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Lulú Giménez Saldivia: Sir Walter Raleigh, la piratería literaria que nos quitó el Esequibo

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En 1986, bajo el sello editorial Juvenal Herrera, se publicó en Caracas El descubrimiento del grande, rico y bello imperio de Guayana, del pirata Walter Raleigh, de ingrata recordación por estos lares debido a las nefastas consecuencias que trajeron para Venezuela sus incursiones en tierras orinoquenses.

Sir Walter Raleigh

El mentado Guatarrales que asoló la Guayana y se apropió de su descubrimiento fue honrado como sir en un bellísimo libro de 1986, editado ¡en Venezuela! (Montaje NLG).

El original de Raleigh se titula The Discovery of the large rich and beautiful Empyre of Guiana, with a relation of the great and golden citie of Manoa (which the spanyards call El Dorado) and of the provinces of Emeria, Arromaia, Amapaia and other countries, with their riuers adioyinig y fue publicado en 1596 en Londres a toda velocidad. El pirata debía mostrar algún resultado ante la corona inglesa, ya que no pudo cargar con el oro de El Dorado. El libro de Juvenal Herrera es una espinita clavada en la piel del quehacer literario venezolano, pues hasta ese año ningún cronista de Orinoco había merecido una edición tan bellamente producida de un relato que, en el fondo, era un plagio.

Don Antonio de Berrío, el verdadero descubridor

Como primero es lo primero, resalta en esta historia la figura de don Antonio de Berrío un segoviano de buena cuna, nacido en 1527, de formación militar al servicio de Carlos I. En su juventud entró en varias batallas y obtuvo condecoraciones por sus méritos en combate y la gobernación de las Alpujarras, provincia histórica dividida entre Granada y Almería. En la época del desempeño de esta gobernación, con su residencia en Berja, se casó con María de Oruña, sobrina del renombrado fundador de Bogotá, Gonzalo Jiménez de Quesada, quien no tenía hijos.

Cuando el fundador de Bogotá falleció, en 1579, le dejó en herencia a Berrío todos sus bienes y títulos, incluido el de gobernador de El Dorado.

En 1580, Berrío partió rumbo al Nuevo Mundo. Su misión era explorar y colonizar estos inmensos territorios, pues se creía que en ellos se encontraban las fantásticas riquezas de Manoa. Llegó a Santa Fe de Bogotá y, en 1583, emprendió una expedición por los llanos, alcanzando el Orinoco y más tarde el Caroní, en cuya margen derecha fundaría años después, en 1595, la ciudad fortín de San Tomé. Integró las islas de Trinidad y Tabago (sic) a la unidad geopolítica de Guayana.

En sus viajes de exploración, Berrío levantó registros de lugares, recursos, flora, fauna y minerales. Escribió notas y cartas al Rey, y dibujó mapas de sus recorridos para ubicar la ciudad de Manoa, los que hoy serían apreciados como «mapas del tesoro». Toda esta información sería crucial y, finalmente, robada.

Walter Raleigh, el pirata que plagió una ruta

En 1595, el pirata inglés Walter Raleigh asaltó la ciudad de San José de Oruña, en Trinidad. La crueldad contra los pobladores trinitarios y luego guayaneses lo convirtió en Guatarrales, un personaje sangriento de las pesadillas y cuentos de la región. Este corsario ejecutó a la guarnición militar y tomó prisionero al gobernador Berrío, entonces de 68 años, obligándolo a acompañarlo por todo el Orinoco en su ansiosa búsqueda de El Dorado.

Previamente, Raleigh había estado paseando por el sur de Trinidad, donde se maravilló ante los sembradíos de azúcar y tabaco, que no había visto nunca antes, y el Golfo de Paria. En la isla encontró el pozo de asfalto natural más grande del mundo, al que los españoles habían llamado Tierra de Brea. Luego de estos reconocimientos, consideró oportuno dedicarse al cumplimiento de su misión, y dirigió sus naves hacia Puerto España, para asaltar la ciudad capital

Raleigh se encaminaba a cumplir la promesa que le había hecho a la reina Isabel I de poner a sus pies la ciudad de oro. Ya tenía noticias de ese fabuloso reino por informaciones que aportó Pedro Sarmiento de Gamboa, gobernador de la Patagonia, cuando fue capturado por Raleigh en 1586. Por todos los datos analizados, el objetivo eran los territorios de Berrío.

La expedición de Raleigh, con Berrío como prisionero, recorrió más de 600 kilómetros tierra adentro. Trabaron amistad con pueblos indígenas opuestos a la colonización española, sentando las bases de alianzas futuras que facilitarían los propósitos ingleses de arrebatar territorios a la Corona ibérica. Tras dos meses de infructuosa búsqueda, regresaron a Inglaterra.

Quienes lo recibieron no encontraron oro en sus barcos, salvo algunas pepitas obsequiadas por indígenas y barriles de brea y un producto que luego sería todo un éxito, el tabaco. Aunque los españoles ya lo habían llevado a Europa y lo usaban con fines medicinales, según lo observado en los pueblos indígenas que habían tratado, el fumado, en forma de cigarro o pipa, se popularizó principalmente por el uso que le daban los marineros y por figuras como sir Walter Raleigh en la corte inglesa de Isabel I, quien hizo de la pipa de tabaco un símbolo de estatus entre las élites.

