puede contradecir a quien ha dedicado décadas a estudiar un arte. No es un problema de “derecho a opinar”, sino de la imposibilidad de jerarquizar argumentos. Las redes no permiten deliberar: son plataformas de “me gusta / no me gusta”, no de examen razonado. Lo que parece diálogo es, en realidad, una multitud de monólogos breves.

I. La política bajo la lógica del gusto

En política sucede lo mismo: todos experimentamos las consecuencias de decisiones públicas y, por tanto, todos tenemos opiniones. Pero la experiencia de vivir en un país no equivale al conocimiento sistemático de la política. Para eso existen carreras universitarias, teorías, métodos de análisis, matrices conceptuales y formas de evaluar prácticas políticas.

El deterioro de las instituciones educativas venezolanas durante los últimos veinticinco años ha producido algo más profundo que ignorancia: ha convertido el oficio intelectual en un antivalor. Citar un libro se ve como prepotencia; apelar a la tradición de pensamiento, como hostilidad; articular una crítica técnica, como agresión personal. El resultado no es solo desvalorización del saber, sino la imposibilidad cultural de distinguir entre argumento y adhesión.

Así se comprende el clima público: discrepamos no con ideas, sino con personas; celebramos o rechazamos opiniones según quién las diga, no según lo que dicen. Basta revisar programas y podcasts venezolanos muestra que la discusión gira en torno a estar “a favor” o “en contra” de alguien, no sobre evaluar argumentos. Nos debería dar vergüenza que el debate sea “Chavismo”, “Mariacorinismo”, “Caprilismo” o “Leopoldismo”; pero en realidad refleja nuestro ethos, es decir, describe tanto a los opresores como a los oprimidos,

Vivimos, paradójicamente, en un país que quiere salir de una dictadura y reconstruir una democracia, pero que se comporta —en su conversación pública— con la lógica emocional, personalista y anti-intelectual del régimen que detesta.

II. Por qué la deliberación no es opcional

¿Es necesario el diálogo político entre las organizaciones de la resistencia? La respuesta es obvia, pero no lo es en la práctica. No hay posibilidad de restablecer la democracia sin unidad organizativa y procedimientos deliberativos. La democracia es lo contrario del personalismo: incluso en una guerra, un comandante brillante pierde si decide solo; ignora perspectivas, análisis comparados, evaluaciones de escenarios y compromete la vida de quienes lo acompañan. El liderazgo efectivo requiere discusión y acuerdo colectivo. Si es lógico en una guerra, vale para cualquier situación.

Por eso, discutir si los derechos humanos derivan de Dios o de una conquista histórica —debate profundo y valioso— es irrelevante para el momento venezolano. Esos asuntos pertenecen a espacios institucionales constituyentes, no al caos opinativo de las redes ni al vacío institucional actual. La prioridad no es debatir fundamentos teóricos de la nación, sino asegurar que haya una nación capaz de deliberar sobre ellos.

III. El vacío que habitamos

Los venezolanos vivimos en incertidumbre estructural. No sabemos si existe un acuerdo sobre la transición; desconocemos sus líneas mínimas; ignoramos si los actores políticos —partidos, movimientos sociales, gremios y organizaciones de resistencia— poseen un diagnóstico compartido sobre los escenarios posibles. No se trata de exigir detalles estratégicos —ningún proceso de transición los hace públicos— sino de saber qué organizaciones han elaborado los planes y bajo qué criterios se discutieron. La sociedad civil no necesita discursos de esperanza ni declaraciones voluntaristas; requiere información básica: qué partidos y movimientos han participado en la elaboración de los escenarios, qué criterios adoptaron y si existe algún consenso que permita prever la viabilidad de la transición.

Un liderazgo democrático no representa solo afectos: representa un proyecto. Y ese proyecto, en condiciones como las venezolanas, no puede ser ideológico, por una razón estricta: todas las corrientes políticas democráticas han sido silenciadas y hoy comparten la resistencia. Ningún actor puede pretender encarnar por sí solo la pluralidad del país.

IV. La cultura del antivalor y el reto de reconstruir el diálogo

La raíz del problema no es solo institucional, sino cultural. Durante dos décadas, hemos deformado el diálogo político hasta convertirlo en una pugna de identidades afectivas. Las redes sociales, con su estructura horizontal, han profundizado esa distorsión: allí no se argumenta; se reacciona. Allí no se discuten ideas; se validan adhesiones. Allí no funciona el pensamiento; funciona el impulso.

La reconstrucción democrática exige revertir esa cultura. Volver a distinguir entre saber y opinión, entre argumento y emoción, entre liderazgo como proyecto y liderazgo como proyección de preferencias personales. Requiere reinstalar la noción de que pensar es una práctica, un oficio, un trabajo riguroso, como la música, el diseño o la medicina.

Esa tarea, que parece abstracta, es condición para que una transición no reproduzca la lógica de aquello que buscamos superar.

Profesor universitario

 

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