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Pedro Mosqueda: Nos vemos el lunes

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Leo un flayer curioso, José Gregorio Hernández y el Cojo Ilustrado, convoca El museo del libro venezolano, un espacio privado súper agradable que tengo el gusto de conocer y recorrer por enésima vez su biblioteca llena de libros originales.

La ponente fue la profesora María Isabel Giacopini, miembro de la Cátedra Libre José Gregorio Hernández (Facultad de Medicina de la UCV).

Estamos habituados a la imagen familiar del abnegado médico de los pobres y de la causa ante El Vaticano, que culminará en breve con su canonización.

Debo confesar que no conocía al José Gregorio filósofo, escritor y cronista, al hombre ligado a las bellas artes, al que no faltaba a una buena fiesta caraqueña para bailar valses criollos y merengues cañoneros, al patriota, al héroe civil. Por lo visto fue polifacético.El caricaturista “Edo” Sanabria, en su libro nos habla de uno que no teníamos en la larga lista. Santo Trotamundos, el que representa a la diáspora venezolana en los últimos veinte años.

Hoy les tengo un Domingo Kultural un poco largo, tómenlo con soda, vale la pena. Traté de resumir, y quedé pendiente con nuestra otra Santa, Carmen Rendiles.

Siéntanse como en su casa. Ayúdenme a ordenar la idea.

Nuestro santo fue un ciudadano tan ejemplar, que se alistó voluntariamente en La Guaira como médico de guerra para asistir a las tropas venezolanas durante el Bloqueo Naval (1902-1903) impuesto contra Venezuela por Alemania, Inglaterra e Italia, bajo el gobierno de Cipriano Castro.

Cuando José Gregorio murió la familia comisionó a su sobrino Ernesto Hernández Briceño para que impulsara la causa, que se aplicó en 1949 ante la Santa Sede, solicitando su beatificación, porque no cesaban de llegarles testimonios, narraciones privadas y cartas de personas que daban fe de que habían solicitado la intercesión del alma del noble médico ante una enfermedad, y que habían sanado de manera milagrosa.

Ernesto escribió la primera biografía del santo, “Nuestro Tío José Gregorio”, la cual fue pieza clave para diseminar el contenido de su vida y su obra.

Ahora mismo debe haber un récord de publicaciones con muchos autores.

El propio Ernesto solicitó la apertura de la causa en 1949, cuya gestión fue promovida por el entonces arzobispo de Caracas, Monseñor Lucas Guillermo Castillo, treinta años después de la muerte del Médico de los Pobres en 1919.

Nos dijo la profesora que JGH tuvo tiempo, entre consultas y tratamientos a pacientes pobres a los que no les cobraba e incluso les conseguía los medicamentos, de publicar libros, como “Elementos de Bacteriología”, que fue el primer tratado de bacteriología producido y editado en Venezuela, y que se constituyó en el texto base para la cátedra de Bacteriología que él mismo fundó en la Universidad Central de Venezuela. Fue un aporte fundamental para introducir la medicina moderna y el estudio de los microorganismos en el país.

También publicó “Elementos de Filosofía” en 1912, una obra donde demuestra su profundo interés por las humanidades y la metafísica. En ese libro, el médico trujillano reflexiona sobre temas de lógica, ética, estética y la relación entre la ciencia y la fe.

No sólo era un científico con curiosidad metafísica y filosófica. Claro, esto último se entiende fácilmente debido a su vocación religiosa. Pero es que además era un escritor, un tecladista, que tocaba el piano para sus pacientes, para mejorarles el ánimo, y que en sus ratos libres (¿cuáles?) se dedicaba a la escultura. El profesor Carlos Ortiz en su libro Santa Palabra, estudio las cartas privadas (1888-1917), y llega a la conclusión que narraba de una manera tan amena que pudo ser un gran escritor.

