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Ángel Oropeza: La esperanza como herramienta política

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De las varias consecuencias que se han estudiado sobre los efectos de la incertidumbre crónica en las personas y en los países, dos de las más comunes -y perniciosas- son la desesperanza y la sensación de pérdida del rumbo.

El cerebro humano no está preparado, ni biológica ni psicológicamente, para la incertidumbre crónica o severa.  Él está construido para percibir orden y predictibilidad en su realidad exterior, y el no poder hacerlo genera una sensación de incomodidad y desazón psicológica. Es por ello que, para intentar reducir esta molestia, algunas personas tratan de combatir la incertidumbre refugiándose ilusoriamente en alguno de dos polos posibles. Así, ante la eventualidad de ocurrencia de un evento sobre el cual no se tiene control y muchas veces ni siquiera informaciones concluyentes, algunos se protegen asegurando que “no va a pasar nada”, mientras otros se autoconvencen que sí. Esta especie de trampa psicológica le permite a la persona, al asegurarse ingenuamente que su creencia es una anticipación segura del futuro, intentar escapar de los embates de la incertidumbre. Al final, si alguien pensaba que no iba a pasar nada y termina efectivamente pasando, sobre todo si tal ocurrencia es deseada, el júbilo o la satisfacción por lo ocurrido le hace olvidar el error. Y si pensaba que si iba a ocurrir “algo” que aspiraba y ese “algo” termina no sucediendo, la sensación de haberlo predicho funciona cognitivamente como reductor de la lógica frustración que inevitablemente se genera.

Pero lo cierto es que más allá de estas “trampas” psicológicas, en momentos de crisis o de altísima incertidumbre no basta con intentar gestionar el presente. Es necesario tejer una narrativa de futuro esperanzadora y compartida, que es lo que marca la diferencia entre el caos y la convivencia pacífica.

En los momentos más complicados e inciertos de una nación, la esperanza surge como una fuerza poderosa a pesar de su aparente fragilidad. De hecho, la esperanza como herramienta política estratégica puede actuar como el cemento que una a una sociedad en el camino siempre difícil hacia la democracia y la paz.

Ahora bien, ¿Qué entendemos por esperanza? ¿Qué convierte a la esperanza en una herramienta poderosa de cambio y no en una mera o vana ilusión?

Algunas personas conciben la esperanza como la confianza en que ocurrirá o se logrará lo que se desea. Es esperar que pase lo que se quiere. Esta esperanza mal entendida, en el sentido de simplemente confiar que las cosas van a cambiar o en el sentido mágico optimista de suponer que los cambios que se desean son inevitables, puede ser tan peligroso como inconveniente. Tal postura, en vez de movilizarnos a hacer cada uno su parte para viabilizar y hacer posible los cambios necesarios, puede conducirnos a una actitud pasiva-contemplativa muy alejada de lo que hoy necesitamos.

Sin embargo, desde una acepción mucho más activa, la esperanza es una virtud que se construye, una virtud mediante la cual la persona pasa de la situación pasiva de suceder a la condición activa de existir. Siguiendo a Tomás de Aquino, la esperanza es lo que anima, y por tanto es inseparable de la acción. Es levantarse de la silla y empezar a hacer lo que hace falta para que ocurra lo que se aspira.

El psicólogo estadounidense Charles R. Snyder desarrolló la llamada “Teoría de la Esperanza” (Hope Theory), que no es un simple optimismo pasivo o un mero deseo. Para Snyder, la esperanza es una tríada práctica, formada por los siguientes componentes: 1) Metas claras y atractivas, que no es otra cosa que la identificación de objetivos concretos, consensuados y realistas. En política, esto se traduce en una visión de país que surja, no de la mente de algún ilustrado, sino de la suma paciente de los consensos mínimos sobre el tipo de país y de realidad en la que la mayoría viablemente aspira a vivir. Es un elemento crucial, porque sin metas, no puede haber esperanza; 2) Caminos creíbles: De nada sirve una meta si no se perciben rutas para alcanzarla. La esperanza se desvanece si la ciudadanía no ve planes, políticas o pasos concretos que les lleven hacia esa visión; y 3) Propósito común: la creencia y motivación de que todos juntos podemos alcanzar las metas, sin que nadie sienta que no cuenta, que es dejado afuera o que su contribución no es importante. Cuando un liderazgo político o social logra articular estos tres componentes, la esperanza deja de ser un eslogan o un simple deseo y se convierte en un plan de acción colectivo.

