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Pedro R. García: Los partidos políticos y sus desafíos… (II Parte)

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El salto Atrás.

Punto de Quiebre

Una acotación necesaria                                                                                                         

El 4 de febrero muchos venezolanos creyeron encontrar un héroe, alguien que tuvo el valor de insurgir en contra de un sistema que ya sólo no los representaba, sino que los agredía día a día. Chávez vino a yenar el vacío simbólico, la falta de referencias. Adicionalmente, las características del fenómeno Chávez encajan perfectamente dentro el componente mesiánico de nuestra cultura política; frente a la ilegitimidad popular del gobierno, el comandante Chávez aparecía como el líder que podía “poner orden”. Lamentablemente rémora de nuestro pasado caudillesco. Como sabemos los militares insurgentes fueron encarcelados y luego al asumir el poder el presidente Caldera, indultados. Una vez en libertad, un grupo de ellos encabezados por Chávez, se dedicaron a organizar sobre la base de lo que se yamo el MBR. 200.  Un movimiento político integrado inicialmente por oficiales retirados, algunos sectores de la clase media y, mayoritariamente, los sectores populares. Lo que se ha dado a yamar el “chavismo” proclama como tendencia ideológica su inspiración en los ideales de Bolívar, Simón Rodríguez, Ezequiel Zamora, el Che Guevara, Marx, lo cual, se expresaba, en síntesis, en la formación de un gobierno eficiente, capaz de extirpar la corrupción y eliminar la pobreza. Desde el punto de vista doctrinario, el movimiento bolivariano, a pesar de su retórico discurso sobre el socialismo del siglo XXI, aparece como indefinible al menos por ahora.  En su seno se han agrupado elementos que van desde la extrema izquierda, militarismo cuartelaría, hasta la ultraderecha tramontana. Todo esto viene a cuento para destacar que el pretorianismo a lo Chávez no fue nunca, ni antes ni después de su infiltración en la Academia Militar en los 70; ni antes ni después de la conjura formal a partir de 1982; ni antes ni después de la felonía golpista del 4 de febrero de 1992; ni antes ni después de su victoria electoral en la elección presidencial de 1998; un proceso de conquista del futuro, sino un regreso, con muchas penas y sin ninguna gloria, a lo más lamentable de nuestra propia historia. Yegamos así, para nuestra desgracia, a una zona mixta de la locura y la delincuencia de la cual aún no estamos liberados. Edecio La Riva Araujo solía decir, en su singular estilo, que el poder huele a jazmín. ¡Odorífera expresión del poder! Como sabemos los venezolanos, el poder no huele a jazmín sino, a menudo, a ácido sulfhídrico, a sudoración de mapurite, a gases de nafta catalítica. El jazmín de la imaginación poética de La Riva no posee ningún punto de comparación con la fetidez de la descomposición social y política de la nación a partir de 1999; de la Venezuela tomada al abordaje, con ánimo de sacar vientre de mal año, por el más patético conjunto de fracasados, acomplejados, utópicos y anacrónicos pseudo izquierdistas, ninguno, por cierto, (y valga la puntualización) ejemplo cabal de lo más destacado y respetable de la izquierda criolla. No puede oler a jazmín, este malhadado empeño, porque sus responsables están impregnados de todas las miasmas del basurero de la historia (para decirlo con lenguaje trotskista) donde no pocos de ellos habían sido arrojados desde los años 60 de la centuria pasada. La República, desde que el teniente coronel golpista Hugo Chávez logró echarle mano a la jefatura del Estado (nunca fue demócrata; el medio para él era secundario, el putsch o los