Punto de Quiebre.
Introducción…
El ciudadano fue definido por Aristóteles como “quien tiene el poder de tomar parte en la Administración judicial o en la actividad deliberativa del Estado”. En este sentido, más allá del derecho a la representación, de su residencia en su territorio, de sus derechos y deberes jurídicos, el énfasis de la condición de ciudadanía aparece puesto en el hecho de que el ciudadano, debe tomar parte activa en los asuntos que luego han de afectarle. En la misma dirección ya Eurípides, el último de los grandes dramaturgos atenienses, había distinguido entre “el pueblo constitucionalmente integrado” (demos, pueblo) que es propiamente el ciudadano, y “el pueblo fuera de control de la vida política convertido en masa amorfa.” (Óchlos-multitud, turba). Con el impacto de la modernidad, han cambiado los marcadores de lo público y lo privado, fortaleciéndose una acentuada tendencia a la individualización y la pérdida de los espacios colectivos. Con el quiebre de los ejes históricos tradicionales, luego del fin del enfrentamiento Este-Oeste, la izquierda ha perdido el sujeto de las utopías y la socialdemocracia su ímpetu al fragilizarse el yamado Pacto Social, la derecha tiende a ser pasto fácil de la “fundamentalización”. Los dirigentes políticos, son cada vez menos representantes de la voluntad general de los pueblos, para convertirse en adocenadas figuras mediáticas que terminan negociando las múltiples demandas de sectores, que no son las urgencias que sofocan a las diferentes comunidades, especialmente las más débiles, en síntesis estos son los inaplazables desafíos que deben enfrentar los partidos políticos: derechos humanos, desempleo, fragmentación, colapso de los espacios urbanos, deterioro creciente ambiental, el avance sin un consenso ético de la ingeniería genética y el nuevo absoluto del poder, sin rostro aparente, que muta el para la gran mayoría imperceptible el “entramado comunicacional mundial” y sus derivaciones regionales y locales. Estas son las líneas gruesas sobre las cuales hay que debatir, el sentido de la democracia, la participación, un nuevo esquema de la relación capital trabajo, la gobernabilidad, la legitimidad, el Estado y el mercado se han convertido en los generadores en gran escala de las relaciones sociales, que se expresan cada día con mayor radicalidad, rechazo a la visión colectiva de la democracia, y una infranqueable desconfianza a lo político y a los políticos.
Los partidos políticos
Hace más de un siglo, los movimientos de la sociedad tenían formas de organización que actualmente se encuentran en un proceso de replanteamiento. En las sociedades desarroyadas según Amin (1989) estas organizaciones se articularon en torno a dos ejes: La lucha de clases, que justificaba la organización de la clase obrera en sindicatos y partidos políticos. Esta forma de organización inspiró la organización de partidos y sindicatos campesinos y los del pequeño comercio. La ideología política que se manifestó como la derecha-conservadora y la izquierda reformista. Posteriormente, en los países gobernados por los partidos comunistas se impuso el Estado-partido y se eliminó la alternancia electoral. En los países de África y Asia, la movilización social se articuló en un partido integrador que combinaba clases y etnias diversas, bajo la dirección de un líder carismático. Los gobiernos surgidos de esa experiencia se petrificaron debido a que su legitimidad dependía de reavivar el objetivo de la independencia nacional. Según Mouse, en los países europeos, hay un desplazamiento de los partidos hacia las posiciones de centro, ya sea de centro-derecha o de centro-izquierda, desaparece entonces el debate deliberante entre defensores de proyectos opuestos, y el ciudadano ve limitada o impedida su capacidad de elegir. Se vacían las instituciones sociales, los ciudadanos no pueden apoyar estrategias, y las cuestiones asumen la forma de problemas técnicos que requieren las decisiones de expertos. De esta manera, partidos que otrora fueron agentes de la transformación social han sido absorbidos y se convirtieron en agentes de la reproducción social. Para autores como Forsthoff, frente a la solución técnica, la