Al momento de escribir estas líneas (jueves 9 de octubre en la noche) acaba de firmarse el plan Trump entre Israel y Hamás, dando inicio así a su primera fase. Ojalá que para la hora de su publicación no hayan ocurrido ya violaciones. ¡Sería un milagro para festejar!
Se comenta que este evento pudiera valerle al presidente Trump el Premio Nobel de la Paz. Habrá que esperar teniendo en cuenta que el anuncio respectivo se conocerá mañana. En todo caso, ese prestigioso premio ha sido otorgado a veces como consecuencia de éxitos no muy lejanos y muchas veces no muy sostenibles. Tal el caso de los acuerdos de Camp David entre Jimmy Carter, Menajem Beguin y Anwar-el-Sadat, o los de Oslo de 1993, que creó la Autoridad Palestina y valió el Premio Nobel para sus promotores: Yasser Arafat, Isaac Rabin y Shimon Peres, o el muy cuestionable galardón concedido al expresidente de Colombia Juan Manuel Santos en 2016 por haber logrado la firma de los acuerdos de La Habana, cuya duración apenas fue respetada por los irregulares ni entonces ni ahora.
Sin embargo, hay que reconocer que la firma de este acuerdo impulsado por Trump ha exigido esfuerzos, influencia política, paciencia y tragar grueso para las partes y también que tanto Hamás como Israel han tenido que aceptar condiciones cuyo costo histórico y político aún es difícil de establecer.
Hoy Israel ha ganado el enfrentamiento militar, pero ha perdido la batalla de la opinión pública mundial en la que los derechos y aspiraciones de los palestinos han sido confrontados con severas acciones militares en las que civiles no combatientes han muerto y sufrido horrores indescriptibles que algunos califican como genocidio.
No es menos cierto que Hamás gobierna en la franja de Gaza como resultado de una elección democrática ocurrida en el año 2006 sin que se hubiera producido otra hasta la fecha. Ello es responsabilidad de los ciudadanos que votaron eso y que no han procedido a cambiar su gobierno. El que vota mal paga las consecuencias. Así ocurrió con el triunfo de Chávez en diciembre de 1998 y hoy un cuarto de siglo después todos los venezolanos -hayan votado o no por él- sufrimos las consecuencias de aquella equivocación, repetida en 2004 con el referéndum revocatorio y la reelección de 2012. Así es la democracia, no solo hay que ejercerla sino también defenderla.
Si bien es cierto que en el campo de batalla de Gaza los daños causados por Israel son incalculables, no es menos cierto que los combatientes de Hamás utilizaron mujeres y niños como escudos humanos, cometieron el asesinato masivo de ciudadanos inermes y toma de rehenes del 7 de octubre de 2023, se escondieron en hospitales y escuelas, etc., lo que desató el derecho inalienable del pueblo de Israel a defenderse, procurando, eso sí, causar las menores bajas posibles entre no combatientes, lo cual es difícil de comprobar desde la comodidad del escritorio de un burócrata internacional a miles de kilómetros del terreno donde los enfrentamientos están teniendo lugar.
Mr. Trump anuncia la posibilidad de hacerse presente en el área en los próximos días para promover el compromiso de cese el fuego, liberación de los rehenes (24), liberación de los presos políticos palestinos en cárceles de Israel (2000), reparaciones que alguien tendrá que pagar y garantías de que la paz será duradera.
Es nuestro ferviente deseo que las etapas por venir se cumplan a cabalidad, pero conociendo -como conocemos- la zona y alguna de sus tensiones no podemos olvidar los muchos intentos anteriores desde 1948 cuando la independencia de Israel, pasando por la Guerra de los Seis Días en 1967, la de Yom Kipur en 1973, los Acuerdos de Oslo en 1993, etc., cada uno de los cuales fue violado tantas veces como la necesidad política lo exigió.
¿Será esta la oportunidad en que los odios entre palestinos y judíos, que ya llevan generaciones, puedan convertirse en pacífica convivencia? Basta asomarse a los pensa educativos de las escuelas de Gaza y Cisjordania para entender que estos odios se nutren desde la más tierna infancia y no terminan con la firma de acuerdos internacionales en los cuales el pueblo palestino poco o nada puede expresar, sino a través de dirigentes poseídos de fanatismo y muchas veces también corrupción.
La solución de dos Estados (Palestina e Israel) que acaba de ser ampliamente reconocida por la mayor parte de los miembros de Naciones Unidas –incluida Venezuela– solo puede fructificar en un ámbito de paz y concordia, difícilmente alcanzable en las presentes circunstancias. Muchas veces ser intentó, pero nunca fue posible. El mundo árabe y sus organizaciones se encargaron reiteradamente de que ello fracase y de negar el derecho de Israel a su mismísima existencia.
Este articulista no comparte la postura asumida por quienes han tomado lado en este momento actual por la causa palestina, ni comparte tampoco las acciones –muchas veces violentas– con las que expresan su preferencia. Mucho lamentamos que el gobierno de Venezuela haya roto relaciones con Israel desde 2009 y hoy asuma posición antijudía militante ante los difíciles momentos que el mundo vive.
En cuanto al Estado Palestino, no objetamos su reconocimiento, pero sí preguntamos cuáles son los límites territoriales de dicha entidad estatal, cuál es su población y cuál es la legitimidad del poder que dice representarlo. Sí pedimos que se reconozca a Israel y a todos los pueblos del mundo su derecho a la legítima defensa ante las agresiones de las que puedan ser objeto.
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