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Sergio Monsalve: Una batalla tras otra

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Un filme sobre la resistencia, su fracaso, su dispersión, su paso a la clandestinidad y su posible resurrección en las generaciones de relevo, bajo la dirección de un Paul Thomas Anderson inspirado en la novela Vineland de Thomas Pynchon, a quien ya adaptó en Puro vicio, posiblemente su película más descompensada y fallida.

La obra original fue considerada imposible de versionar en el cine, hasta el estreno de Una batalla tras otra, un reflejo de los conflictos internos de Estados Unidos, entre grupos subversivos de izquierda y el ascenso del sectarismo de la nueva derecha americana del siglo.

Por la actualidad de su tema, el largometraje recibirá innumerables nominaciones al Oscar y se predice la consagración del autor en las instancias de la Academia, después de años de irse de vacío.

La duración épica, el carácter urgente del contenido y la forma explosiva del cineasta en su estado de gracia, harán el coctel de la victoria para recompensarlo por sus décadas de trabajo en la industria, donde ha realizado un puñado de piezas incontestables, como Boggie NightsMagnoliaPunch-Drunk LovePetróleo sangrientoEl hilo fantasma y The Master.

La crítica no necesariamente se la lleva bien con el realizador, a menudo lo infravalora por su singular mezcla de humor negro, realismo grotesco, drama, crueldad y sequedad expositiva. Se le suele tildar de niño mimado y terrible de Hollywood, un rebelde que sabe instrumentar y vender su prédica contra el sistema.

Hay mucho de ello en Una batalla tras otra, es decir, la paradoja de hacer y publicitar la revolución en una película de alto presupuesto con estrellas de la meca.

Se dirá que es muy progre o woke, pero es más que eso, se los prometo.

Johnny Greenwood es soberbio en la música y huele a estatuilla dorada, sin olvidar a Leo DiCaprio como un Nota sacado de Big Lebowski de cara a un monstruoso Sean Penn, que luce como un psicópata de Rising Arizona o No Country for Old Men.

Un PTA marca Coen

Mención aparte para el resto del casting y para Del Toro, que también vuelve a rozar el firmamento de la Academia, por su notable papel secundario de sensei de buen corazón. No es algo nuevo, porque el cine ya lo hizo en otros contextos, y autores norteamericanos como Steven Soderbergh filmaron los diarios del Che Guevara con actores de la talla de Benicio del Toro, cuya presencia no es casual en Una batalla tras otra, al igual que la figuración de Sean Penn, ambos vistos como el ejemplo de la izquierda caviar en los predios de Los Ángeles.

No por casualidad vinieron a Venezuela en visitas de turistas VIP.

Por tanto, de aquellos asuntos, nosotros tenemos un posgrado, esto es, de la colusión entre el cine y la propaganda. Recordar que una ingente proporción del cine nacional se dedicó a investigar el tema, desde los setenta, con desigual fortuna, empezando por Cuando quiero llorar no lloro hasta Postales de Leningrado.

De modo que el crítico venezolano puede sentir recelo de Una batalla tras otra, no más empezar su acción militante como de Panteras Negras glorificadas por Tarantino y Spike Lee.

Pero la película va ganándose los puntos, al menos lo míos, cuando su metralla se decanta como una trágica revisión de la política radical en tiempos como los de ahora.

Además, el montaje se puebla de algunas de las set pieces más conseguidas en la filmografía del autor, al mover la cámara y los actores como los dioses, para narrar la crisis de refugiados que viven los latinos en búsqueda de un sueño.

No encontraremos una película que retrate con tal creatividad audiovisual y sentido de la emergencia el pánico que sufren los migrantes ante la llegada de las redadas de ICE.

Por ende, es un filme que los venezolanos sentimos de cerca y desde adentro, amén de una apuesta por documentar el problema a través de recursos del verité, la vanguardia y la técnica inmersiva.

Viendo el resultado, rememoro los clásicos de La Batalla de Argel (citada en la misma edición), el rompecabezas de Babel y la estética geopolítica de un Godard, pasado por el tamiz del New Hollywood de los setenta.

Así que Paul Thomas Anderson rueda su filme de la totalidad como conspiración, a la altura de cualquier Kubrick, Coppola, Scorsese y Spielberg, leyendas que veneran Una batalla tras otra.

No creo que sea una película perfecta, porque no estamos en una época para semejantes empresas. Tiene sus toques y sus ángulos para discutir, plantear cineforos, agitarnos la cabeza. Pero, precisamente, el gran mérito de Una batalla tras otra es existir en un momento de crisis de la franquicia, del cine, de la especulación en el bucle de la secuela.

No es un superhéroe el protagonista, aunque lo parece; tampoco el malo es un villano de caricatura o cómic.

Entre ambos se teje una muy amarga reflexión sobre la paternidad, sobre cómo la política sufre una escisión profunda, una grieta que no se ha podido solventar, por incomunicación y la instalación de ideas fijas, de modelos de pensamiento severos y ortodoxos de otro siglo, que luchan a muerte y no entienden de matices, solo confrontaciones bélicas que llevan al exterminio del diferente.

Por eso, lo que parece una apología de la guerrilla, frente al conservadurismo de raíces antiguas, se acaba por revelar como una crítica de la batalla que marca a Estados Unidos desde su guerra civil.

Un bucle del que se intenta huir y escapar, pero que persigue como fantasma y destino a sus víctimas.

Detrás de todo, Una batalla tras otra también sirve de exposición de las contradicciones de la izquierda y la derecha, de sus métodos violentos y de los traumas que engendran de generación en generación.

Hoy somos testigos de un nuevo episodio, ojalá fuese el último. Nos quedará el cine de Paul Thomas Anderson para ver una digna desmitificación que no deja indiferente y que arroja más preguntas que respuestas.

 

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