Tratar la problemática de la soledad en la tercera década del siglo XXI no deja de ser paradójico en un mundo hiperconectado, en donde a la par que nuestras relaciones transitan en un “cara a cara” de miradas cruzadas, que desfilan desde el encuentro más amable al desencuentro más conflictivo, nos desenvolvemos entre ilaciones virtuales en donde la palabra hablada ha dejado paso a la escrita, en frías pantallas táctiles en las que convergen lo posible e imposible y en las que nos presentamos embozados en nuestras atalayas.
En esta confluencia de universos y por sus meras derivaciones, la soledad adquiere especial relieve en los países más avanzados tecnológicamente. Surge por la frustración a la hora de no compartir vivencias, aunque también se vincule con el aburrimiento y la apatía. Proviene en etapas juveniles, entre otros condicionantes, por la falta de madurez a la hora de admitir prejuicios y críticas, por problemas familiares, por no contar con amistades verdaderas, por temor a compartir opiniones, por la falta de aceptación social, por insatisfacción con la vida o por la autopercepción de emociones de incomprensión por parte de los otros.
Hay que diferenciar entre el aislamiento y soledad. Para Leher, mientras el concepto de aislamiento expresa realidades objetivas que existen en el ámbito de los contactos sociales, la soledad se enlaza más hacia la experiencia subjetiva de la estructura de la interacción social [1] y no está delimitada por la frecuencia objetiva de los contactos interpersonales en un tiempo y espacio determinados. Manifestándose por una falta o déficit de relaciones.
Sus rasgos distintivos son: la falta de interacciones sociales y percepciones desfavorables sobre las redes familiares y relacionales. Conlleva desapego y desarraigo, tiene efectos perniciosos sobre la salud física y mental de los afectados y es un factor exclusógeno de alcance. Produciendo una sensación de agotamiento/falta de sentido vital, de apartamiento social, de inquietud/incertidumbre, que bajo determinadas circunstancias puede conducir a cuadros depresivos.
El Observatorio Estatal de la Soledad no Deseada en España (SoledadES), de la Fundación ONCE, en una investigación publicada en 2023, analizó su etiología sociológica, sus efectos y costes: el dato más significativo es que afecta al 13,4% de la población, privativamente a los jóvenes (22%).
La soledad, tal como se infiere de este trabajo es un fenómeno multidimensional ligado tanto a causas externas (79%) como “la falta de convivencia o apoyo familiar o social” (57,3%); “la residencia lejana de sus familiares (11,9%)”; el “dejar de convivir con las personas con las que convivía habitualmente (10,5%)”, a “la incomprensión de la gente que le rodea (8,2%)”, a “condicionantes laborales” (11,1%), así como a factores de orden personal como: dificultades de relación (12%) o sobrellevar una mala salud (6,4%). Además, el 21% de los que se declararon soledad delataron tener alguna discapacidad (fundamentalmente de movilidad o de visión). Concretándose en 848 las muertes prematuras ocasionadas en 2019 por la misma, con una pérdida de 6.707 años de vida productiva y más de 191 millones de euros en términos de productividad.
En este texto centraremos nuestra atención en el binomio juventud versus soledad por resultar per se una patología social que resulta aparentemente improbable e imposible en una etapa de la vida que desde el imaginario colectivo se sindica a la ilusión y a la consecución de multitud de proyectos.
Cuando este verano observaba a los jóvenes que con alborozo disfrutaban de sus vacaciones delatando energía y fuerza reflexionaba sobre las palabras de Moliere: “Las apariencias engañan la mayoría de las veces; no siempre hay que juzgar por lo que se ve” y aunque estaba segura de que muchos de ellos estaban ajenos al tema que en este foro estamos tratando, otros ocultaban en su interior lo impensable para el resto. También afloraba en mi mente el famoso verso de Rubén Darío del poema Canción de otoño en primavera: “Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver! Cuando quiero llorar, no lloro y a veces lloro sin querer…”, suscitándome zozobra y tristeza por cuantos jóvenes están atrapados en su interior.
Un estudio presentado el pasado año bajo el título Juventud y soledad no deseada en España, se adentra en este hecho social [2]. Está basado en una encuesta realizada a 1.800 personas entre los 16 a 29 años, además de en un grupo de discusión con especialistas en soledad no deseada, juventud y colectivos vulnerables. Identificó la caracterización de los que advertían soledad no deseada, en su mayor parte usuarios masivos de las redes sociales (no en vano el 98,9% de los adolescentes tiene una cuenta en Instagram, TikTok o X) y con perfiles digitales en continua mudanza para adaptarse a la frugalidad de lo virtual. Tienen claro que si no están conectados: ni perteneces, ni eres, ni formas parte, ni estás integrado. A pesar de esta hiperconexión, muchos se sienten aislados y sufren de soledad.
Los resultados no dejan lugar a dudas: el 69% de los entrevistados declaró que se sentía soló en el momento de la entrevista, que se habían advertido solos en algún momento de su vida y tres de cada cuatro manifestó distinguir en primera persona soledad (75,8%). Afectaba más a las mujeres (31,1%) que a los hombres (20,2%) (específicamente a los jóvenes entre 22 y 27 años), a los desempleados, a aquellos en situación de pobreza y/o exclusión, a los que habían soportado acoso escolar o laboral, a los que disponían de una mala salud física o mental, a las personas con discapacidades, a los de origen extranjero y a los pertenecientes al colectivo LGTBI+.
Concretamente, entre los factores de riesgo que confirma el estudio destacan: que en las relaciones presenciales se revelan más contingencias de soportar soledad, a diferencia de las que se mantienen en las redes sociales digitales; que una mala cantidad y calidad de las mismas en el “cara a cara” son determinantes en la emergencia estos sentimientos alienantes; que las personas con acoso escolar o laboral tienen un 37,2% más de exposición a la soledad; que padecer una enfermedad mental es una variable determinante en estos procesos de apartamiento (2,5 veces más que el resto de los jóvenes sanos); que sufrir pobreza moderada o tener dificultades para llegar a fin de mes aumenta en un 38,5% la soledad; que vivir en municipios de tamaño medio la incrementa (entre 50.000 y 500.000 habitantes); y que hay una mayor prevalencia de la misma entre los que residen en pisos compartidos o solos en sus propias viviendas a diferencia de los que lo hacen con sus padres/madres.
¿Qué acciones específicas podrían plantearse para prevenir, detectar e intervenir sobre tan complejo problema? Desde promover escuelas inclusivas que apuesten por una educación emocional, a proteger la salud mental en la niñez/adolescencia y juventud, a fomentar relaciones sociales mediante un ocio saludable, a promover servicios de atención juvenil que reduzcan la soledad, a potenciar la participación juvenil en todas las esferas de lo social, a reforzar las políticas de educación, empleo e inclusión social (mejorando la transición desde la educación al empleo), a robustecer las instituciones públicas implicadas o impulsar actuaciones de detección de situaciones de aislamiento/soledad en el ámbito universitario.
Finalizo con la idea de que “La juventud es la semilla de un futuro mejor”, por lo que es inexcusable abrazar a las nuevas generaciones con la máxima gentileza, pues los que hemos ya transitado muchas etapas del camino sabemos la importancia que tiene y colegimos que en lo relevante no hay nada baladí.
Notas:
[1] Lehr, U. (1988). Psicología de la senectud. Barcelona: Herder.
[2] Véase, https://www.soledades.es/estudios/estudio-sobre-juventud-y-soledad-no-deseada-en-espana

