El anuncio de aranceles máximos a China por parte de Trump alcanza la cumbre del delirio: el 100%. En el momento de escribir esto, no se sabe si estamos, de nuevo, ante una amenaza “negociadora” del republicano estadounidense. La maniobra es de elevado riesgo para la economía de Estados Unidos, y por la cronología en la que se produce el anuncio –pocas horas después de saberse Trump rechazado para el premio Nobel de la Paz–, se podría adscribir a una respuesta impulsiva, airada e irreflexiva. Muy típico del magnate. Lo hemos dicho en reiteradas ocasiones: la política arancelaria reduce la apertura comercial entre los países, y les coloca en un escenario de posibles respuestas simétricas. Ponme un arancel y yo te pondré otro a ti. El comercio cae. Los precios suben. Sin embargo, varios elementos son destacables como consecuencias directas de esta agresiva estrategia comercial de Trump, que cree que toda la política económica descansa sobre aranceles. Y no solo esa política: ha llegado a declarar que el teórico fin del genocidio de Gaza se explica, también, ¡por los aranceles!
En primer lugar, el poder comercial de China es innegable en el panorama internacional. Según la Organización Mundial del Comercio (2025), entre 2003 y 2024 la cuota comercial de China ha ido aumentando y se sitúa en el 8,7% del comercio mundial en exportación de mercancías. Estados Unidos, Japón y Francia reculan con datos negativos que van del –1,3% al –3,5%. La capacidad china para reorientar sus flujos comerciales es clara y, de hecho, está activando alianzas estables con los BRICS: estamos a las puertas de un nuevo orden internacional, y una mayor relación comercial del gigante asiático con otros espacios geoestratégicos.
En segundo término, la dependencia de Estados Unidos hacia los productos chinos, desde la perspectiva tecnológica, es enorme: en rubros esenciales para la industria microelectrónica estadounidense (galio, sílice, grafito, litio y tierras raras, entre otros minerales cruciales), el dominio chino es absoluto. Si Trump se obstina en mantener esta política arancelaria negativa, la respuesta de Pekín puede ser simétrica. La consecuencia de esto sobre la evolución de los precios de los productos tecnológicos estadounidenses podría ser, entonces, letal para las empresas. Y un acicate para la inflación, con lo que a su vez se tensaría la política monetaria de la Reserva Federal. En paralelo, China ya se está moviendo, por ejemplo, para adquirir soja –con Estados Unidos, hasta ahora, como principal mercado proveedor– en otros países: Brasil, Argentina, Uruguay, Australia. El impacto sobre la agricultura estadounidense puede ser de gran importancia.
Un tercer elemento debe invocarse: la tenencia de deuda pública en forma de bonos del Tesoro estadounidense en manos chinas. El dato más reciente (julio de 2025) concreta la cifra en torno a 730 mil millones de dólares; 1.130 millones de dólares estarían bajo el manto de Japón. Un 5% de la deuda pública de Estados Unidos tendría color asiático: un porcentaje nada desdeñable (2% de China, 3% de Japón) que puede ser utilizado, en escenarios extremos, como factor de negociación.

