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Eduardo Fernández: Renuncia

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Shigeru Ishiba. Así se llama el primer ministro del Japón. Su nombre viene a cuento porque el señor Ishiba renuncia porque ha constatado que el apoyo popular a su gestión se ha debilitado. Además, renuncia para evitar fracturas dentro del movimiento político que le apoyó.

¡Qué bueno sería que todos los políticos encumbrados al poder siguieran el ejemplo del señor Ishiba! Ejemplo que, por cierto, también se parece al que dio el Capitán general de Venezuela por allá por 1810. Aquel funcionario colonial consultó al pueblo congregado en la plaza mayor de Caracas, hoy Plaza Bolívar. La consulta fue muy sencilla y directa: “¿Ustedes quieren que yo les mande?”. Instigados por el canónigo Madariaga, la muchedumbre contestó con un rotundo ¡No! Y la respuesta de Emparan fue también muy directa: “Si no quieren que gobierne, yo tampoco quiero mando”. Recogió sus bártulos y se marchó.

Unos días más tarde de la renuncia del primer ministro japonés, cayó el gobierno de Nepal. La muchedumbre decidió quemar al palacio presidencial y los ministros fueron perseguidos y humillados por las calles de aquel país.

Nada hay más importante en la vida de un político, sobre todo si ese político está en funciones de gobierno, que observar en qué momento debe retirarse. Nada hay más peligroso para la salud de una democracia que el empeño de un político gobernante en perpetuarse en el poder contra la voluntad de un pueblo que dejó de tenerle confianza y que se pronuncia por su reemplazo. Por el cambio.

El gobierno es para servir al pueblo. El gobernante tiene derecho a mantenerse en el poder mientras cuente con la confianza y con el respaldo de la mayoría de los ciudadanos. El gobernante tiene la obligación de facilitar el cambio y la transición tan pronto perciba, en las encuestas de opinión pública y, más todavía, en las urnas electorales, que ya no cuenta con la confianza y con el respaldo de la mayoría de los ciudadanos.

Aferrarse al poder es colocar los intereses personales o grupales por encima del interés general de la nación y por encima de los ciudadanos. Y eso no es correcto, ni es ético, ni es moral, ni es patriótico. Perpetuarse en el poder contra la voluntad de la mayoría de los ciudadanos es colocar al país en una situación de riesgo muy grande de violencia, tal como acaba de ocurrir en Nepal.

Hasta el dictador venezolano general Marcos Pérez Jiménez entendió que tenía que irse en enero de 1958. Su ministro de relaciones interiores, Laureano Vallenilla Lanz le había organizado un plebiscito para intentar simular un triunfo electoral. Pérez Jiménez sabía que ese tal plebiscito era una farsa y que la mayoría de los ciudadanos estaban claramente a favor de un cambio. Así lo entendió y tomó la decisión correcta: ¡irse!

¡Qué gran servicio le está prestando el primer ministro japonés, Ishiba a su país y a su partido! Visto que he perdido la confianza de la mayoría de los ciudadanos, me voy. Y se fue. Visto que una pretensión de mi parte de perpetuarme en el poder, a pesar de haber perdido el apoyo de la mayoría, podría causarle un daño grave y una división al partido que me llevó al poder, me voy. Y me voy para facilitar el cambio.

En mi opinión, el actual gobierno venezolano ha perdido la confianza de la mayoría de los ciudadanos. En ese caso, no debe exponer al país a un daño irreversible, no debe exponer a Venezuela y a su gente a un desenlace traumático. Por el contrario, debe contribuir a lograr una transición pacífica, democrática, constitucional y negociada o consensuada. Eso es lo que aconseja la recta razón y es lo que aconseja el patriotismo. Es decir, el amor por Venezuela y por los venezolanos.

En conclusión, recomiendo seguir el ejemplo que el primer ministro japonés Shigeru Ishiba acaba de dar y no seguir el mal ejemplo del gobierno de Nepal.

Seguiremos conversando.

 

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