I.- La tía Carmelita
Aquella madrugada, cuando dieron seis o siete golpes fuertes, bien marcados, sobre la endeble puerta, la tía se levantó alarmada, más para despedirse del hombre a quien la policía política llegó a buscar para llevárselo a Guasina, el campo de concentración abierto en el Delta del Orinoco, en el año 1939, por López Contreras y posteriormente utilizado por Marcos Pérez Jiménez, con el mismo fin, mantener secuestrados a quienes se acusaba como enemigos del gobierno. Era sólo un bodeguero que servía de estafeta, esa donde los clandestinos depositan sus mensajes que otros, avisados de ello, acudían a retirarlos; el de la estafeta, sólo sabe cuándo le entregan y retiran el mensaje, más no de quienes escriben y entregan; son personajes sin nombre y hasta sin rostro, cada vez son diferentes; sólo un santo y seña los vincula. Y los “mensajes” nada trascendentes hablaban, más de las veces, eran saludos, noticias que, los clandestinos, evadidos de la persecución, acoso policial, enviaban a sus familiares; eran señales de humo y fe de vida.
La policía política que manejaba Pedro Estrada, creyó aquel hombre, importante como para aplicarle una pena tan dura, sin medir las consecuencias; lo que eso implicaba para el bodeguero y su familia. El terror, la tortura y el generar tragedias, era la fórmula para mantener la estabilidad del mandatario y su larga corte.
La tía tenía cinco hijos menores, tres hembras de un pequeño empresario tabaquero que, en aquella economía sencilla, incipientemente capitalista, estaba en la cima, pero por los tiempos aquellos, cuando los derechos de la mujer y los niños poca cosa valían, pudo darse el lujo machista de ignorar a aquellas criaturas y a la mujer que le parió esos muchachos, a quienes ni el apellido les dio. Pero siguió siendo el jefe de una familia de lustre, nombre, renombre en la ciudad y en los clubes familiares. Que tuviese otros hijos en el abandono, eso ningún valor tuvo y menos le acarreó pena, ni siquiera moral, dentro de su pobreza de espíritu. En parte, por eso la tía tuvo que aprender a trabajar duro, desarrollar grandes habilidades para levantar aquella familia de tres bocas infantiles. Nunca pude entender, como un personaje como ella, talentosa, de una enorme fuerza espiritual, pudo estar relacionado tanto tiempo con aquel miserable personaje, como para parirle tres hijas.
Del humilde bodeguero, con quien se casó, tuvo dos muchachos más, una hembra y un varón. Cuando la policía política se lo llevó aquella madrugada, apenas comenzando el gobierno dictatorial que derrocó a Rómulo Gallegos, quedó con cinco muchachos y una bodega en ruinas, pues lo que había en los estantes no cubría las deudas. Pero la tía, fue una fortaleza capaz de desafiar las más serias dificultades; como una roca plantada en medio del océano ante el cual se estrellan las furiosas olas; un caso extraño dentro de una familia, la de sus padres, ya muertos y hermanos, generalmente abatidos por el rigor de la vida, porque esta fue para ellos un desafío enorme para el cual no estaban preparados.
La tía Carmelita era alta y fuerte. No tan alta como su primo Matías que llegaba más allá de los dos metros veinte, pero si lo suficiente como para que, aunado a su potente voz, recia personalidad y eso que llaman don de mando, uno imaginase que trepaba más arriba. La palabra de ella, en cualquier circunstancia, llegaba a uno como un mandato ante el cual ninguno de nosotros, empezando por sus hijos, se atrevía ignorar o dejar para después.
Pero la tía no sólo ejercía su don de mando, autoridad para regañar, lo que parecía gustarle en exceso, quizás por aquello de su fortaleza de ánimo, sino también su exquisita bondad para proteger a casi toda la familia, aparte de la suya que era bastante grande. Por eso, los muchachos, los más pequeños, hijos y sobrinos, que formaban una larga lista, recibían las órdenes siempre estrictas de la tía y los consejos, dados también en tono usualmente rígido, con atención extrema y hasta placer. No sé si cuando uno salía presuroso a cumplir una orden de la tía lo hacía por el temor que infundía su palabra y gesto por demás adusto o por el placer de complacer aquella bella persona con las manos siempre extendidas, pese el formal empeño que ponía en parecer dura como el más noble granito.
