Existen comportamientos humanos que merecen ser reconocidos. Acciones, gestos, intenciones convertidos en referencias de un deber ser, de un saber hacer, de una muy válida manera de enfrentar ciertas adversidades del tiempo y actuar en consecuencia. La coherencia de un norte de vida impulsado por valores atemporales, por principios realmente humanos en contra de la consigna ideológica, de la ortopedia del pensamiento, de la idea convertida en fórmula o en recetario, señala la validez de acciones que, como señalo en el encabezado de este artículo, permanecen y permanecerán por siempre asociados con dignidad, con valentía y con perseverancia.
Recuerdo la tesis central de un ensayo titulado “Un equilibrio necesario”, de ese extraordinario pensador que fue Isaiah Berlín: la única verdad que puede guiarnos a los hombres hacia un mundo un poco mejor, un poco más humano, un poco más vivible es la aceptación de postulados como la justicia, la libertad y, desde luego, la infaltable urgencia del irremplazable sentido común.
Entre otras cosas, en su trabajo, se refiere Berlín a la manera cómo los ideales revolucionarios terminaron la mayor parte de las veces convertidos en consignas destinadas a predicar únicamente la violencia y la intolerancia. La vieja acción revolucionaria, alguna vez asociada a visiones de progreso y justicia social, permanece caricaturizada en patéticas realidades de fracaso, corrupción, ineficacia, tortura, desvalijamiento, persecución y crimen. Permanece, igualmente degradado, un lenguaje revolucionario convertido en simplonas e interminables retahílas de un “nosotros” -“buenos” y “patriotas”- contra un “vosotros”, -“malos” y “traidores”-. La imagen del revolucionario como un ser comprometido a morir y a matar en el cumplimiento de un sueño se ha degradado igualmente: de soñador idealista a fanático rabiosamente opuesto a todo cuanto disienta de su verdad, una verdad reducida a unas pocas delirantes consignas.
La convivencia en el mundo de los hombres -repite una y otra vez Berlín- ha de construirse sobre acuerdos, pactos, diálogos y concesiones. Lo racional, el sentido común, el equilibrio, la tolerancia deberían prevalecer siempre por sobre el antivalor de la obcecación ideológica.
Premiar la lucha de quien, incansablemente, se ha dado a la tarea de defender valores que apoyan el respeto a principios morales que jamás deberían estar en riesgo, que ha entregado la mayor parte de su vida a la defensa de un orden genuinamente democrático como única opción ante totalitarismos y fantoches ideológicos de toda laya, es el más válido reconocimiento, la más justa y merecida premiación a un ser humano digno, valiente y perseverante en la irreductible defensa de sus ideales y en la indeclinable conquista de ese sueño suyo que es, a fin de cuentas, el impostergable sueño de todo ser humano de bien.
Desde esta página extiendo mi felicitación a María Corina Machado, gran venezolana y flamante Premio Nobel de la Paz del año 2025.