votos: fracasado el primero, optó con éxito por los segundos; pero ello no le hizo variar su visión fascistoide del mundo y de la vida) ha visto difuminada la temática política, que ha dado en yamar “revolución” o “proceso”, reducida, simplemente, no a la búsqueda del bien común, sino al goce y disfrute del poder, entendido, en su primera etapa como la eliminación de sus “enemigos”; y en la segunda, como “transición al socialismo”. Desde la primera comenzó su enredo maquiavélico, que se ha agudizado en la segunda. El goce y disfrute se redujeron y se reducen a una infinita espiral táctica, ayuna de una estrategia en función de un verdadero proyecto. (Eso y la incapacidad antológica de la etapa de destrucción nacional que aún no ha concluido, aunque está bastante avanzada, ha sido reconocido y proclamado hasta por teóricos neomarxistas que alguna vez se ilusionaron con Chávez, como, p. e., (Heinz Dieterich), quien ahora expía sus culpas y huye hacia delante. Y esa espiral táctica mira obsesivamente a la permanente lucha por la conservación del poder, viendo siempre tal lucha con dimensión existencial. Por ello, desde el ángulo de Chávez, fue siempre una lucha agónica, signada por la lógica del gladiador: mors tua vita mea (tu muerte es mi vida). No sabemos a cuáles profundidades pueda yegar esa lucha entre sus herederos, en la canibalesca confrontación por ocupar su puesto entre quienes se dicen sus amantes y leales seguidores”. Su discurso está vaciado de contenidos, no trascendiendo las propuestas éticas en su épica lucha contra la corrupción. Concretaron la toma del poder, convocaron y aprobaron una Asamblea Constituyente, diseñaron y aprobaron una nueva Constitución, se ratificaron en unas nuevas elecciones, conquistaron el poder absoluto regional y municipal, en un hecho sin precedentes frente a la irresponsabilidad historia de los partidos ganaron la representación total en la Asamblea Nacional, para desde allí subordinar a los otros estamentos del poder electoral, contralor, fiscal, intentaron cambiar la Constitución vigente, donde sufrieron su primer revés electoral, todo en ya veinte largos años, pero hasta ahora no parecen haber articulado una propuesta política coherente, una verdadera opción alternativa para el país. La popularidad del chavismo ha descendido aceleradamente, luego de la derrota en las parlamentarias diciembre del 2015, y de su respuesta arrogante y torpe frente a la misma, su discurso sigue teniendo influjo para los sectores más débiles y por los que aún se dejan seducir por los atavismos de nuestra cultura política, heredada de nuestro pasado caudillista. En este sentido pudiéramos postular que en este campo se ha estructurado históricamente en torno a dos lógicas: la de la diferencia y la de equivalencia.  La primera es, una lógica que implica la inclusión del mayor número de diferencias posibles, y en consecuencia no simplifica, sino que hace más complejo el campo social y político; es decir, en ella coexisten y se interrelacionan diversas identidades: políticas, sexuales, étnicas, rurales, ambientales, culturales urbanas, regionales y demás. Esta lógica hace vinculante el arbitraje democrático, la tolerancia como forma de vida y la articulación de la cultura con la política. Por su parte la lógica de equivalencia, tiende a organizar las distintas identidades en cadenas, con la finalidad de negar un “otro” que, supuestamente amenaza su existencia, simplificando así el ámbito de lo político, y en consecuencia, reduciendo el espacio para el despliegue del juego democrático y la ampliación cultural de la política. Podemos ilustrar esquemáticamente la estructuración de estas lógicas contradictorias en cuatro etapas de la historia venezolana.

