Frankenstein de Guillermo del Toro se ha sobrevalorado desde su campaña de publicidad para venderla como un imperativo cinéfilo, como la mejor película del director y quizás como la versión definitiva de la obra maestra de Mary Shelley.
Después de verla, ninguna de aquellas promesas se cumple en la pantalla y menos aún se sostiene en el análisis comparativo con la filmografía del autor.
Su adaptación queda lastrada por un guion harto explicativo y por una dirección enferma de importancia, cuyo desacierto creativo se expone en diálogos chirriantes que todo lo subrayan, a la cadencia de unos defectos especiales en CGI que suponen un atentando audiovisual, uno de los puntos más bajos en la carrera del realizador, ahora convencido de su aura de autor incontestable, como una especie de nuevo semidios del cine mainstream.
Ha topado con un iceberg, con su Megalópolis, que ya quisiera para sí una pizca del riesgo que le vimos al último desate apocalíptico de Francis Ford Coppola. Ambos títulos comparten un serio problema de diseño infográfico, al editar y montar escenas de acción real con imágenes cutres en 3D, como la visión del ángel que antes era pan comido para la estética analógica del creador mexicano. Nada más ver Cronos o el stop motion de Pinocho, para darse cuenta de lo que hemos perdido con el sistema de captura de movimientos, la exigencia de ahorrar con pantallas verdes y de sucumbir a la lógica instrumental de las inteligencias artificiales. Deber ser una de las mayores contradicciones en el filme, el de cuestionar la racionalidad que impulsa el desarrollo de la creación de la vida artificial en el apogeo de la era industrial, valiéndose de una batería de malogrados recursos computarizados que no están acabados del todo y que no se condicen con el espíritu de la novela.
Tampoco es apropiada la selección del reparto, sobre todo en la escogencia del guapísimo Jacob Elordi para interpretar al monstruo, nada más y nada menos, haciéndolo una figura potable para las masas, un personaje sexy, cual chico lindo disfrazado de zombie con más parlamento del que se pueda soportar, sin reír de la vergüenza ajena.
Nunca había sentido pena en una cinta del Guillermo del Toro, una seguridad de estar presenciando un ridículo monumental por la sumatoria de dislates, como el afectadísimo performance de Oscar Isaac que grita “denme ya un Oscar” o el desfile de modelitos retro de Mia Goth.
El único que parece comprender en dónde se metió es Christopher Waltz, al encarnar con gracia y solvencia al mecenas del doctor loco.
Por ahí en TikTok dicen unas cosas absurdas que resumen la pobreza del comentario poscinematográfico, aguijoneado por películas contenidistas como Frankenstein. Dizque habla de asuntos importantísimos, que nadie tocó en el pasado, como el humanismo, el titanismo, los complejos de Edipo y Caín.
Por favor, solo la adaptación de James Whale en 1931 los aborda con una profundidad y un sello expresionista que se extrañan en el desaguisado de 2025, cuyo problema principal es el de ceder a la moda del fulano terror elevado, para retroceder a un canon académico que prioriza la gravedad y el ejercicio de estilo con una sobrecarga que termina siendo hueca, un corsé para un director que alcanzó las alturas desde la precariedad hecha virtud.
Del Toro fue un director de los nuestros, cuando hizo Pacific Rim, Hellboy, Mimic y La Cumbre Escarlata, cuando sorprendió viniendo de las periferias y las orillas, contando sus versiones disimuladas de los cuentos y argumentos universales. Ya nos había entregado una muy bella adaptación libre de Frankenstein en La forma del agua.
En Frankenstein algo se rompe y se descuadra, posiblemente por la cultura de la ambición de Netflix por complacer algoritmos y sacar réditos en la temporada de premios.
La jugada, la apuesta no ha funcionado esta vez, como viene siendo costumbre desde que el Oscar le es esquivo a la plataforma de la N grande en la categoría de mejor película.
No hay manera, sigue la maldición en el camino de la compañía, pues si hablamos de terror, la academia tiene otras piezas para escoger y destacar como Sinners en 2025.
La película Frankenstein, como mucho, tendrá que conformarse con las estatuillas técnicas y de diseño de producción.
Lo demás no está para premio, de pronto para los Razzies en actuación, donde Elordi tiene un lugar asegurado como el peor Frankenstein del que se tenga memoria.

