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Ángel Oropeza: El fantasma de la “Idiotía”

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El desinterés por la política, junto con las múltiples complejidades que lo explican, pasó ya de ser un tema de atención académica a convertirse en un problema que, de mantenerse y acentuarse, puede acarrear graves consecuencias para las formas como entendemos la convivencia social. Y esto es un fenómeno que -cual fantasma que recorre al mundo- está ocurriendo en la mayoría de los países.

Existen múltiples datos y estudios que evidencian un creciente desinterés o rechazo hacia la política en gran parte del mundo. Así, por ejemplo, la encuesta Latinobarómetro, que recoge datos específicos de percepción y opinión pública entre los ciudadanos de América Latina, muestra en sus resultados una tendencia clara hacia el desinterés y la desconexión con respecto a la política. La encuesta pregunta regularmente: “¿Qué tan interesado está usted en la política: muy interesado, algo interesado, poco interesado o nada interesado?”. Los resultados muestran, a lo largo de los años, cómo la proporción de personas que declaran estar “muy interesadas” en la política es consistentemente baja y en muchos países ha ido disminuyendo. Al mismo tiempo, la suma de las categorías “poco interesado” y “nada interesado” suele constituir la mayoría de la población en casi todos los países latinoamericanos. Un ejemplo concreto lo encontramos en el informe más reciente disponible (Latinobarómetro 2023). Según el estudio, sólo 21% de los latinoamericanos declara estar “muy” o “algo interesado” en la política, mientras que el 78% restante se declara “poco” o “nada interesado” en ella.

El World Values Survey (WVS), que es una red global de investigación que explora valores y creencias ciudadanas en más de 100 países, en sus informes más recientes (2017 a 2022) reportan que en la mayoría de los países, los grupos de “no muy interesado” y “nada interesado” en política suelen ser los más numerosos, especialmente en democracias consolidadas donde la política se da por sentada o en países con alta desconfianza institucional.

Y el Eurobarómetro, un instrumento de la Comisión Europea para medir la opinión pública en los Estados miembros de la UE, muestra consistentemente en sus informes históricos que los europeos “muy interesados” en política son una minoría, a menudo alrededor del 10-15%, mientras que la suma de “poco” y “nada interesados” puede superar fácilmente el 50%. Estos datos refuerzan la idea de que el bajo nivel de interés general por la política entre los ciudadanos no es un fenómeno aislado de América Latina, sino un fenómeno global.

Por supuesto, y esta es una observación clave, lo anterior puede que no signifique tanto un desinterés real por la política en su sentido amplio (en el sentido de no preocuparse por los asuntos públicos), sino que evidencie más bien cansancio o malestar por las formas y actores de la política tradicional. Eso es válido, explicable y hasta justificable. De hecho, uno de los desafíos cruciales para las democracias actuales es reconectar con esta ciudadanía desencantada y regenerar la confianza en la política como mecanismo eficaz y eficiente de resolución de conflictos y de organización social. Sin embargo, no por ello este desinterés creciente deja de encerrar un grave peligro, y es que el alejamiento o rechazo provoque o termine generando una actitud de negación de la importancia de la política como suprema virtud humana. Política que, en palabras de Hannah Arendt, “surge en el espacio donde los hombres aparecen unos ante otros en su pluralidad” (La condición humana, 1958).

Para Aristóteles (384-322 a.C.), el ser humano era un animal político por naturaleza. De hecho, la política era la actividad fundamental que permitía a las personas realizarse plenamente en comunidad. En la polis (la ciudad-Estado), quien se dedicaba a los asuntos públicos era un “polítikós”.

Frente a él, estaba el idiotés. Esta palabra no tenía la connotación despectiva actual. Simplemente designaba al individuo privado que se ocupaba sólo de sus asuntos personales (sus negocios, su familia, sus hobbies) y rehuía la participación en la vida pública.

La clave de la distinción es que, para Aristóteles, el idiotés era un ser humano incompleto. Al evadir la responsabilidad cívica, renunciaba a su naturaleza social y a su capacidad de contribuir al bien común. Era, en esencia, menos libre, porque dejaba que otros decidieran sobre las reglas que gobernaban su vida.

El desinterés masivo que arrojan datos como los arriba mencionados no es inocuo. Si en verdad ese desencanto termina generando una actitud de negación de la importancia de la política, ello puede crear consecuencias lamentables y peligrosas.

Una de estas consecuencias es el secuestro de lo público. Cuando la ciudadanía se retira porque ya no le interesa, el espacio público queda libre para ser ocupado por intereses particulares. La corrupción, el clientelismo y los grupos de presión avanzan donde no hay una sociedad civil vigilante y exigente. El desinterés abre la puerta a líderes autoritarios que, prometiendo simplificar la complejidad, ofrecen soluciones mágicas e irreales, acabando con las libertades en nombre de una supuesta eficacia o de un sueño populista.

Y otra de las consecuencias peligrosas es que, al concentrarnos sólo en nuestro interés puramente individual, descuidamos los bienes comunes que son el sustento de cualquier sociedad funcional, y que sólo se mantienen a través de una acción colectiva. Temas como la infraestructura pública y la conectividad, la calidad del aire, la salud pública, la seguridad en las calles, los servicios de agua o electricidad, la educación pública, el sistema de ciencia y de investigación, o la preservación y vigencia de nuestros derechos, son sólo unos pocos ejemplos de cosas que dependen abrumadoramente de decisiones colectivas y que se deterioran cuando las abandonamos.

Cada uno de estos ejemplos demuestra que la distinción de Aristóteles es más relevante que nunca. El idiotés cree que puede vivir en una burbuja, ignorando que su bienestar individual está inextricablemente unido a la salud del cuerpo político. La calidad de nuestra vida individual es, en gran medida, el reflejo de la calidad de nuestras decisiones colectivas. Negar la importancia de la política es como negar la importancia del aire porque está contaminado. La solución no es dejar de respirar, sino limpiar el ambiente.

La advertencia de Aristóteles resuena con una claridad alarmante en nuestro tiempo. En un mundo de desafíos globales complejos, refugiarse en la “idiotía” ya no es una opción trivial. Es un riesgo de peligrosas consecuencias. El precio de desentenderse de la política es, en última instancia, que otros decidan por nosotros, y casi nunca en nuestro beneficio. El llamado es a dejar de ser idiotés y asumir, con todas sus dificultades, la noble tarea de ser, nuevamente, animales políticos.

@angeloropeza182

 

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