VIII Fases del proceso político venezolano

Una primera etapa: Ruptura del nexo colonial.

Aquí enfrentamos una situación donde se cuestionó el principio de legitimidad sobre el cual descansaba el poder colonial. Esta escisión se yevó a cabo desde un discurso que no encadenaba connotativamente las otras voces constitutivas de la realidad venezolana de la época.  Ello trajo como consecuencia, por un lado, la ausencia de la necesaria condensación discursiva indispensable para proporcionar legitimidad al nuevo poder republicano y, por el otro, el fracaso del proyecto bolivariano y la destrucción del núcleo social portador de este proyecto.  De hecho, la Independencia puede considerarse como un acto preventivo que tenía como objetivo la permanencia de la estructura de poder, sobre la cual se asentaba la supremacía social y cultural de la minoría mantuana.  Esta circunstancia histórica ayuda a explicar por qué el romanticismo bolivariano pudo articularse con las creencias populares que interpelaban a la mayoría parda/negra de la población.

Una segunda etapa: Los regímenes oligárquicos liberales.

Los regímenes adoptaron un discurso que enfatizaba el carácter evolucionista de nuestro acontecer y otorgaba a la geografía y al sustrato étnico un papel determinante en este devenir. En este sentido proyectaban una visión del país estructurado en términos de tensión entre disgregación e integración social y concebían el acto de gobernar como una escogencia entre civilización y barbarie.  En el marco de esta lógica la capacidad expansiva de esta modalidad discursiva era muy limitada. De hecho, estableció nexos connotativos, exclusivamente con los significantes que afirmaban positivamente la identidad de los portadores del polo “civilizatorio”; ello implicó un rechazo a las tradiciones populares en tanto que éstas eran símbolos de atraso, oscurantismo, estancamiento y barbarie. En el marco de esta gramática resultaba difícil construir una lógica de la diferencia que connotara lo popular y, en consecuencia, proporcionaría legitimidad a este arreglo político. A lo largo de este periodo histórico la torre de Babel republicana se caracterizó por una cacofonía de voces en permanente disonancia.

Una tercera etapa: La adequidad.

A partir de la tercera década del siglo XX se inicia una nueva etapa en la construcción discursiva de lo político en Venezuela, cuyo dispositivo simbólico han denominado en otros análisis como adequidad, y que bien pudiera ilustrar la lógica definida como de la diferencia. Este nuevo espacio societario permitió de los rasgos definitorios (étnicos, raciales, culturales, educativos) de los sujetos excluidos de la práctica política en el periodo anterior u oligárquico-liberal. Estos significantes no serán organizados en relaciones metonímicas mutuamente excluyentes. Ser blanco, oriental, mestizo, católico, propietario, campesino, negro, andino, indio, alfabeto, coreano, iletrado, urbano, yanero y demás; constituyeron realidades por sí mismas. El horizonte discursivo en este periodo histórico, se caracterizó por la sutura de los márgenes de un nuevo espacio político en el que la existencia real y simbólica de estas entidades, paulatinamente, fue reconocida y reafirmada. Desde entonces están presentes en el espacio público de la política venezolana, significantes heterogéneos constitutivos de la identidad popular, tales como: el joropo, culto a María Lionza, boleros, procesión de la Divina Pastora, rancheras, santería, partidos, oralidad del pueblo “arrecho”, ciudad, sindicatos, asociaciones, federaciones empresariales, caraquistas y magayaneros, entre otros.  Este conjunto disímil de determinaciones coexistirán desde entonces en el espacio político venezolano, proporcionando contenido sustantivo a su nacionalidad. Acción Democrática, logró procesar esta dimensión popular de los sujetos de acción colectiva y arbitrar los antagonismos que generaba la coexistencia plural de las diferencias. Obviamente, este proceso será apuntalado por el inicio de la producción petrolera. El aumento del presupuesto nacional, la migración rural-urbana, el crecimiento de los sectores medios, una mayor complejidad institucional y una percepción más internalizada del ser venezolano en la población.

La cuarta etapa: El Pretorianismo-Chavista.

