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Fernando Yurman: El esplendor del Mac Guffin

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Debemos al sarcástico humor de Alfred Hitchcock la teoría del Mac Guffin. Se trata de una causa mínima inflada para narrar, un pretexto, un provisorio resorte para disparar una trama que luego se despliega con fuerza en su propio horizonte imaginario. Ese dispositivo fue a veces para el maestro del suspenso un mensaje pegado en la ventanilla de un vagón de tren, unas campanadas del Big Ben, la escondida  mancha de sangre en el vestido de una muñeca, el intento de un asesinato pasional en presencia de un detective cuyo vértigo le impediría observar la caída de la víctima. La respiración incesante del miedo, una trama lúdica poderosa, floreciente de señales y sugerencias, hacía olvidar el carácter insustancial del motivo. La teoría de Alfred Hitchcock ha sido aplicada profusamente en la permisividad imaginaria del cine, también por otros cineastas, del modo más flagrante. En  la clásica y reverenciada “Casablanca”, la ajustada trama se dispara por la búsqueda desesperada de pasaportes para que los resistentes exilados huyan de los nazis, pero después de intrigas, trampas, nostalgias y decepciones, la pareja fugitiva sube al avión sin que nadie le pida un solo documento ( el disparador único del guionista había sido olvidado en el fervor de las tribulaciones). En otro clásico más sacralizado, “ Citizen Kane “ , el argumento se despliega en la busca frenética de significado de la última palabra del famoso y moribundo Kane, antes que se cayese un vaso y entrase la enfermera al cuarto. Había expirado musitando “Rosebud”, nombre del pequeño trineo de infancia del protagonista. Pero ese nombre no lo escuchó nadie (excepto el público de la sala de cine), la enfermera entró después que lo pronunciase, de manera que la pesquisa periodística no tenía sustento. Esa falta de lógica no impidió el encadenamiento extraordinario de una vida narrada, el pujo de una sociedad naciente y su controversial sentido.

En estos tiempos, tomados por la visualidad mareante y el descenso de racionalidad, que antes solo sucedía en la feliz oscuridad del cine, el fenómeno disparador se ha expandido. El Mac Guffin circula por las políticas publicas como un duende desatado. Una poderosa protesta contra la corrupción de las elites de Washington explotó hace unos años en Estados Unidos por un Mac Guffin extraordinario que condensaba una conspiración de pedófilos demócratas y drogadictos en una pizzería de Nueva York. Eso era solo política doméstica, torpeza habitual en cultura de masas, pero recientemente varios buques de la armada norteamericana hicieron un bloqueo real de aguas caribeñas de Venezuela y hundieron con un avanzado dron un presunto barco de pescadores, habitantes de esa costa miserable, por la aguda detección de una lanchita que encubriría un cargamento misterioso de narcotráfico. El escenario lo hubiera descalificado Woody Allen para su película ‘’bananas’’ de los sesenta, pero le pareció muy sólido a la ambigüedad incesante de Donald Trump, que volvió a hundir otro barquito, sin aviso ni revisión, y que en su memoria marítima creadora ya contaba haber rebautizado el golfo de México, un esbozo para conquistar Groenlandia e imaginado Gaza como una posible Riviera del Mediterráneo oriental, un Montecarlo con un Príncipe Rainiero beduino.

Los judíos hemos padecido y disfrutado esta imaginación frondosa, Sabetai Szevi conmovió la penosa diáspora del siglo XVII , desde Turquía hasta Holanda, desde Venecia hasta Salónica, con un poderoso e indetenible movimiento de retorno y reivindicación para su doliente pueblo. Cuando fue conminado severamente desde la Gran Puerta se convirtió al islam, pero todos sus seguidores supieron que el Mac Guffin consistía en el marranismo, un truco que los gentiles no advirtieron; para los avisados sabetaistas los judíos estábamos ganando de lejos con nuestro singular mesías que se pretendía el derrotado.  Un ministro israelí actual que ha profesionalizado el oficio, derivó estas dotes imaginarias hacia alturas difíciles de alcanzar. Después de un fracaso gigantesco en Octubre de 1923, sorteó hábilmente la insoslayable renuncia, y decidió que podía ser al mismo tiempo Chamberlain y Churchill, como si los estadistas fueran heterónimos cambiantes de su genio perpetuo. Durante un tiempo considerable llevó a cabo una guerra que solamente el mismo entiende a cabalidad, y solo en las profundidades cambiantes de su mente, pero la despliega sobre todas las aristas sensibles que envuelven la realidad israelí.  Hay una mayoría que no lo entiende, tampoco está de acuerdo y desespera. Sabe que la inspiración declamatoria, tan fértil para la dicha cinematográfica, tiene a veces resultados devastadores en la historia humana. Basta recordar que el hábil y gigantesco ejército de Gengis Kan desmoronó toda la sociedad asiática para castigar un indecoroso gesto contra sus diplomáticos en Persépolis, y que fue entonces el Imperio más grande por ese equívoco banal, pero también el más breve. Una de las primeras versiones escritas de la Ilíada sostiene que el rapto de Helena fue de un caprichoso fantasma que una versión oral había omitido, que la Helena real se quedó en Grecia, y los diez años sangrientos de Aquiles y Héctor y la aniquilación final de Troya fueron impulsados por una fantasía sin soporte. Un Mac Guffin costoso, aunque permitió a los muchos aedas que fueron Homero la inolvidable Odisea que nos compensará esa saga. En la dura realidad no ocurre así, el incidente pintoresco de Sarajevo, esa ronda de ofensas y honores reales que inicio la primera guerra mundial, fue un Mac Guffin que cualquier cineasta hubiera desdeñado para desenvolver una masacre de ese tamaño descomunal.