voluntad política del ciudadano desaparece tanto en la etapa de la decisión como en la de control. Ellos parten de la premisa según la cual, al hombre contemporáneo le interesan más los reclamos individuales que los controles políticos, y prefiere la satisfacción por parte del Estado de sus “necesidades básicas” antes que el ejercicio de sus derechos (Grossmann, 1981,). Estos y otros actos quiebran la legitimidad del poder. Si bien hay legalidad, porque se cumplen las leyes, no hay legitimidad. Cuando los ciudadanos toman conciencia de esta situación crece la abstención, G. Agamben menciona algunos ejemplos: “En Italia, en las últimas elecciones, la participación fue casi tan baja como en los Estados Unidos: una abstención del 40%. Un fenómeno que no se había producido antes…
I En correlato, Paradójico…
El mundo se ha articulado de una forma que se ha hecho realidad a despecho de importantes y razonados rechazos, la globalización, especialmente en relación a la economía ya la comunicación: mercados integrados, tecnologías de punta, superautopistas, telemáticas, redes de comunicación de fibra óptica, el copamiento del mundo desde el cable y los sistemas satelitales. Nos estamos moviendo en un mundo donde lo fundamental es la información. Sin embargo, este escenario es en realidad un espacio fragmentado, conflictivo, sin un orden cohesionado y que pareciera apuntar hacia la desintegración, a través de la complejización de intereses corporativos. Sobresalen grandes desafíos: proliferación de tecnología militar-nuclear incontrolada, graves riesgos químicos y bacteriológicos, potenciales crisis ecológicas, creciente presión demográfica con movimientos migratorios a escalofriante escala, vergonzantes hambrunas, crimen organizado a escala planetaria (mafia, carteles de droga, contrabando, prostitución, y como hecho bochornoso y bofetada moral al orden civilizatorio, sobretodo cristiano occidental, la prostitución infantil, pederastia, tráfico de órganos humanos y la intolerable cada vez mayor exclusión social. En este contexto la noción clásica de política está siendo severamente cuestionada. Según la visión del pensador Fernando Mires, los radicales cambios estimulados a partir de 1989, con el derrumbe del Muro de Berlín, han promovido una profunda revolución cultural, que todavía no es perceptible en toda su profundidad. Los marcadores que definían los órdenes políticos ya no son válidos. Los significados no se corresponden con los significantes. En innumerables lugares han comenzado a operar órdenes informales que conviven conflictivamente con el status anterior. El principal problema es cómo armonizar el poder hegemónico con los elementos socioeconómicos de las grandes mayorías excluidas en el contexto de un modelo de acumulación que permita un desarrollo ecológicamente sustentable. Por ello estamos inmensos en la paradoja de Estados Nacionales que ceden parte de su soberanía a organismos supranacionales, como en el caso de la Comunidad Europea, mientras en muchas regiones, renacen con un orden discursivo, incendiaron los reclamos de reivindicaciones nacionalistas. Con los innegables avances de la Revolución Científica-técnica, se está socavando el esquema de relaciones laborales, con la acelerada intensificación de la automatización de los procesos de producción, con la incorporación de tecnologías ahorradoras de energía y de mano de obra. El alto contenido de conflictividad social y político de estos procesos en marcha hace suponer el incremento de las tensiones. A pesar de las tendencias, cada vez más pronunciadas de la globalización, los Estados Nacionales siguen siendo el principal espacio de legitimación del poder y el lugar en el cual la población deposita sus demandas políticas. Esto abre una profunda contradicción para los mismos, ya que la mundialización reduce rápidamente su capacidad de eficiencia frente a sus complejas sociedades, generando la agudización de los problemas económicos y sociales, frente a la exigencia cada vez más extensa de sus ciudadanos. En síntesis, estos son los inaplazables desafíos que deben enfrentar los partidos políticos: derechos humanos, desempleo, fragmentación y colapso de los espacios