A finales del siglo XX el sistema político mostraba ondas insuficiencias para procesar las demandas provenientes de nuevos grupos sociales. La imagen que refleja el espejo político de la época no era uniforme. Se encontraba fragmentada en una diversidad de sujetos, desigualmente jerarquizadas. Esta situación generó la oportunidad para construir una nueva cadena de equivalencia. Así por ejemplo, la lucha por reivindicaciones particulares como: educación, vivienda, salud, empleo, seguridad, democracia sindical, participación, derechos humanos, transparencia administrativa, autonomía municipal, apertura económica, honestidad pública, privatización, descentralización, competitividad, desregularización de la economía y otros; expresaban algo común a todas estas confrontaciones: rechazo al régimen de partidos y un urgente anhelo de cambio político, connotaban el creciente desapego de la población hacia el entramado institucional que caracterizaba este momento político venezolano.  Esta fragilidad se expresó en la desarticulación de las formas tradicionales de hacer política y en la “liberación” de los símbolos populares articulados a los partidos políticos que ejercieron los roles protagónicos en Venezuela después de 1958. En esta incoherencia discursiva gestó la posibilidad para nuevas expresiones políticas, intentaron copar el campo de lo público en Venezuela al final de la última década del siglo XX.  En este contexto los significados y significantes articulados al chavismo lograron condensar estas interpelaciones en una cadena de equivalencia, que proporcionó la inclusión política ausente en el modelo político imperante. Sin embargo, parece conveniente resaltar que esta articulación con la memoria pasada, si bien explica, por un lado, su relativo éxito en apropiarse de la simbología popular; por el otro da cuenta de las dificultades políticas que en la actualidad confronta el actual régimen al intentar desechar la democracia como valor y forma de vida.  Como ya lo hemos comentado en sus inicios el chavismo, atrajo hacia su polo de gravitación los símbolos populares históricamente articulados al proyecto encarnado por los partidos políticos Acción Democrática y El COPEI.  Pero a pesar de ello no ha logrado vertebrarse plenamente con las tradiciones de comportamiento democrático presentes en la sociedad venezolana. Por el contrario, desplegó una estrategia discursiva populista que fragmento maniqueamente el espacio de lo político entre pueblo y oligarquía, atribuyéndole a cada uno de estos polos virtudes éticas y morales excluyentes. “Ante todo se debe aceptar que la Democracia no es un absoluto ni un proyecto sobre el futuro: es un método de convivencia civilizada.  No se propone cambiarnos ni yevarnos a ninguna parte; pide que cada uno sea capaz de convivir con el vecino, que la minoría acepte la voluntad de la mayoría, que la mayoría respete a la minoría y que todos preserven y defiendan los derechos de los individuos”. (Octavio Paz). La retórica fundamentalista imperante en el país, ha dificultado la construcción de espacios para el entendimiento, ha dado como resultados, los trágicos, sucesos golpe de Estado 11 de abril, y el aquelarre ditirámbico protagonizados  por los factores que lo propiciaron., el paro petrolero con sus dramáticas consecuencias, el accidentado referendo revocatorio del 16 de agosto de 2004, con el desconocimiento de los resultados por los sectores adversos al gobierno, la no presentación de candidatos a la Asamblea por los mismos actores, en una omisión absurda sin orientación previsible, de nuevo dudas sobre los resultados del 03 de diciembre de 2006, inexplicablemente por actores que promovieron y publicitaron su  (Blindaje) el intento  descaminado del régimen de hacer un cambio de fondo a la Constitución vigente (1999), aprobada entre épicas manifestaciones como la mejor del mundo, acción que fue derrotada en el referendo del 2 de diciembre pasado del 2007, que descalificado con dureza por el presidente Chávez, la medrosidad y complacencia al aceptar el hecho inconstitucional de que en febrero del año siguiente la reedición del referéndum rechazado por el país, el contundente respaldo al los candidatos de la oposición en las elecciones legislativas de diciembre del 2015, que arrojo que tuviesen las dos terceras partes de la AN, y que reeditaran irresponsablemente el capítulo II, del frívolo sainete del 11 de abril del 2002 de ingrata recordación lo que ha generado la actual dramática situación social y política que sofoca al país. Es evidente que la discursividad política en lisa, tiende a simplificar el terreno de lo político y, esta acarrea que la agenda social, económica y cultural del país se transforme en un cruento campo de batalla, en donde distintos grupos de intereses intentan imponer sus irrenunciables objetivos.  Es en este sentido que pudiera hablarse de una cancelación de la política; valido para ambos sectores en confrontación.  