La glorificación de la violencia y la erosión del derecho internacional avanzan a grandes pasos, señaló Volker Türk, alto comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, en la apertura de la 60ª sesión del Consejo de Derechos Humanos de la ONU. Sus palabras constituyen una alerta global que debería resonar con fuerza en el marco de las celebraciones del Día Internacional de la Paz (21 de septiembre) y de la No Violencia (2 de octubre).
El contraste no podría ser más revelador, porque si las denuncias de Türk describen la deriva de un mundo desgarrado por la violencia y el desprecio a las normas internacionales, en la falsa creencia de que la paz solo se logra con la fuerza, el legado de Mahatma Gandhi nos recuerda que la paz verdadera se sostiene sobre la práctica cotidiana de la no violencia, el Ahimsa: la no violencia total de palabra, pensamiento y acción —un acto heroico de disciplina moral y coraje, capaz de resistir la injusticia con dignidad—. En sus palabras, la paz no excluye la lucha, pero esta debe llevarse adelante con los medios justos, pues con el uso de la fuerza la cadena de la violencia se prolonga y se refuerza.
Frente a la retórica y accionar belicista, Gandhi propuso el Satyagraha, su método de resistencia basado en el poder de la gente común y en los más altos principios morales y espirituales, el cual abarca acciones como la no cooperación, la desobediencia civil, los boicots, las huelgas y hasta el ayuno. Ese contraste —entre el llamado de Gandhi y la advertencia de Türk— debería servir de brújula moral para nuestras sociedades.
Türk denunció la catástrofe humanitaria en Gaza, la represión en Afganistán, la violencia en Sudán y Myanmar, y la detención arbitraria de personal de la ONU en Yemen. Por su parte, el informe más reciente de la Misión Internacional Independiente de Determinación de los Hechos sobre Venezuela documenta graves violaciones de derechos humanos que siguen afectando a miles de personas. No se trata de episodios aislados, sino de síntomas de un orden global en retroceso.
El riesgo, como señaló Türk, es que la soberanía de los Estados se convierta en excusa para la impunidad, y que los compromisos internacionales —del Acuerdo de París al Tratado de Ottawa— sean abandonados justo cuando más se necesitan. Si la comunidad internacional calla ante estas señales, el mensaje a los autócratas del mundo será claro: la violencia paga y la ley ya no importa.
Frente a ello, rescatar el espíritu de la no violencia es un imperativo político y ético. La no violencia debe ser parte integral de la educación, las instituciones y la vida cotidiana. El desafío es incorporarla como valor transversal en nuestra cultura y nuestras decisiones colectivas.
La pregunta es si tendremos el coraje de escuchar ambas voces —la de Gandhi y la de Türk— y transformarlas en acción. Porque la paz se desangra en las calles de Caracas, en las aldeas de Gaza, en los campos de refugiados de Sudán y en cualquier rincón del mundo donde la dignidad humana está en juego. Debemos elegir entre perpetuar la violencia o construir, desde la no violencia, un mañana digno y justo para todos.
El poder de la gente ha cobrado una victoria importante en Nepal. Las protestas de la Generación Z lograron la renuncia del primer ministro, K. P. Sharma Oli, y la instauración de un gobierno interino encabezado por Sushila Karki, quien ha prometido abordar las causas profundas de la corrupción y la falta de empleo. Si bien la lucha no estuvo exenta de violencia por la acción puntual de algunos extremistas, el evento forma ya parte de la historia de la resistencia civil inspirada en Ahimsa. Este ejemplo reciente nos recuerda que la determinación colectiva puede abrir caminos concretos hacia la justicia y la transformación social, ladrillos en la construcción de la paz.
Abrazar el Ahimsa en pensamiento, palabra y acción, y expresarlo disciplinadamente a través del Satyagraha, sigue siendo uno de los mayores desafíos de la humanidad. A buen entendedor, pocas palabras.
@mariagabPa2024