urbanos, deterioro creciente ambiental, el avance de la ingeniería genética, desarrollo exponencial de la IA y el nuevo absoluto del poder, (léase, Facebook, Google, Amazon) entre otras, sin rostro ideológico, ya que muta el “entramado comunicacional mundial” y sus derivaciones regionales y locales. Estas son las líneas gruesas sobre las cuales hay hoy que debatir, el sentido de la democracia, la participación, la representatividad, la gobernabilidad, la legitimidad, al convertirse el Estado y el mercado en los generadores en gran escala de las relaciones sociales, se han ido expresando cada día con mayor radicalidad, rechazos a la visión colectiva restringida de la democracia, lo político y una insalvable desconfianza a los políticos. Con el impacto de la modernidad, han cambiado los marcadores de lo público y lo privado, fortaleciéndose una acentuada tendencia a la individualización y la pérdida de los espacios colectivos. Con el quiebre de los ejes históricos tradicionales, luego del fin del enfrentamiento Este-Oeste, la izquierda ha perdido el sujeto de las utopías y la socialdemocracia ha perdido ímpetu al fragilizarse el yamado Pacto Social, la derecha tiende a ser pasto fácil de la “fundamentalización”. Los dirigentes políticos, son cada vez menos representantes de la voluntad general de los pueblos, para convertirse en adocenadas figuras mediáticas que terminan negociando las múltiples demandas de sectores que no son las urgencias que sofocan a las diferentes comunidades, especialmente las más débiles. Los programas de ajuste macroeconómicos privilegiados por casi la totalidad de los gobiernos latinoamericanos, sumado el redentorismo populista demagógico de quienes se autocalifican de Revoluciones, no han podido quebrarle la espina dorsal a las tendencias que han beneficiado, especialmente a las élites económicas. Lo que ha profundizado los procesos de exclusión social. Según cálculos de la CEPAL en 1980 existían 160 millones de personas viviendo en condiciones de pobreza, en esta década de acuerdo a estimaciones conservadoras esa cifra ronda los 200 millones. En igual medida la deuda externa sobrepasó el monto de los 500.000 millones de dólares. Esta precaria situación ha disparado un proceso de desintegración de fuertes rasgos anómicos. Las diferentes clases sociales se ven entre sí como una amenaza. La falta de una adecuada respuesta por parte de los Estados, ha producido el acelerado desprestigio de los partidos políticos, sean del signo ideológico que existan con su inevitable correlato con una crisis general de la democracia, frente a esta crisis sistemática, han aparecido brotes, nacionalistas, fundamentalistas y en Latinoamérica, regímenes autoritarios con líderes carismáticos, que bajo el discurso del orden o Revolución radical, han dejado sin resolver los problemas estructurales de nuestros países.
II ¿Qué formas tomará “lo político”?
Frente a este nublado escenario, queda preguntarse en qué dirección se reformulará la política en los años venideros. ¿Cómo se hará para relanzar la democracia? Y en consecuencia el rol de los partidos políticos. Ante la crisis actual de la política en al ámbito de la sociedad en general, se ha producido un discurso y una práctica ambigua: sustitución de los políticos, por “empresarios, independientes, animadores, divas, gerentes”, reclamo de mayor control social en la toma de decisiones, crítica lapidaria a los aparatos partidistas; pero en el hecho cotidiano se sigue delegando en unos representantes que supuestamente, ya no nos representan. Es decir, la crítica se ha mantenido dentro de los límites restringidos de los modelos democráticos, sin decidirse a dar el salto cualitativo hacia formas mucho más participativas de la democracia. En Venezuela, ha existido una concepción de la política en relación casi exclusivamente con el problema de la conquista y sostenimiento del poder. Si es cierto que la competencia por el poder del Estado resulta decisiva en la política, lo fundamental desde una perspectiva ética, es el poder por sí mismo. En esta dirección, la superación de la crisis que vive nuestro país pasa por modificar esa concepción anacrónica de la política, entendiendo que un