Cuando al hombre se lo llevaron para Guasina, otra vez la tía quedó sola al frente de su familia que, de paso había crecido, sin contar los sobrinos, hijas e hijos de hermanas y hermanos ya muertos unos y en la extrema pobreza otros, ante los cuales ella se sentía obligada a responder. Por eso la casa de la tía siempre estaba llena de gente, pese su figura y forma de hablar infundían temor. Cuando ella reía, lo que no era muy frecuente, pues prefería ser más irónica, parecía regañar, pues la sonrisa, si se asomaba, lo hacía como quien tenía miedo de hacerlo, tal vez a la tía misma y volvía pronto a ocultarse tras aquel rostro como pétreo. Pero por eso mismo, todos tendían a mostrarse colaboradores, ajenos a aparecer en cosas que provocasen el regaño de la tía y hasta deseosos de cumplir celosamente con las tareas de la escuela, pues la tía, tenía tiempo y disposición para atender aquello. Con cada uno repasaba la tarea y daba instrucciones para corregir errores.
La tía era también maestra, sabía muchas cosas, hasta más que las del colegio. A muchos de sus sobrinos, incluyéndome, enseñó el abecedario, de conformidad con la técnica de entonces. Todavía la recuerdo, con su pluma de gallina, apuntando letra por letra, al mismo tiempo que, alguno de nosotros, quien ese momento hiciese de alumno informal, con ella repetía en coro el nombre de la misma. Después, con el tiempo, pude entender que la tía, con su fortaleza y generosidad, aparente dureza, hasta capacidad de sacrificarse, se prodigaba en darnos seguridad, confianza a todos.
Entre las tantas cosas que la tía hacía para sostener a aquel ejército de hijos suyos y sobrinos, era la de vender a crédito artículos para la vestimenta femenina, las de mayor demanda. Para eso, la tía, valiéndose de las habilidades que el desafío de la vida en ella había como incubado, sin escuela formal alguna, lograba que, en las grandes tiendas le fiasen al mayor, de manera que en una parte de su casa tenía una pequeña tienda con un inventario más o menos bien surtido. Ella solía decir, “la vida es toda una trampa, se sale de una para entrar en otra; pero al entrar, sales de la que antes te tuvo acorralado. La mayor y más inteligente trampa por hacer, es pagar a tiempo, a que como dé lugar y haciendo los mayores sacrificios y esfuerzos. Eso, pagar a tiempo, te abre todas las puertas y espacios, como el de tener como pagar”.
Claro, la tía, con aquella actitud suya se ganaba el derecho a meterse en todo y que cada quien respetase su palabra y sobre todo su opinión. En nuestra cultura, solemos meternos “hasta en lo que no nos importa” y aunque nadie nos pida opinión. Pero el cumanés, a quien se suele tildar de “liso”, que no es más que comportarse como ya dije, en el fondo lo hace por una gran necesidad de servir a los demás. Si usted pregunta en Cumaná, por lo menos así era en mi tiempo, a alguna persona que halló en la calle, amigo suyo o absolutamente desconocido, por una dirección o persona que vive en el área donde se halla, si el interrogado no responde porque lo ignora o simplemente tiene dudas, recibirá respuesta del primero que pasó y escuchó su pregunta. Aunque usted, a él, no le ha preguntado nada. No se asume indiferente porque eso a él nadie se lo ha preguntado. Menos, como sucede en algunas partes del país, recibirá como respuesta una dirección en sentido contrario de donde vive o reside la persona que busca.
