Hoy amanecí pensando en un pana de la adolescencia; llegó como por arte de magia para mitigar la orfandad en que nos dejó el verdadero Gustavo, el líder de nuestro primer grupete juvenil. Era un tipo tira coñazos y mojonero; más bien fabulador, que nos enseñó a manejar bicicletas y motos.
-Siempre tengan una rueda, decía.
Nos enseñó también a nadar y a usar unas desvencijadas tripas con las que recorríamos flotando en el Lago de las Tacariguas (el hoy super contaminado Lago de Valencia), y además nos mostró las técnicas de la pesca. Con él aprendimos de todo: echar el carro, entrar al cine para ver las películas censura C con un comprobante de cédula al que le cambiábamos la fecha de nacimiento… De vaina que no aprendimos otro idioma. Era un líder positivo: no drogas, no cigarrillos y poco alcohol.
Un día su familia empacó y se mudaron a San Cristóbal. En prueba de amor y respeto seguimos el camión un buen trecho, pedaleando y gritando de lo lindo, hasta que desapareció en el horizonte.
A los días, y nuevamente como por arte de magia, llegó una nueva familia a vivir en la casa desocupada donde vivió nuestro amigo Gustavo.
Curiosos al fin, era costumbre, deber y maña, escanear a los recién llegados, las recién llegadas y en especial las de nuestra edad. Con las de nuestra edad uno se ilusionaba con proyectos de novias.
Con la familia venía un chamo como nosotros…
-Coño se parece a Gustavo, dijo Rigoberto.
Y fue verdad. Nos lo mandó el Universo; un tipo todo terreno que a los dos días era líder del grupo. No le perdía una pisada a nuestro Gustavo anterior.
Lo bautizamos como el falso Gustavo. Lo cual aceptó. Le dimos continuidad a nuestra agenda y cuitas juveniles.
Un mal día fue sorprendido encaramado a una terraza o balcón de una vivienda, era medianoche. Un vecino le disparó al confundirlo con un ratero.
La novia, otra adolescente, en su declaración dijo que estaba enamorada de él y él de ella. Todo a escondidas de los padres.
Usaban la maceta de la terraza para dejar sus cartas; ese mal día subió para recoger la que ella le había dejado y dejar la suya. La policía y los padres revisaron esa misma noche el porrón, y efectivamente allí estaba la carta de nuestro amigo. En uno de sus bolsillos estaba la otra carta, la de su novia.
Un día como hoy estaría cumpliendo 73 años. Es una crónica intimista, ofrezco disculpas, es que amanecí pensando en nuestro falso Gustavo y tómenlo como un homenaje a la amistad.
Nos vemos por ahí.

