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Pedro Benítez: Donald Trump vs. Nicolás Maduro. Tres escenarios

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El despliegue de fuerzas navales y aéreas por parte de Estados Unidos cerca de las costas de Venezuela no es el prolegómeno de invasión alguna.  De otra manera se necesitaría mucho más de los 4 mil marines que, según se ha informado, han sido movilizados hacia la zona.

La invasión estadounidense de Panamá de diciembre de 1989 involucró a 27 mil efectivos, para un país de 75.500 km2 de extensión. Venezuela cuenta con un poco más de 916.400 km2. Por lo tanto, harían falta, por lo menos, diez veces más soldados para ocupar todo el país, controlar sus ciudades y gestionarlo por tiempo indefinido. Otro ejemplo, para la invasión angloamericana a Irak de 2003 fueron necesarios más de 300 mil efectivos militares. Nada de eso está planteado para Venezuela por parte de Donald Trump.

Además, el magnate/presidente ha sido consistente en su compromiso de no enviar a sus soldados a pelear guerras en el extranjero. Este es un tema sentido entre sus electores y una de las cosas que lo distinguen de los neoconservadores de la era Bush. Esto luce coherente con una declaración en la cual afirmó que, con respecto a Venezuela, no pretendía cambiar el régimen: “No estamos hablando de ello”, afirmó recientemente cuando los periodistas se lo preguntaron de manera directa.

Sin embargo, es cierto que hay una movilización militar hostil en el Caribe como parte de la estrategia antinarcóticos de su administración y para nadie es un secreto que Marco Rubio, como secretario de Estado y consejero de Seguridad Nacional (primer funcionario desde Henry Kissinger que ejerce esos dos cargos al mismo tiempo), sí desea un cambio de gobierno en Caracas.

Pero, al mismo tiempo, el equipo de Trump sigue enviado deportados a Maiquetía (recibidos sin inconvenientes, por cierto), y se le ha renovado la licencia a Chevron que ya se encuentra operando en el país y exportando a las refinerías del mercado estadounidense.

Por consiguiente, la pregunta ineludible es: ¿Qué es lo que pretende Trump? En ese sentido, y dando por hecho que la fulana invasión no ocurrirá, invitamos al amable lector a evaluar tres escenarios:

1)   No pasa nada

2)   Sale Nicolas Maduro del poder

3)   Hay una negociación

No pasa nada

En este escenario transcurren los días, las semanas, llegamos a diciembre o enero, y esto no pasa de la destrucción de unas lanchas o la intercepción de algunas embarcaciones por parte de la marina estadounidense. Eso sería un triunfo político para Maduro. Se repetiría el 2019. Dirá que los gringos no invadieron porque le tuvieron miedo a 12 millones de milicianos y a la eventualidad de una guerra asimétrica por parte de un pueblo en armas. En definitiva, que triunfó la paz.

¿Esto es posible? Pues sí. El agravamiento de algún conflicto en otra parte del mundo desviaría, lógicamente, la atención de la administración Trump hacia asuntos más urgentes. La agresión, por ejemplo, por parte de Rusia contra un país de la OTAN (hace pocos días Polonia derribó drones rusos en su territorio); o en el Medio Oriente por parte o en contra de Israel; o que China se decida por invadir Taiwán. Todas son situaciones que se podrían dar. Maduro y su gente cifran parte de sus esperanzas en esas eventualidades salvadoras.

Sale Maduro

Como hemos comentado arriba, este es el deseo (entre otros) de Marco Rubio, pero no estamos tan seguros que sea el de Trump.  En cualquier caso, cabe la posibilidad de que ante acciones militares estadounidenses dentro del territorio venezolano contra instalaciones oficiales o de otro tipo, Maduro opte sabiamente por aquella máxima no escrita de la política venezolana, atribuida al general Luis Felipe Llovera Páez, según la cual “pescuezo no retoña”.

Eso pondría a Venezuela, a su vez, ante nuevos escenarios que no necesariamente impliquen la redemocratización inmediata del país, aunque eso sería, obviamente, lo deseable. Bien podría ocurrir una “evolución dentro de la situación” que sea satisfactoria para Trump. Eso se intentó con éxito en diciembre de 1908, no así en enero de 1958.