En el mundo ha habido líderes que han sabido aplicar esta “triada de la esperanza” con resultados altamente efectivos, incluso a pesar de los pronósticos negativos o pesimistas.  Por citar sólo un ejemplo, el caso de Nelson Mandela y del arzobispo Desmond Tutu en Suráfrica merece atención especial.

Tras el largo y oprobioso periodo del apartheid, Suráfrica era un polvorín de odio, miedo y resentimiento. Un futuro de venganza y guerra civil parecía inevitable. Sin embargo, Mandela y Tutu no plantearon ni vendieron una simple transición de poder. Ofrecieron una narrativa de futuro compartido muy poderosa: la “Nación Arcoíris”. Esta metáfora visual no era sólo poética, era un objetivo psicológicamente brillante. Representaba un país donde las diferentes razas coexistirían en paz, conservando su identidad pero formando un todo más bello y armonioso, imposible de alcanzar si había grupos que se quedaran por fuera.

En concreto, si analizamos ese caso desde la perspectiva de la teoría de Snyder, el éxito del esfuerzo de Mandela y Tutu se explica por: 1) metas claras: la reconciliación nacional y la democracia multirracial; 2) caminos: la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, presidida por el Arzobispo Tutu, fue un camino concreto y audaz. No era justicia punitiva, sino restauradora. Ofrecía verdad a las víctimas y amnistía a los verdugos que confesaran, creando un sendero doloroso pero viable hacia la paz; y, por último 3) propósito común: Mandela, con sus gestos (por ejemplo, usar la camiseta del equipo de rugby de los afrikáners, símbolo del opresor), enviaba un mensaje claro: “Si yo puedo perdonar, todos podemos”. Así, empoderó a la ciudadanía para ser parte de esa nueva nación.

La estrategia del miedo y la venganza es más simple: identificar a un enemigo y movilizar a la gente contra él. Es efectiva a corto plazo, pero a la larga divide y debilita el tejido social, socavando la construcción del nuevo país que se aspira construir.  La estrategia de la esperanza, en cambio, y aunque más efectiva y permanente, es también mucho más difícil de ejecutar, porque requiere, entre otras cosas, autenticidad de los líderes, inclusión amplia para que todos se sientan representados en la meta, y perseverancia en el esfuerzo, a pesar de los inevitables reveses e infaltables críticas.

Ante la incertidumbre, la tentación más común es refugiarse en el miedo, la parálisis o en las apuestas ilusorias . Sin embargo, los desafíos de las crisis sólo se superan cuando un liderazgo o un movimiento político o social es capaz de organizarse para, a partir de la mayor cantidad de consensos mínimos, pintar un cuadro de futuro tan deseable y creíble que inspire a la ciudadanía a agarrar los pinceles y empezar a pintarlo juntos.

Porque, al final, la esperanza política no es la certeza de que el futuro será mejor. Es la convicción de que, con un objetivo común y un esfuerzo colectivo, tenemos el poder de construir ese futuro y hacerlo una realidad viable.

Nuestro reto es dotar de sentido y contenido a la esperanza, de modo que ella deje de ser sólo un deseo, y se convierta en una formidable fuerza que haga indetenible que sea la propia gente -y no nadie más- quien decida su futuro y el de su país.

@angeloropeza182

 

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