Domingo Kultural.
Aquella Cumbre Iberoamericana estaba a punto de terminar en lo mismo de siempre: discursos que se alargan, bostezos discretos y caras de “¿A qué hora almorzamos?”. De repente, la monotonía se rompió. En pleno arrebato, Chávez no paraba de interrumpir hasta que, ¡Zas!, la voz grave del Rey Juan Carlos tronó: “¿Por qué no te callas?”.
El salón entero quedó congelado. Y lo insólito: Chávez cerró la boca, tragó saliva y —aunque no lo crean— se guardó la rabia. Al día siguiente, aquello fue noticia mundial. La frase se convirtió en ringtone, en meme y en tema de sobremesa. No era broma: fue historia.
Volví a ver el video hace poco porque estaba en plena tertulia con un grupo de amigos. Conversábamos de todo y de nada, como buenos “habladores de gamelote”. Y dimos un sentido al encuentro: Vivimos una época donde hablamos, escribimos o reenviamos tanto… Para decir tan poco.
Los temas van desde lo profundo hasta lo absurdo: geopolítica, cambio climático, la última de la FIFA, la guerra, la paz, la entrada de los Marines, el fallecimiento del manager de los Tigres, la borra del café y hasta teorías que harían sonrojar a Nostradamus. Y, por supuesto, los “expertos” de redes siempre listos para opinar y reenviar.
Umberto Eco, el autor de El nombre de la rosa lo resumió con brutal elegancia:
“Las redes sociales le dan derecho de hablar a legiones de idiotas que antes solo opinaban en el bar, después de una copa de vino, sin dañar a la comunidad. Ahora tienen el mismo derecho de hablar que un Premio Nobel. Es la invasión de los imbéciles.”
Y si creen que exagero, vean los números:
Cada segundo se publican unos 6.000 tuits, es decir, 500.000.000 al día.
En YouTube se suben más de 300 horas de video por minuto.
En Facebook, cada minuto vuelan 510.000 comentarios, 293.000 estados y 136.000 fotos.
En WhatsApp, cada día circulan unos 100.000 millones de mensajes y 7.000 millones de notas de voz (sí, siete mil millones de audios de “¿me escuchas?”).
No es raro que más de uno se obsesione con coleccionar contactos como si fueran figuritas del álbum Panini: “Dame tu número, dame tu contacto”.
Ahora bien, que nadie me malinterprete: debatir, discutir, ventilar asuntos importantes o agradables, confrontar, todo eso es parte de la democracia. Pero con criterio, con sustancia. El problema es que hoy muchos son lo que llaman “talkaholics”: Opinadores compulsivos que hablan o teclean sin saber… y sin parar.
“Los duros del teclado”, marca de fábrica Teodoro P.
Como bien decía la abuela: “En boca cerrada no entran moscas”. Y como sugiere Dan Lyons en su libro ensayo, STFU: The Power of Keeping Your Mouth Shut in an Endlessly Nolsy World (El poder de mantener la boca cerrada en un mundo infinitamente ruidoso):
1. Cuando sea posible, no digas nada.
2. Domina la pausa.
3. Haz detox digital: Apaga las redes.
4. Busca el silencio.
5. Aprende a escuchar.
Por cierto, lo de STFU son las siglas de Shut The fuck up (Vamos que te calles la puta boca).
Hablando en serio: Vamos a comunicarnos con propósitos, de manera constructiva, en lo posible ayudando con herramientas; o como dicen los médicos: no dañar.
Por último un consuelo artificial: nadie es libre del pecado Verborrágico, o también como quieras: incontinencia digital. Mal de muchos consuelos de tontos.
Ojalá el amigo que tengo cerca escuche. Desde la madrugada hasta la medianoche vive reenviando todo lo que le cae al teléfono. Es como una agencia de noticias pirata. Una verdadera locura.
Mientras charlo con mis tertulianos y disfruto un ‘manchado’ espresso, aproveché para redactar este borrador. Cuando lo leí en voz alta, el grupo me miró con lástima. Casi que me gritaron al unísono: “¿Por qué no te callas?”.
Nos vemos por ahí.