sistema político sólo logra ser verdaderamente democrático si coloca al ser humano como centro de su quehacer. Este proceso de redefinición solo se desarroyará, con la participación de un conjunto de sujetos políticos, entre los que[p1] sin duda alguna deben estar presentes los partidos. “Durante el largo periodo de los imperios universales, se diluyeron las ideas democráticas hasta que, con la recepción de la cultura clásica en la Edad Media, gracias, sobre todo, a la labor de Santo Tomás de Aquino, cobra nuevo impulso el principio de que el poder proviene del pueblo si el pueblo no tomará parte en la elección de sus autoridades-escribió el Aquilátense, y ni no pudiera enmendar sus entuertos sería un verdadero esclavo”. Es necesario, para que esta transición presuponga un verdadero salto cualitativo de la democracia, deben estar representados en el proceso otros intereses a los de los sectores hegemónicos de ayer y de hoy. En conclusión, deben constituirse sujetos políticos alternativos, capaces de representar los bienes de las grandes mayorías en igualdad de condiciones. En un contexto como éste donde existe en nuestro país un alarmante vacío teórico, ideológico y cultural. Y los partidos en actitud vacilante de repliegue en la lucha por la sobrevivencia, así no se pueden fraguar democracias; sin embargo, hay que reaccionar frente a la clarinada última en el intento fraudulento de la (ANC), de despojarnos de los elementos esenciales de eya. Sirve de alerta y hoy un gran número de movimientos, grupos, organizaciones, que de acuerdo a sus necesidades, intereses y posibilidades han comenzado a asumir importantes espacios de gestión, participación y decisión, que pueden servir para restañar, sanar y articular un tejido social, desde el cual las mayorías socialmente organizadas puedan ejercer la necesaria presión, para el alcance de sus sentidas aspiraciones, así como participar, en la elaboración, discusión, aprobación y ejecución de las políticas de interés nacional. Y desde estos espacios precarios sí, pero en los que se ha comenzado a ejercer la participación. Debe reconocerse que se ha avanzado un buen tramo en esa dirección, aunque todavía no sea suficiente. Ciento de organizaciones de base han construido, soluciones autónomas y alternativas sin las cuales el vacío político sería aún mayor, ejemplo “comités de tierra”, bien sean rurales o urbanos (CTR Y CTU, las mesas técnicas de agua MTA El Plan Nacional de Identidad PNI Consejos Comunales), como la infinidad de propuestas formuladas por la COPRE, Venezuela: Democracia y Reforma Política Centro de Estudios de Integración Nacional (Universidad Monteávila Caracas (2018), PROYECTO DE CONFIANZA POLÍTICA (OHA-EPI-PCP 2018) (Observatorio Hannah Arendt), como la infinidad de propuestas formuladas por la COPRE, (por cierto ignoradas en su momento), muchas de las cuales pueden ser reactualizadas y retomadas. De hecho, el Estado debe ser el objetivo estratégico de este proceso de redefinición y socialización del sistema político y de la sociedad en general. La articulación de la sociedad debe apuntar a establecer mecanismos de control sobre el Estado y sobre el mercado, de modo que se articulen una serie de contrapesos y equilibrios que permitan la construcción de una sociedad más justa, más digna y más humana… Los hombres del siglo XX tuvieron un sello de identidad: creyeron que el cambio era posible, si un sistema político o económico no funcionaba, había que buscarle alternativas. Y pese al fracaso contundente de algunos proyectos, se mantenía la esperanza de modificar lo que no convencía. Esto duró hasta la última década del siglo pasado, cuando la hegemonía excluyente del capitalismo financiero y un marcado temor a las nuevas iniciativas abrieron paso a la conformidad como ideología. Al siglo XXI tiene una tarea que se intuye compleja. En primer lugar, para que el cambio vuelva a ser posible, los ciudadanos deben sentir la voluntad y las ganas de sostener un ideal. Algo así como aceptar sacrificios temporarios siempre que tengan sentido y que no se conviertan en una prisión perpetua en la que los platos de comida se espacian premonitoriamente.
III ¿Qué son los partidos políticos?
