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Aglaia Berlutti: Keeper de Oz Perkins, sin nada que aportar al género de terror

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Una casa en medio del bosque, una pareja que duda hasta de su sombra y un director obsesionado con el déjà vu. Keeper juega a asustar, pero a veces solo provoca tedio.

En Keeper, Osgood Perkins parece obsesionado con recordarnos que el terror existe en los lugares más insospechados… aunque él mismo parezca olvidarlo durante buena parte del camino. Por lo que la película comienza con una calma tan aparentemente controlada que roza el letargo, y cuando finalmente decide mostrar el músculo de su premisa, lo hace como si llevara mucho tiempo conteniéndose.

Este contraste de energía, más que estratégico, se siente como el resultado de un romance fallido entre intención y ejecución. Liz (Tatiana Maslany), una pintora con un ingenio afilado y mal tino en el amor, acepta pasar un fin de semana con su novio Malcolm (Rossif Sutherland), un tipo tan amable que uno sospecha que algo raro debe esconder. El viaje romántico a la cabaña aislada promete intimidad, suspense y esa vibra de “todo puede salir muy mal”, pero la película tarda demasiado en dejar que algo efectivamente pase. Y claro, el público empieza a revisar mentalmente la hora como si estuviera atrapado en un tren que nunca arranca.

Cuando al fin llegan a la casa, Perkins se relaja en su juguete favorito: la atmósfera. Aquí es donde Jeremy Cox, director de fotografía, entra como un cómplice silencioso. La casa se siente menos como escenario y más como criatura con ventanas que vigilan y respiraderos que murmuran. Las habitaciones parecen cambiar de tamaño dependiendo del humor del personaje, y esa ambigüedad espacial crea una inquietud que funciona mejor que la mayoría de los sustos. Cox decide evitar planos amplios, quizá para que nunca sepamos si estamos en un refugio pequeño o en un monstruo disfrazado de arquitectura minimalista. La sensación constante es la de un huésped que se ha colado sin permiso en un cuerpo ajeno.

La casa como espejo roto

En medio de esta sinfonía visual, los editores Greg Ng y Graham Fortin aportan transiciones que funcionan como microalucinaciones. Un ejemplo: Liz se toca el cabello y el movimiento se convierte en un bosque entero oscilando con el viento, insinuando que la piel de la protagonista y la tierra que pisa se confunden de manera inquietante. Esta decisión estilística, más poética que narrativa, sugiere que la verdadera amenaza no está esperando detrás de una puerta, sino que corre por la sangre de Liz. Sin embargo, Perkins estira tanto estas señales que un espectador impaciente podría empezar a preguntarse si se perdió de verdad o solo está divagando.

Y luego llega la visita menos deseada: Darren (Birkett Turton), primo de Malcolm y energúmeno profesional, acompañado de Minka (Eden Weiss), cuyo acento parece salido de un casting absurdo. La cena que comparten es incómoda no por lo que se dice, sino por cómo se filma. El encuadre se centra obsesivamente en quien habla, borrando a los demás y creando un efecto claustrofóbico que funciona como un recordatorio de que ninguna relación sobrevive rodeada de silencios torcidos.

Cuando Darren y Minka ofrecen un pastel de chocolate, Liz — que odia el chocolate — acepta para no romper la armonía. Ese gesto casi inocente detona la maquinaria sobrenatural del filme, como si hubiera mordido una llave en vez de un postre. La idea no es mala; el problema es lo que viene después: la repetición.

Cuando el terror se repite como un mal ringtone

La película entra en una rutina tan predecible que casi parece autoparodia. Liz oye un ruido. Se detiene. Revisa. No encuentra nada. Todo esto con la regularidad de un despertador defectuoso. A veces aparece un sueño, otras una sombra, pero siempre siguiendo el mismo ciclo. Perkins parece querer que el público empatice con la sensación de encierro, pero lo logra a la inversa: en vez de atraparnos emocionalmente, nos encierra en patrones que matan cualquier tensión verdadera. El guion de Nick Lepard, que debería funcionar como guía para esta espiral psicológica, se extravía entre ecos de películas mejores. El resultado es una especie de laberinto narrativo donde uno camina, camina, camina… pero nunca encuentra el minotauro.