Mientras gruesos sectores del bloque opositor siguen planteando la lucha en términos maximalistas: el Maduro renuncia; el oficialismo, por su parte, va en acelerado camino de sustituir la actividad política por un Petro-dirigismo estatal (Karl, 1997), de talante autoritario. Este parece ser el marco dentro del cual debe leerse el quebrantamiento de la industria petrolera, con los ataques a la cual esta siendo sometida, especialmente por actores externos e internos, igualmente desde el gobierno hay una pareciera última embestida despiadada contra los núcleos de la economía privada en el país. El resultado de ambas posiciones fundamentalistas puede ser, insistimos, la cancelación de la política y su sustitución por un autoritarismo asentado sobre el carácter rentístico del Estado venezolano. Es elemental resaltar que esta tendencia se ve reforzada por el hecho de que el chavismo en diecinueve años de ejercicio gubernamental, ha privilegiado una visión instrumental del Estado; vale decir una agencia que puede ser conquistada y ocupada por el partido mayoritario, después de las elecciones y ser empleada como instrumento al servicio exclusivo de sus políticas. En este cuadro de precarias circunstancias que vive el país, importa relievar la vocación que profesan los venezolanos por los valores democráticos, que trasciende el juicio negativo que la población tiene sobre los partidos y el pésimo desempeño del aparato del Estado. Desdeñar esta tradición del comportamiento del venezolano, es una omisión teórica; sustituirla por una visión maniquea de la política, constituye un craso error de carácter estratégico. Las relaciones políticas, no deben ser estructuradas en términos del binomio amigo-enemigo. Pareciera en este contexto, que sólo el exterminio del “otro” proporcionaría salida al conflicto social y político en Venezuela. A manera de conclusión, y para advertir a los partidos o los que aspiran a serlo, pudiéramos caracterizar la lógica imperante en la actual coyuntura política venezolana. Primero: se operó una reformulación de las fronteras políticas, que definieron el espacio democrático del país en la segunda mitad del siglo XX.  Segundo: los antiguos “marcadores” han sido sustituidos por una polarización que se expresa en bloques políticos mutuamente excluyentes. Tercero: cada vez es más reducido el ámbito para el despliegue de formas hegemónicas de la política.  Cuarto: esta situación de rigidez es propicia para el cultivo de salidas antidemocráticas de cualquier signo.  Quinto: lo fundamental en la coyuntura actual es asumir sin complejos un nuevo y serio esfuerzo por el diálogo que permita la restauración de la vialidad democrática de la sociedad venezolana. Desde luego, lo anteriormente narrado constituye una breve introducción a una temática harto compleja (relación cultura y política. (Es necesario darle continuidad en un trabajo más ambicioso). Finalmente se pudiera resumir brevemente lo que hemos señalado en lo siguiente: distintas modalidades de racionalismo han dominado el espacio público de la política venezolana.  En sus distintas versiones, romántica, liberal, democrática, revolucionaria con su debido correlato Marxista-Leninista. Esta lógica no ha podido articular efectivamente la dimensión de la cultura con la política. Esta desarticulación cuenta para decodificar las “razones” de la inestabilidad política venezolana a lo largo del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX. Los opuestos abundancia/escasez/escasez aún están presentes en la construcción social de la realidad venezolana. El Estado venezolano lo expresa en sus políticas. La naturaleza es percibida como abundancia a ser maximizada en términos de renta.  Esta lógica, a su vez, se encadena con una visión que privilegia elementos valorativos como solidaridad, igualdad e incentiva una relación paternalista hacia el ciudadano.  Igualmente, en la formulación de estas políticas prevalece una visión racionalista que califica de mágico-religiosa la conducta del venezolano. Se atribuye a esta circunstancia la responsabilidad por las dificultades que impiden el surgimiento de una razonable cultura cívica en el país. Es posible postular que el significante partidos políticos-democracia juega un papel central en las representaciones colectivas del venezolano. En tanto construcción simbólica, establece relación con múltiples referentes.  Por ejemplo, en la actual coyuntura política se ha formulado un proyecto político que intenta establecer equivalencias connotativas entre democracia, igualitarismo y solidaridad.  Sin embargo estos intentos supuestos se yevan a cabo en el marco de una visión colectivista, distributiva y maniqueamente con mando único, que divide el campo de lo político entre Honestos-patriotas-pobres vs. Corruptos-antipatriotas-ricos. Esta circunstancia impide que amplíen las posibilidades del discurso democrático. Se frustra de esta manera la posibilidad del discurso polifónico a uno cacofónico entre diversas voces.  En otras palabras, sustituir este discurso dicotómico que escinde el campo de lo político en dos bloques opuestos e irreconciliables, por uno de carácter expansivo que vertebre el mayor número de las diferencias existentes en el ámbito político democrático.

