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Ana Noguera: Dos años después de la guerra en la Franja de Gaza

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Dos años lleva la venganza cruel de Israel contra el pueblo palestino. Dos años de hambre, desplazamientos, hostigamiento, bombas, destrucción y muchísimas muertes.

Israel, con su gobierno al frente, ha visto como la opinión mundial junto a la gran mayoría de los gobiernos se han vuelto en su contra, repudiando sus actuaciones, y convirtiéndose Netanhayu en un criminal de guerra. Israel ha perdido su capacidad diplomática, su influencia internacional y su posición referencial. Solo le ha quedado su amigo Trump, ejerciendo de matón del mundo.

Pero el daño moral que sufre Israel, como consecuencia de la barbarie cometida por su gobierno, no es comparable al daño real sufrido por los gazatíes a los que se les ha aplicado un cruel exterminio.

Dos años después de aquel atentado terrorista de Hamás, no hay vencedores. Solo muchas perdidas, mucho dolor, mucha humillación, mucha masacre.

Aunque el tiempo nos dirá quién puede ganar con todo esto. ¿Trump con su interesado proyecto de paz que parece más bien un acuerdo comercial? ¿Netanyahu, que cuenta con la protección del “más fuerte” y que ha conseguido gran parte de su objetivo: aniquilar una gran parte de la población palestina, destruir Gaza y ser parte de la reconstrucción y el negocio?

Sin duda, más que un plan de paz, hablamos de un plan de negocio. No hay voluntad de resolver el origen del problema ni de otorgar la autodeterminación y la creación del Estado palestino. Tampoco es un acuerdo de paz negociada, puesto que desde el principio ha faltado Palestina en las negociaciones. Tampoco es diplomacia internacional, porque sencillamente lo que está ocurriendo es que el mundo ha cambiado: ya no es el consenso, la palabra, la diplomacia sino la fuerza de las armas, la agresión y la amenaza, el miedo al “matón” del mundo lo que impone esta salida.

Resulta lamentable, pero la ONU no ha podido realizar un acuerdo de paz sencillamente porque no dispone de fuerza militar para frenarle los pies a Netanyahu.

Pero los heridos “morales” de este conflicto se extienden, sobre todo, afecta a la Unión Europa, que ha visto prácticamente impasible la destrucción de Gaza sin atreverse a levantar la voz frente a Netanyahu.

Según la Universidad de Bradford y la Vanguardia, que lo recoge en su reportaje, las bombas lanzadas sobre Gaza equivalen a seis Hiroshimas. Más de 70.000 toneladas de explosivos.

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Si vemos las víctimas mortales (sin contar desaparecidos o cuerpos no encontrados), el porcentaje de las víctimas supone un 6% sobre la población de Gaza.

El gobierno ultraconservador y radical de Netanyahu ha impuesto a Gaza la misma crueldad que los nazis impusieron al pueblo judío o el mismo apartheid que se sufrió en Sudáfrica o el mismo genocidio que hemos visto en Camboya o en Ruanda, por ejemplo. El gobierno israelí ha sido igual de demonio que tantos otros criminales de guerra.

Hoy se ve más cerca que ayer el final de la guerra. Trump pretende apuntarse las medallas con su “deshonesto” plan de paz, enviando a su yerno a la negociación, y contando en dólares de cuánto beneficio económico se habla con la reconstrucción. Puede apuntarse lo que quiera si con ello se consigue finalmente la paz. Sin embargo, no olvidemos que no es una negociación justa. Aún resuenan las palabras de Trump amenazando que si no aceptaban este plan, Palestina viviría el infierno. ¿Más infierno todavía?

Nunca hay una paz justa. No se puede devolver la vida a los muertos, ni los miembros de los cuerpos mutilados, ni eliminar el horror que quedará grabado en la mente y en el alma como la metralla tatuada.

Quiero dar las gracias a todos los que participaron en la Flotilla, a todos los que se jugaron la vida, los que atravesaron el mar para intentar cercar a Netanyahu y abrir los ojos del mundo. Ellos han sido el altavoz de los que queríamos gritar en las calles. No comparto las críticas recibidas de personas a las que admiro cuando dicen que “había afán de protagonismo y de llenar portadas”. No es justa esa crítica. Bienvenida sea las personas que utilizan su imagen y su proyección para llamar la atención sobre un crimen como el de Gaza. ¿Para qué si no sirve tener un altavoz político y social?

Mentiría si dijera que no me han dolido los insultos y vejaciones verbales cometidas por políticos como Isabel Díaz Ayuso o el portavoz de Vox, hablando de “cruceros”, “paseos”, etc. Me duele porque odio la mentira y la manipulación, porque no me gusta que se embarre y ensucie el ambiente social cuando hablamos de la vida de personas inocentes y de una guerra de tal magnitud, porque la insensibilidad me provoca sarpullidos, y porque no entiendo cómo se puede odiar tanto en todo momento de la vida. Ver a estos personajes, a los que “les gusta la fruta”, me duele y me hiere como persona. Quizás es lo que buscan, ni siquiera sé bien qué buscan con estas actitudes miserables.

De la misma forma que me resulta indignante las palabras de Trump sobre Greta Thunberg: “es una alborotadora, está loca, necesita tratamiento psiquiátrico”. Alguna vez habrá que decirle a este señor que él suele provocar arcadas en la mitad de la población de EEUU y en una gran mayoría del mundo exterior. A Trump no le importa para nada el papel reivindicativo de la Flotilla ni que la ciudadanía proteste ni que las calles se llenen de pancartas a favor de Palestina. Él va a lo suyo: a sus negocios personales y familiares. Si hay algún psicópata, sin duda lo encarna perfectamente.

Sin embargo, estoy convencida de que a la Unión Europea, a los gobiernos europeos, a Bruselas y su parlamento, sí les afecta profundamente el sentir de la calle. Quiero pensar, y estoy convencida de ello, que todavía la ética y la defensa de los derechos así como la voz democrática de la ciudadanía tienen peso sobre los gobiernos europeos.

La Flotilla, las personas que han emprendido esta reivindicación, han ayudado sin duda alguna a que la gente saliera a la calle, a que miles de personas en cada ciudad del mundo se movilizaran, y pidieran el fin del genocidio contra Gaza. No era una cuestión de firmar manifiestos o de escribir mensajes en redes: era cuestión de salir a la calle.

A veces la ciudadanía no somos suficientemente conscientes del poder que podemos tener. Y lo tenemos cuando ocupamos el espacio público, cuando ejercemos nuestra voz pública, cuando físicamente (más allá de las redes) nos unimos, nos sumamos, nos reconocemos. Tenemos el poder democrático cuando sabemos que somos muchos más los que hablamos con una sola voz.

La Flotilla encendió las luces que necesitábamos para gritar al unísono: Palestina libre.

 

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