El régimen de Nicolás Maduro ha perfeccionado un sistema de represión que opera como una puerta giratoria en los centros de tortura: anula, silencia y elimina cualquier disidencia con una violencia cada vez más brutal. Desde las protestas de 2014 hasta hoy, la maquinaria estatal ha intensificado su accionar con desapariciones forzadas, torturas, detenciones arbitrarias y persecución sistemática. Ahora están en la mira instituciones como el Centro de Estudios del Desarrollo (CENDES) de la Universidad Central de Venezuela, la ONG PROVEA; académicos, -entre otros, Edgardo Lander quien tiene una trayectoria importante en América Latina- y líderes políticos han sido atacados o presos, sin importar si representan una oposición autónoma o alineada con intereses externos y sin importarle sus ideologías (quien siga pensando en Venezuela en términos de derecha o izquierda está perdido en su propio laberinto).
Tras el fraude electoral del 28 de julio de 2024, que consolidó la ilegitimidad de Maduro, el terrorismo de Estado se ha afianzado como política de control social. Según la Misión de la ONU, desde esa fecha se han registrado 2,200 detenciones arbitrarias y 1,014 presos políticos al 10 de marzo de 2025. Esto se ha recrudecido a partir de las últimas decisiones del gobierno norteamericano. ¿Cuándo empezaremos a construir una resistencia organizada, plural y unitaria que enfrente a Maduro desde dentro y movilice el apoyo internacional?
La oposición ha logrado momentos de cohesión, pero el fraude de 2024 reabrió profundas fracturas. Mientras algunos abogaron por boicotear las elecciones de 2025, otros insistieron en participar, desatando acusaciones mutuas que solo fortalecen al régimen. A lo largo del siglo XXI, la oposición resistió con protestas, sacrificios, muertes, exilios y cárceles; hubo momentos de unidad que lograron movilizaciones históricas o participaciones electorales; pero este año, bajo máxima represión, estamos más desorganizados que nunca. Enfrentar al régimen exige superar esta fragmentación. ¿No es esta desunión el mayor regalo que le ofrecemos a Maduro?
La abstención del 80% en comicios recientes no refleja organización, sino un grito silenciado de indignación o desesperanza, cuya proporción exacta desconocemos por la ausencia de indicadores sociales o políticos que midan su fuerza. ¿Cómo podemos afirmar que estamos organizados si no existe un movimiento articulado que canalice este descontento?
¿Podemos seguir permitiendo que el caudillismo y el personalismo, males históricos de la dirigencia venezolana, nos condenen a la inacción? ¿Qué impide a la oposición construir un proyecto común que trascienda las diferencias? ¿Podemos superar el personalismo? ¿No ha demostrado la destrucción de Venezuela que la lógica del “yo mando” anula cualquier posibilidad de cambio, porque anula al otro? ¿No nos damos cuenta que estamos reiterando lo que le sucedió a Acción Democrática, a COPEI, el personalismo, el caudillismo? ¿No nos damos cuenta que el siglo XIX vivimos una guerra civil precisamente por esa lógica? ¿Acaso esa lógica no es la que ha configurado un ejército pretoriano?
La represión no distingue: ataca a periodistas, estudiantes, sindicatos, empresarios, académicos, políticos y organizaciones de derechos humanos por igual. ¿No es esta diversidad de víctimas una oportunidad para construir una alianza amplia que incluya a todos los sectores? ¿Por qué no hemos creado un espacio donde estudiantes, trabajadores, empresarios y la diáspora puedan dialogar y planificar acciones colectivas? ¿Acaso no podemos construir una red informativa desde la diáspora? ¿Acaso no podemos lograr que tantas personas que pierden su tiempo en X, Instagram, YouTUbe, TikTok, peleándose, criticando a unos y a otros, nos transformemos en militantes de la libertad por Venezuela? ¿Acaso no debemos aprovechar las ventajas que ofrecen las redes sociales que posibilitan una comunicación global?
La presión internacional, como las sanciones de Estados Unidos o la investigación de la CPI, no logrará cambios sin un movimiento interno fuerte. ¿Podemos seguir esperando que otros resuelvan nuestra crisis mientras el régimen intensifica el terror? La diáspora venezolana, con más de 7 millones de personas, es un recurso clave. ¿Dónde está el liderazgo político que nos ayude a organizarnos?
El régimen apuesta por el miedo y la desmovilización. ¿Vamos a permitir que el terrorismo de Estado, con sus torturas y desapariciones, nos paralice? Una protesta virtual, una campaña internacional o una acción coordinada podrían visibilizar la resistencia, pero no existen porque no hay organización y no la hay porque el liderazgo es incapaz de sentarse a pensar de forma conjunta.
Una sociedad democrática se construye con diálogo, procesando diferencias en torno a un objetivo común; me refiero a quienes nos oponemos. ¿Cuándo empezaremos a practicar este hábito colectivo, esencial para derrotar a la dictadura? ¿No es la diversidad de la oposición —sus estudiantes, sus trabajadores, sus intelectuales— la mayor fortaleza para enfrentar a Maduro?
El terrorismo de Estado no se detendrá solo. Cada día que pasa, el régimen consolida su control mientras la oposición se fragmenta. ¿Cuánto más esperaremos para actuar? ¿No es momento de que líderes y ciudadanos asumamos la responsabilidad de construir una resistencia unida? ¿Podemos permitirnos seguir divididos mientras el régimen reprime con más fuerza? La libertad de Venezuela no vendrá de fuera; nacerá de nuestra capacidad de organizarnos, dialogar y resistir juntos.
¿Cuándo? La pregunta no es solo qué hacemos, sino ¿cuándo empezaremos? Todos los nos oponemos al régimen, desde sus líderes hasta la sociedad civil, tenemos la responsabilidad de responder. ¿Convocaremos un espacio plural para planificar la resistencia? ¿Aprovecharemos la fuerza de la diáspora y la indignación popular? ¿O seguiremos esperando, divididos, mientras el régimen nos aplasta? La historia nos exige actuar ahora.
¿Lo haremos?