Como fenómeno social, los partidos no tienen más de trescientos años y no operan como elemento integral del proceso del poder desde hace más de ciento sesenta. Ellos son hijos de la modernidad y, por lo tanto, no aparecieron hasta que una serie de procesos modernizantes de las estructuras sociales obligaron a redefinir los esquemas de organización política. De esta forma, los partidos políticos nacen con la finalidad de conciliar intereses particulares con los públicos. Bien sea que la unidad política inicial la constituya el individuo o el grupo de interés (sindicato, gremio, y demás. El politólogo Juan Carlos Rey los define “como una unidad de decisión de un conjunto de hombres agrupados por intereses comunes y en relaciones de cooperación, de forma que aparezcan frente al exterior como unidad de intereses y propósitos, con una ideología o doctrina en común y que pretenden controlar el principal aparato de poder del país (El Estado) y ejercer la representación legítima de buena parte de los ciudadanos”. Los partidos políticos modernos nacen prácticamente al mismo tiempo que los procedimientos parlamentarios y electorales, desarrollándose de forma paralela. El partido se hace necesario para organizar y activar la voluntad política de las masas en función de esos procesos. El encuentro entre el sufragio universal en una sociedad de masas y la movilización de los electores a través de ellos, se produce claramente con la aparición del primer partido político en el sentido moderno, los Jacobinos bajo el gobierno de la Convención en la Francia revolucionaria de 1789. Este es el primer caso en el cual una ideología política compleja fue yevada al pueblo con la ayuda de una organización y de una propaganda racionalizada por medio de una estructura pensada para tal fin. Originalmente, los partidos políticos estaban formados por comités locales, que agrupaban a personalidades influyentes, siendo más importante la calidad de los miembros que su número. Lo que se buscaba era beneficiarse del prestigio personal, que proporcionaba influencia moral, y de los bienes de fortuna, que ayudaban a cubrir los gastos de la organización. La estructura de esas organizaciones, lo que hoy conocemos como “el aparato”, era rudimentaria y poco rígida, siendo la autonomía de cada comité muy grande. Así, la influencia de los organismos centrales era inexistente. Con la excepción de Inglaterra, la línea del partido no existía. Esta estructura se mantiene en cierta medida en algunos partidos conservadores y liberales de Europa, y en los partidos estadounidenses, denominándose los partidos de cuadros. Entre el siglo XIX y comienzos del XX, los socialistas inventaron otra forma de articular a los partidos: los de masas. Estos surgen de la ineludible necesidad de financiar las campañas electorales de los candidatos socialistas (quienes por sus propuestas radicales) no lograban el apoyo de los banqueros, industriales, comerciantes y demás. Esta nueva forma de organización determinó con el paso del tiempo el crecimiento exponencial de estos partidos, lo cual obligó a crear estructuras mucho más rígidas que la de los partidos de cuadros. El posterior tránsito de los partidos socialistas hacia la socialdemocracia logró matizar esa situación, que se mantuvo incólume en los partidos comunistas. Poco tiempo después, la estructura masiva fue adoptada por otros partidos distintos a los socialistas. Los demócratas-cristianos lo hicieron en gran medida, aunque debido al carácter heterogéneo de su base social, terminaron más bien por asumir una forma mixta, intermedia entre los partidos de cuadros y los de masas. Los partidos comunistas adoptaron este esquema acentuando la centralización e incorporando una férrea noción de disciplina, a semejanza de un ejército, lo cual explica el carácter paramilitar que en determinadas circunstancias históricas adoptaron, que luego la mayoría de los grupos fascistas se organizaron de manera similar. En los países latinoamericanos, los partidos de masas han adoptado una estructura particular. En la mayoría, los dirigentes forman un grupo claramente diferenciado del resto de los militantes, pareciendo en algunos casos un partido de cuadros sumergidos en uno de masas. Las diferencias sociales entre las “cúpulas” y la base de la organización son abismales, y yegando la dirigencia a poseer un nivel intelectual y técnico similar al de las sociedades modernas, mientras la militancia, se mantiene en el borde inferior de la sociedad, refugiados y a la defensiva al margen de proyectos y atención. Finalmente, en tiempos recientes surge un nuevo tipo de organización “directa” o de tipo neocorporativo, en el caso de los laboristas británicos, en algunos partidos socialistas escandinavos, y en partidos católicos como el belga y el austriaco. A diferencia de los modelos en los cuales los grupos de presión influyen desde afuera sobre el Estado para que éste tome una u otra decisión, aquí se asume que las organizaciones de la sociedad formen parte abierta del proceso de elaboración de las políticas públicas. Como en el caso austriaco, donde las organizaciones representativas de los factores trabajo y capital funcionan como entes facultados por el Estado con autoridad para fijar la distribución de los ingresos e incluso una parte de los precios en el mercado, podría concluirse que la incorporación de los partidos al proceso político es el hecho más importante en el campo de la organización política moderna. Si bien como hemos analizado, el partido es una figura recurrente en los distintos sistemas políticos, varían entre sí radicalmente en su historia, en su organización interna, en su ideología y su forma de accionar, dentro del esquema de relaciones políticas y sociales de un país a otro. Los intentos de definición que hemos expuesto reconocen a pesar de sus perversiones últimas en los partidos políticos una respuesta al problema de la vinculación entre las bases de la sociedad y los sectores con poder de decisión.
