Reconstruir la patria colectivamente.
El intelectual chileno Fernando Mires escribió recientemente: En la mayoría de los países los líderes surgen de los movimientos. En Venezuela, caso raro, los movimientos surgen de los líderes. Como es así, la reagrupación del centro democrático (hoy vacío) pasará, guste o no, por Capriles. Por eso la oposición extrema lo odia y lo difama. (Mires, 2 de septiembre de 2025, en X).
Su afirmación merece una reflexión. Porque si bien la historia está llena de hábitos y regularidades, nunca es un destino escrito. Solo Aquiles en la mitología sabía que moriría por su talón. Nosotros, en cambio, debemos ocuparnos del presente y construir decisiones. Como decía Aristóteles, la prudencia es la virtud política más alta: aprender de las buenas prácticas, examinar las malas y no repetirlas. Y como advertía Maquiavelo, el estudio de la historia no es un simple ejercicio de memoria, sino una herramienta para gobernar a los otros y a sí mismo.
La tesis de Mires —en Venezuela los movimientos surgen de los líderes, no al revés— es sociológica y políticamente certera. Ha sido nuestra tragedia desde el siglo XIX. De allí parte la reflexión que quisiera compartir.
El peso del caudillismo
En Venezuela, el líder encarna el movimiento. Así lo dicta una cultura política marcada por el caudillismo. Lo vemos en frases como “la Constitución de Chávez de 1999”. Llamarla así es ignorar que muchas de sus innovaciones —como la elección de gobernadores y alcaldes o los mecanismos de democracia directa como el referéndum consultivo o la posibilidad de una constituyente— provenían de estudios y propuestas elaboradas por la COPRE en los años ochenta y por una comisión bicameral del Congreso presidida por Rafael Caldera entre 1989 y 1992. Pero el peso simbólico de Chávez eclipsa toda esa historia.
Otro ejemplo. Mutación del caudillismo: Carlos Andrés Pérez, el 2 de febrero del 89, tomó posesión del cargo y veinticinco días después estalló el Caracazo. Es obvio que aquel terremoto social no fue efecto de su ejercicio de gobierno: no tuvo luna de miel. Fue un estallido que respondía a la crisis económica en curso y a la creciente exclusión social.
Pérez había conformado un equipo ministerial brillante, una generación de académicos con algunos operadores políticos. Planteó el “gran viraje”. En la práctica, aquello suponía un cambio en las costumbres del empresariado y su relación con el Estado, en la relación de los ciudadanos con las instituciones, así como una renovación de las tradiciones teóricas y prácticas de AD y COPEI. Era un gran viraje, pensado por algunos de los venezolanos más capacitados. Pero la descomposición social, manifestada en El Caracazo implicaba consolidar un acuerdo político. Y Pérez no consideró negociar su plan ni con el partido que lo llevó al poder. Confiaba en su liderazgo y en la certeza de que ese, y no otro, era el rumbo que debía tomar el país a trocha y mocha. ¿Éxitos? Tuvo grandes logros. ¿El costo?
La política no es una empresa donde el patrono decide. Esa fragilidad en la articulación con sus aliados naturales fue el inicio del desastre. Cuando Chávez emergió con el golpe de Estado, sintonizó con el malestar popular y con la tradición caudillista de la nación.
Razones históricas del caudillismo
La élite intelectual y militar de comienzos de la república se planteó una guerra continental. Se empeñó en levantar un nuevo Estado, en trazar los contornos de un país distinto —la Gran Colombia— conformado por Panamá, Colombia, Ecuador y Venezuela, desde 1819 hasta 1830. A su vez, Venezuela se hundía en guerras civiles. Al disolverse la Gran Colombia el liderazgo capaz de pensar el Estado estaba muerto, exiliado o arruinados. La nación carecía de una élite intelectual y política capaz de articular un proyecto común.
José Antonio Páez el primer caudillo. Desde 1830 hasta 1958, Venezuela tuvo al menos veinte constituciones: cada caudillo hacía la suya a su imagen y semejanza. La estabilidad institucional llegó recién en el siglo XX con la dictadura de Juan Vicente Gómez.
La democracia de 1958 fue una excepción histórica: surgió de un movimiento político iniciado en 1928 y cristalizado en el Acuerdo de Punto Fijo, firmado por Betancourt, Caldera y Villalba. Allí se puso fin a la lógica del caudillo militar y el país vivió cuatro décadas de relativa estabilidad, aunque el caudillismo nunca desapareció por completo, mutó como se ilustró con CAP.
La herencia más putrefacta
Maduro no es una anomalía: es la culminación de esa tradición, la forma más degradada del caudillismo militarizado. La tarea de sacarlo del poder es indiscutible. Pero el modo en que se haga es tan importante como el hecho mismo.
La salida debe ser conducida por los venezolanos, con apoyo internacional, no al revés. La construcción colectiva es la única garantía de estabilidad posterior. La altura de la mirada exige pensar no solo en el presente sino en el futuro. Nadie es dueño de la verdad absoluta, y el mejor plan no es el que se ejecuta con los que piensan igual. La densidad democrática se construye procesando diferencias. Lo más desastroso sería salir de Maduro sin un plan colectivo, confiando en un líder único; referencia: el siglo XIX.
CAP II, otro referente: un hombre con un liderazgo extraordinario y un equipo brillante que creyó poder definir por sí mismo el rumbo de la nación.
Lo que enseña la historia
La historia enseña que la estabilidad política se funda en acuerdos entre quienes piensan distinto y que la obediencia ciega al líder debe desterrarse de nuestra cultura. La salida de Maduro exige conducción colectiva y la construcción de consensos para garantizar no solo la salida del poder, sino la reconstrucción del país.
Pensemos en la patria colectivamente.

