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William Anseume: ¿Continuar “trabajando” así?

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Un amigo bastante joven por fin consiguió “trabajo”. Esto después de mucho tiempo de espera calamitosa. Es bachiller, no más. Pegó en sus labores de un modo poco formal. Se enteró que había quedado luego de la larga entrevista, porque percibió el pago ese de menos de un dólar y se preguntó de dónde había salido tanto dinero en su cuenta. Allí anda, de vigilante en un centro de salud, pasan los meses y no le ha “caído” ni una vez el llamado Bono de guerra. O sea, su “remuneración” es nada. Le digo, bromeando que no se queje, pues va a cobrar casi lo mismo que yo como profesor universitario jubilado después de más de 30 años de servicio y estudios de postgrado. Bromeo. Pero es serio.

¿Por qué siguen “trabajando” así quienes así “trabajan”? Le digo a mi amigo, ya muy sesudamente que deje esa vaina. Que no continúe prestando servicios en un lugar donde nada le reconocen, nada. Llamó a Capital Humano, le dicen que van a revisar lo que ocurre, que se espere con paciencia. No le alcanza para la comida, para el transporte, para literalmente nada, el sueldo base. Le señalo con jocosidad que le pasa lo mismo que a los universitarios, pero sin la misma formación ni la experiencia. Ni siquiera por la responsabilidad que entraña el “trabajo” desempeñado, ni la dedicación.

Igualados en la miseria. Esa es la política laboral que imponen desde el poder. ¿Comunista? Sí. Es un “sueldo” común. Usted hace algo, lo que sea, vale igual. Sin gradientes. Peor: el financiamiento de la administración pública. Debemos desempeñar otras tareas: vender cosas, preparar cosas para ofrecer, manejar taxis, lo que sea, para sostener el “trabajo”. Vuelve a surgir la pregunta: ¿Por qué? ¿Qué hicieron estos miserables para volvernos tan sumisos, tan postrados, tan imposibilitados de un dejo de rebeldía para decir: no, no, no me la calo más? Así no “trabajo”. Solo puedo encontrar una respuesta: la esperanza diaria de que esto tiene que cambiar. Y no me refiero solo al indispensable cambio por otros de quienes administran tan malamente el poder. No. El pensamiento es que incluso se cree que ellos pudieran apreciar lo inadmisible que puede significar tener un salario mínimo en bastante menos de un dólar, sí señores, menos de un dólar mensual. Y esa creencia esperanzadora ha hecho que se aguanten lo indecible. La esclavitud. La explotación laboral.

No me vengan, porque no la creo, con la idea romántica de que los profesores y maestros creemos en el sostenimiento institucional de escuelas, liceos y universidades. Eso no da para comer siquiera. O, peor, que lo hacemos por los muchachos y, “como somos padres”, sabemos las necesidades de formación. No. Ese romántico espectro de la realidad me luce increíble. Aunque algo de ello haya muy por allá abajo. La proyección de la esperanza es la única respuesta que encuentro para que no exista una renuncia masiva. Para que los paros, antes tan habituales, sean improcedentes ahora. ¿Miedo? Tampoco creo. ¿A renunciar como una inmensa cantidad de colegas, e irse a otro lado a hacer lo que sea sin financiar nada en la administración pública, porque además de su inversión personal de tiempo y esfuerzo tienen que poner dinero de su bolsillo para llegar con fuerza y bien comidos?

Quienes detentan el poder encontraron con la esperanza del sostenimiento de los cargos la llave para financiar la educación, la salud, el deporte, absolutamente todo en la administración pública, con el agravante de que inciden con esos miserables sueldos en la empresa privada que tampoco paga lo justo exactamente, porque todo luce desmesurado en proporción a ese salario mínimo, a esa desprotección social, a ese atentado permanente al concepto de trabajo, de sueldos, de vida. La aniquilación, también intentada desde el poder, de las organizaciones gremiales y sindicales no ha dado sus frutos exactamente. Pero las incidencias en todo sentido sobre ellas ha generado indudablemente desconcierto, desunión, incomprensión, temores profundos, flagelos contra los que también habrá que luchar si queremos rescatar la idea de preservar de algún modo las luchas y las conquista de los trabajadores, más allá de las amenazas latentes a diario. Mucha tarea pendiente.

 

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