Sobre uno de los más profundos absolutos del ser humano: la necesidad de un Dios interlocutor, recuerdo dos certeros comentarios. El primero pertenece a Rilke, quien en la sexta de sus Cartas a un joven poeta, señala como la necesidad o la búsqueda de Dios depende estrictamente de cada voluntad individual. La idea de una deidad, de la presencia de lo divino, deja de ser referencia absoluta para convertirse en algo mucho más individualmente humano: una respuesta personal ante la soledad, la vulnerabilidad o al temor. Dios existe, esencialmente, en una conciencia.
Acaso más, mucho más que el miedo a la inexistencia de un trasmundo, de una vida ultraterrena, de lo que se trate sea de conjurar la terrible sensación de desamparo y extravío aquí y ahora, en esta vida. Una urgencia surgida de uno de los más desoladores sentimientos humanos: el del sinsentido de la existencia, el de la incertidumbre en torno a la legitimidad o justificación de nuestro muy humano tiempo. La respuesta a la necesidad de Dios bien pudiera ser la posibilidad de acceder a una sabiduría personal que nos permita reconocer y aceptar en nuestra vida, en sus formas, evoluciones, aprendizajes y desenlaces, un significado que logre conjurar la desolación de un tiempo en el que no es posible hallar significado alguno. Lo imperativo de alcanzar ese significado, esa humanísima respuesta a la propia inseguridad, mucho pudiera asemejarse a la voluntad de hallar un sustento divino capaz de validar la propia existencia.
El segundo comentario pertenece a María Zambrano. En el ensayo de su libro El hombre y lo divino, «Del nacimiento de los dioses», se formula esta pregunta: «¿Cómo han nacido los dioses y por qué?». Su respuesta siempre me ha lucido absolutamente irrefutable: «el hombre parece haber tenido siempre la necesidad de un rayo de luz que coloree la turbia atmósfera de sus pasiones, de sus necesidades y de sus sufrimientos». En otras palabras: humana urgencia de un sentido en las búsquedas y hallazgos al interior de un tiempo que pueda finalizar con la aprobación de quien logró conocer una buena manera de habitarlo.