Me contó un amigo, el reconocido historiador Federico Brito Figueroa, con mucha emoción y agradecimiento, que una vez, estando de visita en Cumaná, se le dañó el vehículo, justamente en una estación de gasolina. Por ponerse a jorungarlo para reparar la avería se llenó de grasa la ropa y por eso, alojado en el Hotel Cumanagoto, uno de 4 estrellas, sentía pena de volver allí en aquel como deplorable estado. Hizo el comentario al joven que servía de surtidor de gasolina, más o menos de su misma talla. Este, sin pensarlo mucho, sin conocerle, sin saber que lo que decía era verdad, le prestó su ropa, la que tenía en el espacio donde se cambiaba, como dijo él mismo, “quizás lo mejorcita que tenía” y le dejó se llevase la que vestía y la sucia, con el acuerdo verbal que más tarde se la devolvería, como en efecto hizo. Y eso, como suelo decir, porque es mi experiencia, se lo debemos al mar.
Si aquella gente toda es así, cómo no entender que la tía Carmelita, quien no dudaba en asumir responsabilidades que no eran suyas, que implicaba para ella un enorme sacrificio, se considerase con derecho a meterse en nuestras cosas, aun en el caso de aquellos que habían llegado a la mayoría de edad y acudían a ella, cuál paño de lágrimas.
Los discípulos dijeron a Jesús:
No tenemos más que cinco panes y dos peces. Jesús les dijo: Traédmelos.
Tomó los cinco panes y los dos peces, partió los panes y se los dio a los discípulos, que los repartieron. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños. (Mateo, 14, 14-21.
Era poco frecuente que, alguno de los tantos sobrinos que frecuentábamos la casa de la tía Carmelita, en su casa se quedase a pasar la noche. Eso a ella no le hubiese incomodado, pues si bien no había sitios destinados para ello, la comodidad no entraba en nuestras exigencias y sobraba donde guindar algún chinchorro bajo los corredores de la casa o entre los arbustos del amplio patio, en una ciudad donde dormir así era por demás agradable casi todo el año. No obstante, alguna que otra vez sí, por una exigencia de ella misma, por cualquier circunstancia, como acompañarla al mercado a horas tempranas de la mañana o que la noche ya vieja nos sorprendiese y dada lo lejano del barrio pobre donde vivíamos o, para mejor decirlo, habitualmente dormíamos.
Se dio el caso que, mi primo Julián, también sobrino de la Tía Carmelita y yo, nos quedamos jugando hasta muy tarde en la plaza Bermúdez; eran los primeros días de diciembre y ya estábamos como entrando en las festividades propias del mes. Volver a mi rancho a esa hora, mi primo vivía con nosotros, era hasta arriesgado y daba miedo. Se hablaba de “La Llorona”, que solía recorrer las calles solitarias de la ciudad y hasta del hombre encapotado quien, al decir de la gente, era una fija en “Los dos corrales”, justo el sitio de entrada al camino final de nuestro destino. Pero lo más real, eran las patrullas policiales que, a pie, recorrían la pequeña ciudad y tenían, la “ceba”, como decía una muchacha de aquellos días, “de cogerla” con los muchachos. Si en verdad y con justicia juzgamos, no habiendo ladrones, asaltantes, aquella conducta policial, sin obedecer a plan alguno, estaba destinada justamente a proteger a los jóvenes, sólo que uno no entendía el porqué de aquel gesto y los policías tampoco; eso sucedía como un hecho llamémoslo inercial o instinto de conservación de la especie. Por eso optamos, sin que la tía lo supiese, entrar de manera furtiva a su casa y extender de columna a columna dos chinchorros, que siempre allí estaban guindados en la parte posterior de la casa, hacia el amplio patio y justo donde se hallaba la cocina o mejor el fogón.
II.- Multiplicando las arepas
Casualmente muy de mañana, tanto que parecía madrugada, los vientos que allá siempre soplan del norte al sur, como si los trajese la ola o ella los transportase a ellos en su cresta y al chocar con la costa los lanzase hacia adentro, entraron fuertes al espacio donde dormíamos y se trajeron una lluvia inesperada, de las últimas que quedaban pendientes por allá, mezclada con gotas de agua marina de esa que el choque fragmentaba, que como nosotros esa noche, se distrajeron y tuvieron que venirse solas y de últimas. El punzar del agua fría lanzada por los vientos que penetró por los intersticios del chinchorro me despertó bruscamente. Miré hacia todos lados maquinalmente y en punto percibí una luz en aquel espacio oscuro de cuando nos acostamos. Tomé conciencia que venía de la cocina e imaginé que la tía Carmelita ya estaba en sus habituales labores de ama de casa y soporte de toda aquella familia agrandada por nosotros sus sobrinos y con la generosa complacencia de ella. Pese su aparente rudeza y disposición de mandataria.