Pero Walter Raleigh llevaba algo mucho más valioso: los papeles, cartas, anotaciones y mapas de don Antonio de Berrío. Raleigh conocía y leía perfectamente el castellano, obsesionado por el contenido de los documentos españoles.

El descubrimiento plagiado: el libro que robó una historia

El recibimiento en Inglaterra fue decepcionante. Para mantener el favor real, Raleigh se apresuró a publicar su manuscrito en 1596. El libro fue muy bien recibido, abriendo las puertas para mostrar a los anglosajones la naturaleza de Guayana. Su contenido no pasó inadvertido para los sectores políticos y militares que capitanearían la conquista inglesa en la región.

Ningún historiador niega que el discovery de Raleigh es fruto de la rapacidad. La cuestión no es si robó la información –hecho documentado–, sino cómo su trabajo es una hábil interpretación y adaptación de la información de Berrío. Es imposible discernir qué hay de Raleigh y qué de Berrío en la obra.

Un elemento que refuerza la autoría de Berrío es el estilo claramente castizo de la escritura, similar a los «memoriales» típicamente redactados y dirigidos al Rey. Según afirma Demetrio Ramos, «En cuanto al sistema expositivo, su parentesco [el de Raleigh] con otros textos españoles es curiosísimo. No pretende ser obra literaria –de exquisiteces estilísticas y maduras ideas–, sino alegato razonado, pieza de gestión y convicción, semejante por lo tanto a los típicos memoriales españoles, con los que tantos promotores pretendían impresionar al Rey y su Consejo con informaciones e iniciativas deslumbrantes». Recuérdese que muchos de los papeles sustraídos a Berrío eran largas cartas al monarca español, contándole de sus hallazgos e impresiones.

Igualmente, el mapa de Manoa que acompaña el texto, atribuido a Raleigh, tiene las coordenadas al revés, sugiriendo que Raleigh copió un mapa de Berrío y escribió las leyendas volteadas en su premura.

Por lo demás, tampoco había ni habrá pruebas del descubrimiento de Raleigh, porque al final, ¿dónde estaba el oro de El Dorado? Su hallazgo, su libro, lleno de exageraciones y confusiones, clamaba a gritos que le dieran financiamiento para las próximas expediciones que, ahora sí, tenían como propósito traer a Inglaterra el oro que había dejado cuidando con sus amigos indígenas.

Los infaltables tontos útiles 

Así llegamos a la cuidada edición de la Editorial Juvenal Herrera. Previamente, se registran dos ediciones más en español: la primera de que se tenga noticia en lengua española es En pos del Dorado, odisea de Sir Walter Raleigh. El gran imperio de la Guayana venezolana, publicada por la Tipografía Garrido en 1947, con la traducción de Luis Ramón Oramas. También se registra otra publicación de la Editorial Centauro en 1980, titulada Las doradas colinas de Manoa, cuya traducción es de Xuan Tomás García Tamayo.

Por cierto, el trabajo de Oramas es ampliamente reconocido como la primera traducción completa al español del relato de Raleigh sobre sus viajes en busca de El Dorado en la región del río Orinoco.

Llama la atención de críticos literarios e historiadores que justamente hayan sido paisanos quienes se han empeñado en darle luz en nuestro idioma –de manera acrítica– a la obra de Raleigh, teniendo en cuenta el daño que las incursiones de este pirata trajeron para nuestros antepasados, territorio y soberanía. También sorprende que se haya invisibilizado la figura de don Antonio de Berrío, si se considera que es el verdadero autor –si no de todo– de gran parte del mencionado libro.

Cabe la sospecha de que a esta realidad subyace un sentimiento antihispánico alimentado por la leyenda negra que los ingleses fabricaron en torno a la conquista y colonización de España en el Nuevo Mundo, así como el gusto por todo lo inglés que data desde la participación de la Legión Británica en la Guerra de Independencia.

Conclusión: ¡no compres piratería!

La obra de Raleigh, basada en el robo de los documentos de Berrío, se convirtió en la piedra angular de la narrativa histórica que Inglaterra usaría siglos después para reclamar la posesión de los territorios al oeste del Esequibo.

Este relato alimentó asimismo el mito de que los ingleses habían redescubierto o explorado efectivamente la región, un argumento que Gran Bretaña esgrimiría más tarde para apoyar sus reclamos durante el arbitraje de 1899, aunque no presentara los mapas de Raleigh como pruebas concretas.

Sin embargo, como buenos maestros de la diplomacia y uso del lenguaje, lograron implantar la palabra Guyana, que muchos asumen como único toponímico, con lo que se invisibiliza el de Guayana, error en el que incurren muchos hispanohablantes, incluso algunos venezolanos, como, por ejemplo, se ha llegado a observar en textos  editados por El perro y la rana, una empresa adscrita al MPP de Cultura.

Reivindicar los esfuerzos y el trabajo creador de don Antonio de Berrío es un paso esencial para adueñarnos de nuestra historia y, por ende, de nuestra geografía. La piratería literaria de Raleigh nos robó, primero, la autoría de nuestra propia historia, y luego, sirvió de base para amputar nuestro territorio.

 

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