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Sergio Monsalve: La desprogramación del cine

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Sobre la apuesta peligrosa de saturar al cine hasta quemarlo.  

El llamado competitive del cine, la grilla de estrenos se ha transformado en un cuello de botella, saturado de múltiples ofertas que se hacen difícil de asimilar, seguir y comentar, incluso por los periodistas acreditados a la fuente, pues resulta cuesta arriba ver entre tres y seis premieres por semana, asumiendo los costos que ello implica en traslados, estacionamientos, comidas y demás expensas.

No es ni siquiera un problema nacional, sino que es la tendencia internacional del theatrical para sobrevivir y competir con la oferta del streaming, intentando emular sus métodos de saturación y aparente diversidad de contenidos, para targets bien diferenciados.

Parece el calco del simulacro de abrir un restaurante a cada día, para que lo reseñen, lo llenen y lo olviden a la apertura siguiente, cuando el ciclo se repetirá ad finitumad nauseam, diseñando una burbuja, una rueda que no se sostiene y que no beneficia a nadie.

El tema es que las salas de cine, que la exhibición no puede manejarse como Netflix, so pena de terminar por quemar y empobrecer la experiencia audiovisual de una proyección.

Antes, como mucho, se podían programar de una a dos películas por semana, buscando que encontrasen un público de forma orgánica y con tiempo para que el boca a boca hiciese su magia.

Hoy la lógica de las redes sociales y su cultura del posteo efímero, generan que todo se piense desde ahí, desde una masificación y expansión de la oferta que no se condice con las posibilidades de compra del espectador en crisis, menos en Venezuela con todas sus circunstancias adversas que solo escalan por la inflación.

De modo que se piensa combatir y conjurar el fuego con más fuego, dando como resultado un esquema de bornout, de pira, de quema de stock, para seguir en la simulación y gratificar a un público que carece de la capacidad de apreciar el arte como corresponde, por la presión de ir a la caza del próximo Poni, como diría Quentin Tarantino.

Es un asunto de poder y control, como en la construcción de una franquicia que genera adicción, prometiendo la misma dosis, encadenando capítulos a través de cliffhangers como secuencias poscréditos.

El desfile de Ponis, de pequeños caballos disfrazados de falso acontecimiento de la temporada, es lo que nos queda y es a lo que se nos dispone que nos adaptemos, empezando por los receptores y culminando en los productores.

Razón por la cual, realizadores de la talla de Tarantino cuestionan la viabilidad del sistema, su eficacia, su influencia sobre una industria que no encontró mejor salida después de la pandemia que bailar al ritmo que le tocan los servicios de streaming, los cuales demandan estrenos rápidos e intensivos que puedan explotar cuanto antes en sus grillas, como efecto viral.

No hay posibilidad de reponerse o de tomarse el rato para procesar un filme, cuando de inmediato vienen tres o cuatro, pujando por atención y cobertura.

Así que la cadena se rompe por algún lado.

20 películas en una cartelera, como la caraqueña, es mucho con demasiado, una exageración.

En el caso del cine venezolano, existe otro inconveniente por el estilo, sumado a la censura y el congelamiento de títulos, por su no aprobación de certificados correspondientes, limitando la libertad de expresión de los autores y espectadores.

El asunto es que encima, se suelen amontonar los estrenos nacionales en las mismas semanas, épocas y temporadas, provocando su invisibilidad y su daño comercial, porque no tienen cómo competir con los tres tanques de la semana, el Festival del momento, los ciclos y demás contenidos disponibles en la web.

Por ello, muchos productores nos la pensamos cuatro veces, antes de estrenar en el país.

No es negocio, no es rentable, no es una experiencia grata.

Se termina frustrado y molesto por lo general, sintiéndose que todo es culpa de uno por entrometerse en un medio que no está hecho para los emprendedores y peces pequeños. De inmediato caemos en el error de la victimización y la enfermedad se perpetua ante la mirada indiferente de propios y extraños, que gozan secretamente con la destrucción de un proyecto cultural, fuera de sus límites de caciques y caudillos.

En efecto, hasta con risas y comentarios cínicos, siempre te harán saber que tu película no la verá nadie y que se programa por trámite, compromiso y obligación, por la existencia de una ley que ampara en teoría, pero que nadie cumple en realidad, habida cuenta del clásico destrato que reciben todas aquellas producciones alternativas del país o no, que no están coludidas con la plataforma establecida.

No faltará el voluntarista y el ingenuo, el héroe y mesías que rompa con el régimen factual, consiguiendo una corrida digna, a pesar de todos los obstáculos.

Pero serán excepciones a la regla, cada vez más espaciadas en el tiempo, que no hacen industria de verdad.

Por eso, el cine venezolano se quebró, una parte sobrevive en el país y otra emprendió la huida, buscando mejores condiciones para mantenerse.

Afuera al menos, los creadores encuentran fondos y lugares para desarrollarse, como festivales, que ahora para rematar se ven comprometidos en Venezuela, bajo amenaza de cancelación, condena y posposición.

De ahí que muchos prefiramos guardar y proteger los contenidos, antes que someterlos a los tratos molestos e indignos que nos dispensan.

Como tampoco nadie escribe del tema, me veo en la obligación de reflexionarlo a viva voz, esperando quizás que la situación mejore.

Pero no soy optimista.

Cumplo con dejarlo por escrito, para que se piense seriamente.

 

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