Un Mac Guffin reciente para Israel, y su difusa guerra contra algo cada vez más sublime y metafísico, ocurrió  en un discurso que explicaba que estamos asediados, aislados, y nos obligaron a ser Esparta, pero asumiremos ese esplendido destino ( Aunque en buena onda el culto George Steiner había comparado décadas atrás a Israel con Esparta,  cabe recordar que, de todas las ciudades de la Hélade, Esparta es la que menos aportó a la cultura griega, incluso la leyenda de los trescientos de las Termopilas les debe más a los declamadores y poetas atenienses que a los espartanos; de Esparta quedo solo el recuerdo de esclavistas sanguinarios que murieron absolutamente, porque todo lo que sabían era pelear y ninguno trabajaba. Esparta, descubrieron pronto los asesores del guion, no era un buen Mac Guffin, su ideal de aislamiento no es compatible con el libre comercio y las enseñanzas de Adam Smith, y hasta la Bolsa lo aseveró con sus aterrados valores. Curiosamente, en “La riqueza de las naciones” , el ejemplo usado sobre las virtudes del libre comercio fue Curazao, una pequeña islita administrada por judíos holandeses que concitaba la admiración del progresismo del siglo XVIII por la cabalidad de su libre comercio. Si Adam Smith hubiera vivido en el siglo XXI hubiera olvidado Curazao y elegido seguramente Israel, por lo menos hasta el año 2022, cuando emergió el notable y fatal Mac Guffin de la revelación profunda. Pensaban que Montesquieu no debía considerarse, que en esta democracia   no gobierna realmente la mayoría real, sino apenas un conjunto letrado en leyes, privilegiado solamente porque es más culto y sabe más, y quiere decidir sobre las leyes, con muchas más atribuciones que un sencillo carnicero o un buen policía. Las leyes de la mayoría deberían elegirlas las mayorías, declara la revelación, tal como la cura de los tuberculosos y los contagiados de viruela debería ser dirigida por tuberculosos y brotados de viruelas. No todos creían eso, minorías disconformes pensaban que ese disparador era la gran bandera de los mediocres ocasionales, gente que nunca elegiría operarse con un cirujano elegido por mayoría del voto barrial, sino por uno acreditado por médicos universitarios, aunque no piensan así para la arrogante jurisprudencia. Otro Mac Guffin, anterior y urgente, resultaba muy vertiginoso, debían unirse todos contra el enemigo, así que nada de demorarse y preguntar de donde vino este enemigo que nadie vio llegar, ni que pasa aquí, y no piensen tanto, solo actúen, como verdaderos patriotas, sin escamotear los hijos. Todos unidos, incluso aquellos antipatriotas que detestan a Trump y sus salidas antisemitas, o a Charlie Kirk, un declarado antisemita que creía que los judíos son los genuinos enemigos de los blancos, tal como Trump vaticinaba que si perdía las elecciones iba ser solo por culpa de los judíos. Lo decían, hay que reconocerlo, con la misma petulancia repugnante de Hitler, pero amaban en verdad a Israel, casi tanto como los evangelistas (para esa extraña trama de lealtades ya se había fundado un Mac Guffin, Hitler no fue el verdadero malo, descubrieron, se había exagerado eso, el malo de verdad era el Muftí de Jerusalén, algo sabido por los auténticos conocedores y amantes de Occidente).  Al respecto, no pocos piensan, ilusionados amistosamente con Hungría o Polonia o con la misma Le Pen, que debería disminuir el prejuicio al prejuicio, revisarse eso de que no se puede ser un poco antisemita, del mismo modo como una mujer no puede estar un poco embarazada. Podría tolerarse en verdad un poco de antisemitismo, un país judío, una verdadera luz de las naciones, debería ser tolerante con ese sentimiento tan popular, al menos en algunos casos, y tal vez el amor del antisemita simpático podría ser un próximo Mac Guffin de las redes locales.

Lo raro del autor del Mac Guffin de Esparta, su ideal de autarquía, la inevitable autocracia y el aislamiento, es que personalmente nunca quiere estar solo, siempre está en coalición, fabricando guiones. Por alguna puntita todas las causas las comparte, quiere que lo acompañen siempre, y puede entregar todo para estar festejando en una coalición. Aunque ahora, como en aquellos versos de Borges, quizás siente que ‘’No nos une el amor sino el espanto’’. Es por eso una extraña vocación de soledad y companía, que podría ser también otro Mac Guffin, el hombre que trataba de saltar sobre su sombra.

 

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