Podemos pensar que, después del parón estival, todo vuelve a su normalidad: trabajos, colegios, problemas… Más o menos es así, pero ni el mundo ni el tiempo se detienen y las circunstancias son cambiantes, a veces para mejor y otras para peor.
Volver de vacaciones y enfrentarse a las noticias de nuevo (si es que alguien ha podido desconectar de lo que nos rodea) es un golpe de cruel realidad. Da la impresión de que las cosas a nivel político y social siguen más o menos igual, lo que ya de por sí no es una buena noticia. Sin embargo, la situación ha empeorado.
A nivel internacional, ya tenemos claro que Trump está deshaciendo el orden mundial provocando unas consecuencias tremendas, por ejemplo, el desprecio y desmantelamiento de la democracia estadounidense desde dentro del propio poder, sacando a la calle al ejército para combatir a los gobernadores y alcaldes demócratas, y expulsando a extranjeros trabajadores tengan o no los derechos de permanecer en EEUU. Pero a nivel internacional, no podría hacerlo peor.
Putin y Netanyahu se le burlan día sí y día también. No sirven con ellos las amenazas ni las bravuconadas de Trump. Lo que Netanyahu está realizando con Gaza ya se puede denominar con todas las letras y en mayúsculas, UN GENOCIDIO. Me reconforta y felicito al gobierno español por las medidas que ha tomado de aislamiento a Israel que serán más o menos efectivas, pero son necesarias e imprescindibles. Como lo es la respuesta social que ya clama en el mundo desde la solidaridad con los valientes que van en las flotillas hacia Gaza como la denuncia permanente en la vuelta ciclista a España por la participación del equipo israelí. Frente a una solidaridad y una indignación social cada vez más sonora, el PP se sitúa en el ridículo que más daño puede hacer a una derecha civilizada y democrática (hace tiempo que dejaron de serlo, sobre todo desde que Feijóo siente envidia por Ayuso e intenta imitar permanentemente su mala educación). La respuesta del PP ha sido insultante, demagógica hasta caer en la vergüenza, porque les importa más estar contra Sánchez que a favor de la lógica humana.
Mientras, Netanyahu a la suya. Ahora obliga al desplazamiento de un millón de personas que no pueden valerse ya, que no tienen nada, que han perdido a seres queridos, que están heridos y desnutridos, que viven el terror de la guerra las 24 horas de cada día, y les exige que se marchen a un lugar de 9 km2 donde no cabrán, donde ya está la gente hacinada, donde será de nuevo un lugar para la masacre. Él y sus ministros ultras, que parecen ser seguidores del diablo y no de un dios judío, han decidido aniquilar Palestina, con o sin la aprobación internacional y burlándose delante de las narices de EEUU y Trump.
No solo eso, sino que se atreve a bombardear Doha (Dakar), país neutral árabe que está mediando a favor de la paz, mientras se realiza un encuentro para llegar al alto el fuego. Netanyahu no quiere ni tiene intención de buscar la paz, todo lo contrario.
Por su parte, el “amigo ruso” de Trump le ha tomado el pelo descaradamente y continúa con su destrucción de Ucrania. Pero ha sacado la patita guerrera más allá y ha invadido el espacio aéreo de Polonia con el envío de varios drones. ¿Qué pretende, es un error, un fallo, una provocación o una manera de medir la tensión del aguante de la UE y la OTAN?
Pero, desde que Trump está en el poder, no ha hecho ningún “amigo” (salvo la ultraderecha española, incluida Ayuso y la motosierra de Milei), en cambio ha creado cada vez más animadversión hacia EEUU. Y ha tomado medidas de dudosa legalidad internacional (por ser suave en los términos), por ejemplo, el ataque a una pequeña embarcación de 11 personas, aparentemente narcotraficantes, pero que nunca fueron identificadas. No hubo aviso, no hubo detención, no se leyó sus derechos, ni siquiera se puede asegurar que fueran delincuentes. Sinceramente, no creo que esta grave noticia haya tenido la trascendencia que debiera.
Una de las consecuencias más desconcertante que está provocando la gestión internacional de Trump es el fortalecimiento del otro bando liderado en este caso por China.
China no solamente se está convirtiendo en el gran aliado comercial, en un socio económico fiable, en un buen inversor, en el mejor exportador, en un financiero astuto y hábil, en un diplomático excelente (como ha demostrado con Brasil e India, por ejemplo), sino que está agrupando en su entorno a los países más poblados del mundo, con mayor posibilidad de desarrollo y crecimiento económico, con una demografía al alza, con mayores recursos naturales y, sobre todo, con un gran enfado contra EEUU.
Y no solo eso. China se erige en estos momentos como una alternativa política global a las sociedades occidentales democráticas.
Los colapsos se suman. Francia arde o más bien sigue ardiendo porque así lleva ya varios años con movilizaciones en la calle, con cambios continuos de primer ministro, con desestabilización e inestabilidad interna.
Nepal se ha convertido en un foco de alteración en Asia que puede desequilibrar las relaciones con India, además de abrir la puerta a una guerra civil.
Y no olvidemos nunca el infierno que sufren las mujeres en Afganistán, donde la locura y crueldad de los talibanes llega a prohibir el rescate a las mujeres víctimas del reciente terremoto.
Quedan conflictos de los que casi nunca se habla. Algunos tan dramáticos como el Sahel, la franja de África donde se concentra el 51% de los actos terroristas cometidos en todo el mundo en 2024. Un lugar donde se cobijan los yihadistas y donde la vida ha dejado de tener valor. Un verdadero infierno permanente en la Tierra.
El mundo es cada día un poquito más inseguro, con menos lugares sin conflictos, donde una gran parte de la humanidad solo sabe sufrir, llorar, pasar hambre y morir.
Yo les cuento esto, pero el PP sigue a su marcha, instalado en la exageración, la hipérbole, la mentira al cuadrado, el insulto, la asfixia a Sánchez, la imitación permanente de la ultraderecha.
Decía con acierto Margarita Robles que la relación del Gobierno y las autonomías funcionaba, se hablaban y coordinaban, en el asunto arduo de los incendios, que ha sido la mayor preocupación de nuestro país este verano (qué dolor ver nuestros montes, pueblos y casas arder), hasta que llegó Feijóo y la estrategia cambió. Los gobiernos autonómicos del PP comenzaron a bloquear la gestión, patalear, criticar, eludir la responsabilidad, etc.
Lo mismo ocurrió con la Dana de Valencia. El innombrable Carlos Mazón, quien debería haber dimitido ya de su cargo, sabedor de su falta de gestión y de su inacción, dio rápidamente las gracias a Pedro Sánchez por su atención, su colaboración permanente y el papel de la Delegada de Gobierno, Pilar Bernabé. Pueden ustedes verlo en la hemeroteca. Al día siguiente de la Dana, en una comparecencia conjunta de ambos presidentes. Porque Sánchez vino de inmediato, y Mazón no pudo menos que agradecer todos los medios y la pronta ayuda.
Sin embargo, llegó Feijóo, le echó la bronca a Mazón, le dijo que resistiera, que eludiera la responsabilidad y que su único objetivo era, por encima de los afectados y víctimas de la Dana, derrocar a Sánchez.
Esa es la política que ejerce una derecha española que hace tiempo perdió su aura europeísta, su talante democrático y su responsabilidad de Estado.