IV Partidos y la sociedad…
Dadas las características particulares de nuestro sistema político son necesarias algunas precisiones en torno a este tema. Tal y como hemos venido explicando, los partidos políticos en Venezuela nacen con el propósito de yevar adelante un proyecto de transformación de la sociedad, impulsada de alguna manera desde la dictadura de Gómez. La diferencia primordial del proyecto de los partidos políticos se ubica precisamente en el ámbito de lo político. No solo cada partido en particular aspiraba a controlar el Estado y desde allí iniciar la modernización, sino que adicionalmente el proyecto incluía la transformación a fondo del sistema político para construir una democracia representativa de partidos. Ello pasaba por el reconocimiento institucional del disfrute de ciertos derechos políticos para la población, los cuales se constituían básicamente en la facultad de elegir a sus representantes o ser electos como tales, y el derecho de organizarse libremente en asociaciones, sindicatos, grupos de opinión, y demás. Un proyecto de esta monta necesitaba lograr el apoyo de la población, hasta entonces privada del disfrute de tales derechos. Por tal razón, la primera tarea de los partidos fue procurarse un anclaje social de soporte, que después sirviera para ser organizada como plataforma al proyecto fundacional del partido. Eso es lo que intentaron las primeras organizaciones políticas que comienzan a gestarse durante la dictadura de Gómez. Unos con mayor éxito que otros, los partidos se propondrán dotar de contenido a las diferentes clases que comenzaban a tener visiones confrontadas en la sociedad venezolana. De esta forma, son los partidos políticos quienes organizan y politizan a la sociedad venezolana y no al contrario, como ocurrió en otros países occidentales donde las diversas organizaciones de la sociedad civil dieron origen a los partidos políticos. Fue a partir de procesos de articulación, de sindicatos, organizaciones agrarias, agrupaciones de intelectuales y movimientos religiosos, que nacerían en buena parte de los partidos políticos en Europa. Dado a la inexistente organización de la sociedad civil, fueron los nacientes partidos políticos quienes se encargaron de estructurarla. De allí que hayan adoptado un alto grado de agregación de intereses, es decir, no representan a ningún grupo en particular, sino que, desarrollando una amplia base, pretenden representar a toda la sociedad. Por ello, la estructura organización de los partidos venezolanos ha estado compuesta por los yamados burós o comités: de obreros, estudiantes, empleados, vecinos, profesionales y técnicos, jóvenes y mujeres, Esa pluri-representatividad de los partidos venezolanos, trajo como consecuencia una importante limitación. Cuando los partidos políticos representan solo una parte del conjunto de la sociedad y sus intereses, el sistema político acepta e institucionaliza las divisiones y diferencias políticas. La solución, en otros sistemas políticos, ha pasado necesariamente por la práctica organizada y tolerante del disenso y del respeto de las minorías. Pero cuando los partidos no son representantes de partes, sino que pretenden sintetizar el todo social, la tendencia es negar los intereses particulares y por tanto reprimir la diversidad y el disenso. En síntesis, en Venezuela, la sociedad solo ha logrado hacerse políticamente presente en los partidos y no a través de ellos; la función de representación de los partidos en nuestro sistema político fue de una interferencia tan alta que, en lugar de mediar entre la sociedad y el Estado, acabaron mediatizando las demandas. Al instaurarse el modelo de democracia representativa de partidos en 1958, nuestras organizaciones políticas adoptan el papel de vehículos funcionales para canalizar las demandas sociales por medio de otras organizaciones de interés que los mismos partidos fundan: Sindicatos, asociaciones y gremios. Estas son filtradas por los partidos de acuerdo a la coyuntura, gracias a su control de estas organizaciones que acabamos de mencionar, accedían al gobierno, y este las devolvía en expresiones de políticas públicas, como, por ejemplo, fijación de salarios, incentivos a la inversión privada, dotación de servicios públicos, entre otros. Este proceso de petitorios hacia el Estado, jerarquización de los mismos y correspondiente respuesta social con el apoyo otorgado al partido-gobierno por el grupo beneficiario, resultó