“Sobre Arte y Estética”, es una selección de textos que combinan capítulos de su Elementos de filosofía (como los referentes a “La Belleza” y “El Arte”) y artículos que publicó en revistas de la época, como El Cojo Ilustrado: por ejemplo, el artículo “Visión de Arte”. Relata que llega cansado de trabajar y casi dormido una figura fantasma se le apareció y lo lleva por un paseo a través de las Bellas Artes y hasta llega al cielo y pide perdón…

Pero es que además de estos libros, José Gregorio Hernández publicó numerosos artículos científicos en revistas especializadas, especialmente en la Gaceta Médica de Caracas.

Recién graduado se va a Isnotú, como se lo ofreció a su padre. En su hamaca, leía revistas de medicina importadas de Francia, que eran las más relevantes del momento. Junto con un grupo de damas dedicadas a la ayuda social, una de ellas la esposa del Presidente Vicente Rojas Paul, impulsaron la creación del Hospital Vargas.

José Gregorio entregó un proyecto visionario y de avanzada, así que el Presidente lo mandó a Francia a estudiar medicina experimental, a especializarse en histología. El hombre regresó con materiales para laboratorios y con un microscopio, para dar clases y ejercer. Ya había microscopios en Venezuela, pero eran de uso privado.  El de José Gregorio fue el primero que se empleó para los estudiantes de la UCV.

Jesús María Herrera Irigoyen, un editor culto y audaz de la época, era cojo. Así que editaba quincenalmente su famosa revista El Cojo Ilustrado, de altísima calidad gráfica y literaria, y pionera en tecnología gráfica porque tuvo las mejores máquinas de Caracas. José Gregorio era colaborador de esa revista. La primera semblanza sobre él apareció allí y la tienen en el Museo del Libro. El periodista Francisco Salas Pérez, un escritor costumbrista que lo entrevista, dice que este joven médico sabe mucho, y que aprendió algo que no enseñan en la academia, sabe amar al prójimo como a sí mismo.

Sólo un hombre muy ordenado pudo tener una formación tan vasta y una acción social tan grande e imperecedera.

En algún momento, quiso dedicarse a la vida monacal, y viajó a La Cartuja, para internarse, y lo hizo; pero al poco tiempo, los estudiantes de la UCV le rogaron a Juan Vicente Gómez que le pidiera al noble médico que regresara a dar clases, porque lo necesitaban.

Rómulo Gallegos dijo a su muerte “Pocas veces he visto una manifestación de dolor tan espontánea como la del señor doctor José Gregorio Hernández. No estaban enterrando a un hombre, sino a un ideal humano. Todos, delante de su féretro queríamos ser como él. Todos experimentamos el deseo de ser buenos.”

Luis Razetti y otros médicos pronunciaron alrededor de la fosa emocionados discursos. Fue un fenómeno social, había una verdadera manifestación de duelo en aquella Caracas de los “techos rojos”.

No se casó, no tuvo hijos, así que se dedicó a sus sobrinos, a sus pacientes y a la actividad científica, cultural y religiosa.Los médicos dicen de José Gregorio que les puso la vara muy alta.

No hablaremos de sus milagros, que todo el que es persona de fe conoce, e incluso invoca. Tal vez usted, lector, conoce alguno, de alguien que sanó por intercesión de nuestro santo.

Una época en que nos acosa un discurso militarista y guerrerista agobiante, es alentador seguir el ejemplo de un prócer civil.

Un viernes el profesor José Gregorio estaba imbricado en una intensa clase con sus alumnos. Al salir se despidió de ellos sonriente, sereno, diciendo: “Nos vemos el lunes” Y pasó lo que todos sabemos: uno de los pocos carros que había en Caracas lo atropelló, cuando José Gregorio quiso evitar un tranvía y no vio venir el coche detrás del tren.

Así se nos fue el médico de los pobres, el venerable, el beato, San José Gregorio Hernández.

Ahora tenemos dos santos y un premio Nobel. Falta un buen milagro.

Nos vemos por ahí.

 

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