Desperté a Julián, acomodado en el chinchorro vecino y después de, con la respectiva seña, pedirle silencio, mirase hacia el punto donde la luz bailoteaba. Puestos de acuerdo, sigilosamente, descalzos para no hacer ruidos, nos acercamos como apretujados al punto donde la luz se escapaba. Nos sentamos en el ángulo de la puerta desde donde podíamos observar lo que acontecía dentro de la cocina. La tía estaba frente al mesón donde se hacían las labores propias de aquel espacio, justo casi frente a nosotros; pero la luz de las velas, aquella que daba como discretos saltitos, dispuesta frente a ella, nos permitía mirarla sin ser detectados. Pese lo oscuro, pudimos mirarnos a la cara y mutuamente nos hicimos la habitual señal de hacer silencio.
La tía sacaba con una taza grande buena cantidad del maíz que ya había cocinado, lavado convenientemente y la arrojaba al envase del molino; entonces procedía a hacer girar con su mano derecha la manigueta que ponía en marcha al aparato para moler el grano, mientras a este empujaba al fondo, para que lo atrapase el engranaje y le volviese masa. Limpiaba el molino para no quedase masa adherida a él y cayese toda en el envase que había dispuesto para eso. Otra vez volvía a llenar de granos el molino y repetía la misma operación hasta terminar aquella parte del trabajo. Cada cierto tiempo, la tía se secaba la cara, empapada a causa del calor imperante en aquella rústica cocina. Cada vez que el envase colocado bajo del molino para recibir la masa se llenaba, la tía trasegaba su contenido a otro mayor colocado al alcance de su mano. Al final, este estaba repleto como la tía cansada. Por eso detenía allí su labor y se sentaba un rato en el viejo ture que tenía allí mismo, tomaba su café y recuperaba fuerzas para volver a sus primeras tareas del día, en pleno amanecer.
Vimos, por primera vez, de dónde y cómo salían las arepas, que eran tantas como comensales habría en la casa a la hora del desayuno, que habitualmente eran unos cuantos.
Pocos minutos después volvió a la faena, amasó la masa y formó redonditas las arepas que fue colocando en el viejo y grande aripo. A la hora del desayuno y en la noche temprana, al volvernos a sentar a la mesa por tercera vez, aun en el centro, había abundantes arepas para todos. La tía Carmelita, se ocupaba de todos aquellos milagros.
La tía multiplicaba las arepas y era como la mar. De su seno salían tantas cosas que uno podía agarrar, casi sin su permiso, pese el respeto que infundía, para saciar el hambre o mejor simplemente para comer porque siendo ella como el mar, nadie a su lado carecía de alimento. Pero el mar no ponía los potenciales alimentos a la mano de uno, ya listos para el consumo; salvo alguna cosa extraña y exquisita como la ostra, la que había de sacar de los ostrales, cosa nada sencilla, había que hacer la pesca y esto era un trabajo exigente. La tía brindaba seguridad, cobijo y, en buena medida, nuestro alimento y me refiero a quienes no éramos sus hijos, porque eso no sería extraño, menos en ella y por lo que recuerde ahora, pero como a ellos, asignaba responsabilidades y cumplimiento con las obligaciones.
Era de rostro casi pétreo y como ya dije, su palabra salía autoritaria y en veces áspera, pero por ella, cualquiera se sentía seguro. Imagino a la tía en su soledad, cuando no tenía que fingir el rol que le asignó la vida, en veces llorando ante la injusticia y el dolor y otras riendo, como una niña, viendo el revolotear de las mariposas. Los hombres que pasaron por su vida, que la dejaron cargada de hijos, nunca supieron nada de ella y nosotros tampoco.