absolutamente mediatizado por los partidos. Tal esquema demostró ser útil en un sistema político como el nuestro, en donde la precaria organización política de la sociedad, permitió a los partidos “orientar” a los distintos grupos acerca de cuáles eran sus necesidades, es decir, anticiparse y controlar las demandas. Este esquema también permitió a los partidos presentarse como la “Vanguardia modernizadora” y conducir el proyecto de transformación de una sociedad precapitalista a otra capitalista moderna en un marco de democracia partidista. Pero, cuando se avanza en ese camino y la sociedad comienza a organizarse autónomamente y los partidos no evolucionan junto a ella y se empeñan en mantener un sistema como el descrito, se verán desbordados, como ocurrió en nuestro país. Debido a que los partidos políticos actuando bajo un esquema que yamaremos “tradicional”, comenzaron a interpretar con desconfianza cualquier demanda que no provenía de sus propias filas, y al registrarlas como ilegítimas, tendían a reprimirlas. Este es el cuadro actual de las relaciones que todavía mantienen los partidos tradicionales con la sociedad venezolana, sin excepción de aquellos que aún pelean por consolidar su propio espacio político. La creciente heterogeneidad que hoy registra la colectividad política nacional, hace cada vez más difícil su representación por medio de la estructura policlasista que adquirieron los partidos desde sus orígenes. Para estas organizaciones ya no es posible representar el todo social, si es que alguna vez fue así. En la actualidad, los partidos venezolanos se han hecho disfuncionales con respecto a la complejidad de intereses de la sociedad actual. A pesar de esto, la representación según el esquema policlasista hizo un aporte importante a la integración social, fuente reductora de conflictos. Hasta finales de la década de los ochenta alrededor del 30% de la población venezolana militaba en partidos y al menos la mitad afirmaba simpatizar con algunos de eyos, lo cual es un indicador del grado de aceptación que alcanzó nuestro sistema político. Adicionalmente, los nuestras organizaciones han abonado eficazmente a que el país no se haya dividido por factores de raza, credo o regionalismos, así como la sensación de igualitarismo, código cultural subjetivo de la modernidad venezolana que ha ayudado, junto a otros elementos sociales, a contener los conflictos derivados de las grandes diferencias socioeconómicas. Sin dudas, esto implicó un importante proceso de socialización política que permeó los distintos sectores susceptibles de ser captados. Formación de cuadros, propaganda política, círculos de discusión internos, mítines y demás, fueron elementos novedosos aportados por los partidos, que, utilizados para ganar adherentes, también sirvieron para desarrollar una conciencia política en la población. Es indudable que esa formación fue marcadamente parcializada; pero permitió estimular expectativas, activando formas de participación y movilización política hasta entonces ignoradas, como marchas, huelgas, mítines y ejercicio del voto a través del sufragio universal y secreto. Radicalmente opuestas a las formas políticas del siglo XIX donde lo más común eran las tradicionales sediciones. Los partidos políticos resultaron ser eficientes mecanismos de ascenso social, sólo comparable a la educación. Y facilitaron, por primera vez en Venezuela, que personas ubicadas en grupos históricamente marginados, pudieran hacer demandas al poder, e incluso ocuparan cargos de importancia, sin tener que ganarlo en el campo de batalla. La movilidad social no quedó únicamente circunscrita a aquellos que hicieron carrera política, sino que también se tradujo en un cúmulo de oportunidades o beneficios directos, obtenidos por simpatizar o ser votantes de los partidos. Los que fueron exitosos electoralmente congregaron alrededor suyo una vasta “clientela” política, la que a cambio de ciertas prebendas, obtuvieron todo tipo de soporte, hasta jugosos apoyos financieros a cambio de licitaciones o contratos públicos. Esta extensa red de transacciones clientelares que se dieron a través de los partidos, conocida generalmente como “corrupción”, ha sido sin duda un potente vehículo de movilidad social, subordinado en algunos casos a las lealtades y compromisos para con las organizaciones.
Pasa el tiempo y el segundero avanza decapitando esperanzas.
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