Llamar polarización al conflicto venezolano desarma la acción colectiva; la verdadera fuerza reside en actuar juntos desde la resistencia.
1.- La palabra vacía: Polarización como lugar común
En el debate político venezolano, pocas palabras han sido tan usadas —y tan vaciadas de contenido— como “polarización”. Se la emplea para describir el enfrentamiento entre el régimen autoritario de Nicolás Maduro y los distintos sectores opositores, pero también para descalificar a quienes —como María Corina Machado— representan una resistencia más frontal al poder. Algunos sectores periodísticos y políticos, buscando ubicarse en una supuesta “tercera vía”, repiten que el país está “polarizado” y que lo correcto sería “no estar polarizado”. Sin embargo, este uso del término encierra una confusión peligrosa: equiparar la existencia de la resistencia política con un fenómeno de polarización afectiva y moral.
2.- Oposición y polarización: La democracia frente a la degradación
En una democracia, la oposición es una institución del reconocimiento. Nace de la aceptación mutua de que el otro tiene derecho a pensar distinto y a disputar el poder bajo reglas compartidas. Oponerse es un acto de ciudadanía: implica vigilar, criticar, corregir y ofrecer alternativas dentro de un mismo marco legal y simbólico. La polarización, en cambio, es una patología del desacuerdo. Surge cuando la diferencia política se convierte en antagonismo moral; cuando el adversario deja de ser un interlocutor y pasa a ser un enemigo. La democracia puede sostener oposiciones fuertes; lo que no resiste es la polarización afectiva que destruye la posibilidad del diálogo.
Sin embargo, la polarización se manifiesta en los sistemas democráticos. Es la degradación emocional y simbólica de la oposición, y, en algunos casos es la antesala de un régimen autoritario. La democracia no muere cuando hay conflicto, sino cuando el conflicto deja de reconocerse como parte de ella. La polarización es el momento en que el desacuerdo legítimo se transforma en resentimiento moral; cuando la pluralidad, en lugar de ser vista como riqueza, pasa a percibirse como amenaza. Mientras existan instituciones capaces de contener esa hostilidad —tribunales, prensa libre, elecciones transparentes—, la polarización sigue siendo una enfermedad del sistema, no su sustituto. Pero si el antagonismo logra monopolizar la palabra y suprimir la crítica, el paso siguiente es la imposición de un poder que no reconoce más voces que la suya.
Si dejamos de reconocernos como interlocutores, toda diferencia se convierte en enemistad; y donde no hay reconocimiento, no hay democracia, solo silencio y miedo
3. – La dictadura y la imposibilidad de la oposición
En una dictadura, los conceptos de oposición y polarización se vacían. No hay oposición real, porque no hay reconocimiento recíproco: el poder niega la libertad y la igualdad de los sujetos, aboliendo la base misma del vínculo político. Tampoco hay polarización, porque no existen polos con poderes equivalentes en conflicto; de hecho, si existieran, no sería una dictadura. Lo que se observa es un escenario de dominación unilateral y exclusión de toda voz que cuestione al régimen.
Hegel comprendió que el reconocimiento es la raíz de toda comunidad: solo al reconocernos como sujetos libres podemos constituir un espacio de sentido compartido. Allí donde no hay reconocimiento, solo subsiste la dominación o la humillación. Desde la perspectiva hermenéutica de Gadamer, el diálogo no es mera conversación, sino un acontecimiento de comprensión mutua donde cada parte está dispuesta a dejarse transformar por la verdad del otro. En la dictadura, esta disposición se extingue: el poder no reconoce al otro como interlocutor legítimo, y la palabra pierde su capacidad de construir sentido político.
El régimen de Maduro es una dictadura en forma y fondo: no existe separación de poderes, se persigue y encarcela a quienes piensan distinto —incluso a quienes critican desde su rol institucional, como el caso del cardenal Baltazar Porras—, se cometen violaciones sistemáticas de los derechos humanos y se arrebata la soberanía popular, como ocurrió el 28 de julio de 2024.
4.- Del disenso al proyecto común
Entre los distintos sectores que se oponen al régimen, el diálogo sigue siendo posible, y allí reside una tarea política esencial: convertir el disenso en deliberación productiva, capaz de generar un horizonte compartido y un proyecto común orientado a la libertad y la justicia.
A este proceso lo llamaría, siguiendo a Habermas, una deliberación racional orientada al entendimiento. No se trata de suprimir las diferencias —pues eso equivaldría a negar la libertad—, sino de construir una conversación pública donde la razón práctica guíe los acuerdos.
Disentir de la estrategia de María Corina Machado no significa adoptar una falsa equidistancia entre la dictadura y otro polo: la ubicación correcta de ese sector está firmemente en la resistencia. Su labor nunca consiste en negociar directamente con el régimen, sino en acordar previamente con otros actores de la resistencia, como Edmundo González Urrutia y María Corina Machado, para construir de manera conjunta un proyecto de transición, libertad y justicia. Esta unidad deliberada no elimina los desacuerdos, sino que los transforma en pasos compartidos para enfrentar la dictadura de manera coordinada y eficaz.
4.1.- Criterio para evaluar conductas políticas en contextos dictatoriales: Las conductas políticas en contextos dictatoriales deben evaluarse según si promueven la coordinación estratégica con la resistencia organizada, rechazan el diálogo con el régimen como interlocutor legítimo, reconocen su carácter dictatorial en lugar de tratarlo como democrático y aseguran que cualquier acción, sea de negociación o confrontación, se realice conjuntamente con la resistencia. Este criterio mide si las acciones contribuyen a un proyecto colectivo orientado a la libertad y la justicia o, por el contrario, refuerzan el statu quo autoritario al legitimar al régimen o fragmentar la oposición, independientemente de los discursos enunciados.
En el contexto venezolano, quienes eluden esta coordinación y legitiman al régimen como interlocutor democrático distorsionan el conflicto político y obstaculizan la construcción de un proyecto común para la transición y la recuperación de la democracia.
El lenguaje, como recordaba Gadamer, expresa las formas de ser y actuar en el mundo. De allí que emplear las palabras adecuadas sea una condición del discernimiento político. Si se nombra polarización lo que en realidad es resistencia democrática, se distorsiona el conflicto y se desarma la acción. Hablar con precisión es un acto de resistencia moral: permite reconocer al otro, construir acuerdos y transformar el disenso en un proyecto compartido.
5.- Reaprender a discernir: El acto final de libertad
En Venezuela, donde el poder ha distorsionado el significado de casi todos los vocablos públicos —“elección”, “pueblo”, “soberanía”, “diálogo”—, aprender a deliberar y a emplear correctamente el lenguaje político es una condición de libertad. El mayor problema no es la existencia de diferencias dentro de la oposición, sino la incapacidad de convertirlas en diálogo político productivo, en un proyecto que acoja distintos puntos de vista para avanzar hacia la transición y la recuperación de la democracia. La verdadera salida de la dictadura depende de la capacidad de quienes resisten de reconocerse mutuamente y de transformar su disenso en acción conjunta hacia la libertad.
Porque sin palabra común, sin reconocimiento mutuo y sin deliberación que transforme el disenso en acción compartida, no hay libertad posible; y en Venezuela, la única revolución ciudadana real comienza por el lenguaje que elegimos para pensar, actuar y reconstruir juntos la democracia.
Filósofo y profesor universitario

