Un mandamiento nuevo.
Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros. Juan 13:34-35.
Basta con leer las noticias en los principales medios de cada nación y del mundo para percatarnos de una verdad contundente: Estamos en guerra unos contra otros, la empatía y la solidaridad entre conciudadanos se va haciendo cada vez más escasa. Cada uno pareciera estar en un lucha por su emancipación sobre los más débiles a su alrededor. Como dicen las Sagradas escrituras: “El amor de muchos se enfriará”. Y estamos llegando a un punto de congelamiento realmente triste y, sobre todo, destructor.
Sin embargo, el cristianismo siempre nos señala un camino a seguir. Nuestro Señor Jesucristo no vino a cambiar la ley de los mandamientos que el Padre le dio a Moisés, sino a dar alma a la ley. En los mandamientos ya estaba descrito el verdadero Amor; no obstante, Jesús se convierte en el modelo de ese Amor. “Que os améis unos a otros como yo nos ha amado”. Ese cómo transforma la norma en relación viva; en Jesús el amor deja de ser deber y se vuelve revelación. Cuando amas a Cristo aprendes a verlo en el rostro de tu hermano. No solo para amarlo como a ti mismo, sino para amarlo como Cristo nos amó.
Antes de darles este nuevo mandamiento a sus discípulos, el evangelio nos relata que Jesús reunió a los suyos para cenar con ellos y, estando en medio de la cena, se levantó, tomó una jarra, se ciñó una toalla y fue a cada uno para lavarle los pies (Juan 13:4-5). Sin duda, una acción humilde y amorosa la cual solo la llevaban a cabo los esclavos. Uno de los gestos más trascendentes y significativos, si tomamos en cuenta que los pies estaban constantemente sucios debido a los caminos polvorientos. Además, si consideramos el significado de los pies en la ineludible tarea que fue encomendada a todo cristiano de llevar las buenas nuevas de salvación hasta los confines de la Tierra. “¡Cuán hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz, del que trae nuevas del bien, del que publica salvación, del que dice a Sion: Tu Dios reina!” Isaías 52:7
Esta cena no fue solo una despedida, ni un momento de revelación para cada discípulo; se convirtió en una huella que marcó el resto de sus vidas. El amor de Jesús se arrodilló ante cada uno, lavó sus pies y acarició sus corazones. El les había hablado muchas palabras que provenían del Padre; pero, en esa cena les enseñó a predicar sin palabras, en hechos y en verdad, como luego dijera el apóstol Juan: “Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad.” I Juan 3:18. Un desafío a trascender las palabras, a mostrar en cada acto de nuestra vida la verdad de Cristo en hechos que impacten vidas; amar cuando el corazón está cansado y el alma está herida. Amar por la decisión de no odiar, amar con el anhelo por la justicia pero nunca de la venganza. Porque amar con el amor de Cristo no representa un sentimiento, representa una verdad liberadora; es una decisión que se toma cada mañana al despertar, al responder a la pregunta del Maestro: ¿Sabéis lo que os he hecho?
Porque cuando comprendemos la grandeza de la obra de Cristo, cuando entendemos lo que hizo por cada uno de sus discípulos; cuando miramos a la Cruz y comprobamos su amor magnificado más allá de los amores más sublimes y excelsos de la Tierra, entonces internalizamos y sabemos que no hay otra manera de ser sus discípulos, de llamarnos cristianos, si no nos lavamos los pies los unos a los otros. Ejemplo hemos recibido del Maestro, y bienaventurados seremos si seguimos sus pisadas.
Así que, después que les hubo lavado los pies, tomó su manto, volvió a la mesa, y les dijo: ¿Sabéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis. De cierto, de cierto os digo: El siervo no es mayor que su señor, ni el enviado es mayor que el que le envió. Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis. Juan 13:12-17.
En la gramática del Reino de Dios los verbos no se conjugan de manera individual, sino en plural, en la comunidad del “nosotros”, de “unos a otros”: amaos, perdonaos, edificaos. O en un Español más contemporáneo: Amense, perdonense, edifíquense, sobrelleven las cargas los unos de los otros y tantos más. Por esa razón el cristianismo no es como cualquier otra religión en la cual el ser humano debe hacer para alcanzar a Dios. Por el contrario, el cristianismo se trata siempre de la Cruz, de lo que Dios hizo por nosotros. Se trata de la relación vertical de Dios buscando al ser humano, proveyendo su gracia y su amor. Luego, la relación horizontal de prodigar ese amor recibido: “unos a otros”.
La caridad no es un sentimiento; es un acto de la voluntad. C.S. Lewis.
La medida del amor es amar sin medida. Juan Pablo II.
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