IX Los partidos políticos y la consolidación de una democracia en Venezuela…

Esto ha de ser el resultado de articulaciones entre principios políticos (libertad, igualdad, justicia, participación, y demás). Es obligatorio imbricar su política con su cultura.  Esta relación no es fácil. Como ya lo hemos señalado las tradiciones populares son vistos por el racionalismo político y en el caso nuestro, yeno de tópicos marchitos, como obstáculos para la modernización. Sin embargo, el mundo rural, el sincretismo religioso, la diversidad indígena, el discurso popular, el mestizaje y otros, son fuerzas actuantes en el presente, que pueden proporcionar las creencias que las libertades políticas deben proteger.  Asimismo esta modalidad política se articularía al entreverado de tradiciones, costumbres y creencias que suministrarían singularidad a nuestro pueblo. En términos de “evolución” o actualización del que hacer político, puede decirse que esto supone que los “partidos” deben pasar por el camino de la autocrítica, de los que se empeñan en ser los actores principales del modelo democrático venezolano, aún se sienten predestinados para “salvar” a la nación, siguen sin dar muestra de rectificación, es obligatorio abrir paso a un profundo y paciente proceso de cambios estructurales en ellos, que los yeve a reconducir su acción con parámetros distintos, no adscriptivos, no clientelares; humanizados, eficientes, con organizaciones internas ágiles y programáticos, con un profundo sentido ético, que se plantee el ejercicio del poder desde la perspectiva de una genuina cultura política democrática. Es inaplazable que los actuales cuadros de los partidos todos, reconozcan, que la sociedad los ha superado y que su concepción de la democracia ya no satisface las demandas de la mayoría, que desistan de repetir un discurso sostenido en estereotipos conductuales que inducen a la irresponsabilidad, colmado de temas manidos, que han contribuido a forjar y mantener a la base social del actual mandatario, con todo y los diecinueve años despropósitos. El desafío para la democracia eficaz o a la que anhelamos la mayoría de los venezolanos, es la inclusión social. Esto implica la reducción al mínimo de las asimetrías del poder. La inclusión es primordialmente un reto político, sin ella está en juego la estabilidad de la República misma. La otra cara de la moneda que surge en este momento, es la exclusión generadora de violencia, que liquida toda posibilidad de convivencia y lacera nuestro sensible tejido social.  No existirá democracia sana sin justicia, sin amor, sin solidaridad, pero tampoco será posible sin tolerancia, sin respeto, sin derecho a los disensos, al pluralismo a las libertades; sin transparencia y sin rendición de cuentas, porque se regresa al camino fácil de las corrosivas y viejas prácticas demagógicas, ya el reparto nefasto de cuotas de poder y de prebendas basadas en, no al esfuerzo, entrega, honestidad, profesionalismo al ejercer una función determinada, sino a la viciada vinculación con las redes del poder de turno, a la filiación partidista, al compadrazgo, y esto no apunta al interés del ciudadano, sino al sectarismo torpe de la distribución obscena del poder, en función de mezquinos intereses partidistas. Y para finalizar, hay que apostar desde la esperanza, por una convivencia dialogada, por quienes detentan la conducción del país, sin ella no puede ser construido un proyecto y sin convivencia pacífica no puede ser garantizada la viabilidad de la República. Por otro lado, hay que advertir a quienes apuestan por defender en modelo de partidos políticos, los más creemos que son necesarios, que la condición posmoderna sospecha de los yamados grands récits que se quieren unitarios (Lyotard), siendo el ideal filosófico indudablemente uno de esos desautorizados grandes relatos, de manera que el prefijo “pos” que caracteriza el presente (posmoderno, posestructuralista, poshistórico, posnacional, postindustrial) incluye también una posteridad al ideal y su resignada renuncia sería el precio exigido por ser libres e inteligentes. Por último, se insiste en que la complejidad de las democracias avanzadas de carácter multicultural no se deja compendiar en un solo modelo humano, a lo que se añade que, por su parte, las ciencias se han especializado tanto que resulta iluso cualquier intento de síntesis unitaria. Los títulos de tres celebrados libros de Daniel Bell conformarían otros tantos eslóganes de la imposibilidad del ideal en el estado actual de la cultura: El fin de las ideologías, El advenimiento de la sociedad post-industrial y Las contradicciones culturales del capitalismo. La consciencia nos hace libres e inteligentes, pero ¿y después? Quien hoy hace alarde de su resignación suele recibir el aplauso general. ¡Qué lúcido!, se dice de ese pesimista satisfecho, como si su fatalismo fuera la última palabra sobre el asunto, merecedor de ese ¡archivado! con que Mynheer Peperkorn zanja las discusiones en La montaña mágica de Thomas Mann. Pero el propio Mann en su relato favorito, Tonio Kröger, alerta sobre los peligros de ese exceso de lucidez que conduce a las “náuseas del conocimiento”, como las que estragan el gusto de esos espíritus delicados que saben tanto de ópera que nunca disfrutan de una función, por buena que sea, porque siempre la encuentran detestable. La hipercrítica es paralizante, seca las fuentes del entusiasmo y fosiliza aquellas fuerzas creadoras que nos elevan a lo mejor. Sólo el ideal promueve el progreso moral colectivo; sin él estamos condenados a conformarnos con el orden establecido. Preservar en la vida la humildad y una cierta ingenuidad es lección de sabiduría porque permite sentir el ideal aun antes de definirlo

 Pasa el tiempo y el segundero avanza decapitando esperanzas.

pgpgarcia5@gmail.com

 

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