Lo curioso es que Maslany logra mantener la película a flote incluso cuando el guion parece dispuesto a hundirse solo. Su interpretación de Liz pasa del entusiasmo tímido al terror absoluto con una naturalidad casi quirúrgica. Y cuando Malcolm la deja sola en la cabaña para resolver asuntos en la ciudad, la película encuentra por fin un corazón emocional: su progresiva desintegración. Su rostro se convierte en terreno inestable donde conviven desconfianza, deseo de pertenencia y miedo a la pérdida, todos peleando por el control.

La relación con Malcolm, inicialmente presentada como oportunidad para estabilidad, se transforma en un espejo incómodo: ¿hasta dónde puede alguien ceder para no quedarse solo? Liz no elige los fantasmas que vienen con su pareja, pero intenta convivir con ellos, como si la renuncia a sí misma fuese la condición inevitable de amar.

Romance, suspenso y otros demonios domésticos

A medida que el caos avanza, la película insinúa preguntas interesantes — identidad, sacrificio, dependencia emocional — pero rara vez las desarrolla. Perkins prefiere explicarlo todo al final con una escena expositiva que mata cualquier misterio restante. Es como si creyera que el espectador necesita instrucciones de uso para entender el terror, cuando justamente lo más poderoso del género es lo que nunca se explica.

El resultado es un tercer acto que funciona como un spoiler contado por alguien que no sabe narrar spoilers. Y lo que podría haber sido una explosión contundente se convierte en un recordatorio de que a veces los fantasmas son más interesantes cuando apenas se dejan ver.

La segunda mitad de Keeper, inspirada aparentemente en el impulso de “ahora sí vamos a asustar”, llega tarde. Los sustos, más ruidosos que aterradores, se sienten arrancados de una lista genérica del terror contemporáneo: sombras sospechosas, gritos en eco, sangre donde no debería haber sangre.

Es un cóctel familiar que podría funcionar si la película hubiese construido una base emocional sólida. Pero sin eso, los sobresaltos se sienten como empujones torpes en la oscuridad. Ni el estilo visual, ni la música inquietante, ni la estética húmeda de la cabaña pueden compensar la falta de cohesión. El resultado es un crescendo que suena desafinado.

Un monstruo sin forma, una historia sin huesos

Los giros que deberían encajar al final parecen colocados al revés, como si la película hubiera sido editada por alguien que solo escuchó la trama de lejos. La mezcla de misterio amoroso y terror sobrenatural no termina de cuajar, y ambas partes salen perdiendo. Para colmo, la química entre Liz y Malcolm es tan tenue que cualquier reflexión sobre relaciones modernas se desinfla de inmediato. Ella transmite el agotamiento emocional con talento; él parece no enterarse de que está en una película de terror. La disparidad crea momentos involuntariamente cómicos que socavan la tensión y convierten escenas clave en memes involuntarios.

Lo irónico es que, en su intento de reinventar un romance maldito, la película termina cayendo en los lugares comunes que dice despreciar. Perkins parecía interesado en subvertir clichés, pero termina usándolos sin convicción. La cabaña maldita, el pastel sospechoso, el primo desagradable, el novio demasiado perfecto para ser real, los sueños premonitorios… todo aparece como si el guion hubiera sido armado con tarjetas sacadas de un juego de mesa del terror. Y cada esfuerzo por imprimir originalidad se desvanece frente a la falta de propósito narrativo. La película no sabe si quiere ser atmósfera pura o relato clásico, así que fracasa en ambas.

La niebla, el pastel y la nada

Al final, Keeper es una experiencia que mezcla encanto visual, actuaciones sólidas y una narrativa que nunca encuentra su propio latido. Perkins tiene ideas y estilo, pero esta vez parece más interesado en adornar corredores que en contar una historia memorable. Y aunque el último tramo ofrece un poco de caos, llega demasiado tarde para que importe. No todo misterio necesita respuesta, y no todo susto necesita explicación. La película olvida esa regla básica y, al hacerlo, pierde el poder del enigma.

Lo que queda es una obra frustrante: bonita de ver, intrigante en teoría, pero decepcionante en ejecución. Keeper quiere ser pesadilla, romance oscuro y experimento cinematográfico. Termina siendo una mezcla tibia de todo. A veces, la sombra más inquietante es la falta de identidad. Y esta película, aun con su estética y su ambición, cae precisamente ahí: en esa oscuridad donde nada se define y nada termina de importar.

 

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