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Carlos Ojeda: Aprendamos a enseñar

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La vocación de la enseñanza no se ha perdido, quizás puedo afirmar que está más arraigada que nunca entre quienes a pesar del maltrato salarial, la humillación doctrinaria y la lucha por sobrevivir a diario, llevan con orgullo y dignidad la vocación por enseñar. Muchos educadores merecen más que una estatua. Merecen tener el país donde los niños sean educados para construir una nación con su legado de principios, pulcritud y ética. Merecen al menos que se les valore por el sacrificio vivido a diario en este país, donde han dado todo lo mejor de sí, sin pedir nada a cambio. Su única razón es una sinrazón, lo hacen porque solo quieren: “Enseñar a sus niños, amarlos y ser maestros”. Muy pocos podrían entender esta pasión. Muy pocos tienen tanta alma y corazón para carecer de vanidades. Los que no entienden eso, nunca podrían ser maestros.

La gráfica del artículo fue lo que me motivó a redactar estas cuartillas. La foto la copié de alguna red social, ella venía acompañada con esta historia y cito: “La maestra de mi hijo nos convocó urgente a la escuela. Le pregunté a mi hijo qué había pasado y me dijo que a la maestra no le gustó su dibujo. Cuando llegamos a la entrevista, la maestra, muy pensativa, nos mostró esto diciendo que les había pedido a los niños que dibujaran a su familia mientras hacían algo juntos. Le dije a la maestra que, en efecto, durante las vacaciones de verano, todos hicimos buceo juntos”.

No sé si resaltar la capciosa malicia de la educadora al pensar lo que pensó que estaban haciendo los padres de su alumna, o la delicada inocencia de la madre cuando sin inmutarse y con su dulce respuesta, nos expuso ante todos -tirios y troyanos- dos formas distintas de ver el mundo. Las dos caras opuestas de la misma moneda.

O pensamos mal o pensamos bien. O somos malos o somos buenos. O creemos en Dios o creemos en lo contrario. Esas preguntas que pudiesen ser conceptualizadas como una duda existencial, traen a mi memoria el soliloquio de Hamlet en la obra escrita por Shakespeare “To be or not to be”, ser o no ser, esa es la cuestión.

Recordé también al profesor español José Antonio Fernández, en video educativo patrocinado por el BBVA, cuando afirmaba luego de una hermosa exposición: “Los niños nos enseñan a enseñar”.

Los niños nos han enseñado que no hay método de enseñanza -algunos dentro de la misma aula escolar salen honestos, otros no tanto-. En una misma familia en la que todos compartieron las mismas vivencias sociales, algunos son unidos, otros no tanto. La vida es una cátedra compleja. Su enseñanza es una ecuación de historia, familia, academia, cultura y hasta folklore.

Sin educación no tendremos conocimiento. Sin familia no tendremos principios.  Sin moral no tendremos valores. Sin cultura no tendremos sabiduría. Sin pasado no tendremos futuro y sin identidad nunca forjaremos una nación.

Quiero un país donde los educadores sean el ejemplo, donde los profesores profesen valores éticos y morales. Quiero un país donde la familia sea el eje fundamental del compromiso social. Necesito un país con instituciones sólidas, firmes y respetuosas de la ley. Anhelo un país de ciudadanos respetuosos de los demás ciudadanos.

No es una utopía. Más de 5 millones de venezolanos en el exterior son los embajadores del gentilicio nuestro. Son el mejor ejemplo de lo que somos, del sentimiento y la bondad que llevamos por dentro, son la reserva que vendrá con ánimos y con sus experiencias a desarrollar esta patria. Quizás un número igual de venezolanos se quedaron por lo que sea que se hayan quedado, para contribuir desde su sacrificio a edificar una nación, muchos de ellos son educadores.

Aprendamos a aprender, aprendamos a enseñar. Aprendamos que esta geografía  hermosa tiene la riqueza y la gente para que unidos y entre todos hagamos la nación más alegre del mundo. Aprendamos a construir un país de ciudadanos civiles, de derecho y de valores. Al caudillismo y el militarismo debemos execrarlos para siempre con el fin de que seamos un país de libertades. Enseñemos esa lección.

 

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