Restablecer la democracia y las libertades públicas será un asunto de los venezolanos. No de la Casa Blanca.

Negociación

Para Trump la coacción militar no es incompatible con la negociación. Ese es su estilo. A fin de ilustrar este punto levantemos la mirada más allá del ombligo y miremos a México, donde actualmente Estados Unidos realiza la mayor movilización militar en la frontera común desde 1916 (la última vez que sus tropas ingresaron a ese país), con más de 8.600 efectivos, y el despliegue de buques, aviones y drones en las dos costas. Todo esto acompañado por amenazas del presidente, del vicepresidente J.D. Vance y de senadores republicanos de atacar a los carteles del narco dentro de México con la consigna: “o lo hace el gobierno de ese país o lo hacemos nosotros”, además de los conocidos aranceles. A la brava. Hemos vuelto a la época del gran garrote.

Si hay un país del mundo que se toma eso en serio es México. Y eso explica el giro de 180 grados realizado en la política de seguridad interna por parte de Claudia Sheinbaum. Sin embargo, eso no ha llevado a una ruptura en la relación entre los dos gobiernos. Para nada, porque tal como Carlos Slim le dijo a sus compatriotas en enero de 2017: Trump no es “terminator”, es “negociator”. Él al final del día siempre va a negociar, eso sí, luego de colocar la pistola sobre la mesa. Que quede muy claro quién manda.

Pues bien, eso es lo que ha ocurrido con su administración en todos los terrenos desde enero pasado a esta parte.

En el caso de Venezuela, no ha mandado a Juan González, como hizo ese buen hombre llamado Joe Biden, sino a ocho buques de guerra, incluyendo destructores equipados con más de 90 misiles guiados, varios aviones de vigilancia y un submarino de propulsión nuclear, más 10 cazas furtivos F-35 que hace pocos días se movieron hacia Puerto Rico. El medio es el mensaje.

A partir de allí, con la situación al borde del abismo se puede conversar. Hablando es que se entiende la gente. Por supuesto, Trump juega con ventaja porque la correlación de fuerzas entre las dos partes es absolutamente asimétrica (aquí cabe perfectamente la expresión). Y no se nos olvide otro detalle: dada su precaria circunstancia económica (proceso en pleno desarrollo), Venezuela necesita más de exportar su petróleo a Estados Unidos, que Estados Unidos del petróleo venezolano. Exactamente lo contrario de lo que difunde el aparato de propaganda oficial.

El regreso del gran garrote

La política antinarcotráfico de Trump se puede cuestionar desde muchos puntos vista, y lo más seguro es que no resuelva el problema de fondo. Pero hasta nuevo aviso eso es lo que hay. Todo el partido republicano lo acompaña, porque esa fue una de las principales ofertas de la campaña electoral pasada. En ese sentido, destruir lanchas provenientes de Venezuela viola el derecho internacional y el debido proceso de los implicados. Sin duda. Pero a Trump eso le tiene sin cuidado. Lo hace porque puede.

Además, también es consistente con su visión del mundo. En sus primeras palabras, el día que juró el cargo, no hizo referencias a Thomas Jefferson o Abraham Lincoln, sino a William McKinley, el presidente que hizo del Caribe un lago estadounidense e inauguró (en la práctica) la política del gran garrote. Por eso su obsesión con Groenlandia, con el Canal de Panamá y con cambiarle el nombre al golfo de México.

Trump acaricia la posibilidad de llegar a un nuevo reparto de las áreas de influencia, cuestión que a Xi Jinping y Vladimir Putin también les atrae. Ojo con eso. Pues bien, Venezuela entra en esa área de influencia. Esa es una de las razones (hay otras también bastante conocidas) del aislamiento internacional de Maduro y del atronador silencio desde La Habana.

De modo que puede que a esta hora nos estemos moviendo entre el segundo y tercer escenario. Porque de algo podemos estar seguros a esta hora, se negocia, lo que no sabemos es quién, qué y a quién.

@PedroBenitezF

 

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