Solo la conciencia del pasado puede hacernos comprender el presente. Esta frase del historiador Herbert Lüthy sirve de pórtico a esta reflexión sobre la idea de República, su concepción y su destino en nuestra atribulada Venezuela, y como un reconocimiento a la generación fundadora, aquella que sentó las bases con talento y también sangre y sacrificio, de la nación que llamamos Venezuela.
Decidimos al independizarnos del imperio español ser República. Cabe preguntarse cómo se encuentra en la actualidad nuestra República, sobre si hay claridad en torno a su significado y cómo la concibe y la siente el ser venezolano. Nuestra actual República se define como una República Bolivariana. Como lo atestigua el artículo primero de la Constitución, se fundamenta en la doctrina de Simón Bolívar, el Libertador. ¿Tenemos clara conciencia de lo que significa dicha doctrina? ¿Cuál ha sido su práctica?
La idea y el concepto de República tienen una larga historia que por lo menos se remonta a la antigua República romana, independientemente de sus avatares el modelo de República por excelencia. Bastan dos testimonios de dos grandes republicanos para confirmarlo, Rousseau y Bolívar. El primero lo afirmaba tajantemente en esta frase: ”El pueblo romano es el modelo de todos los pueblos libres”; y Bolívar nos dirá: “La Constitución romana es la que mayor poder y fortuna ha producido a ningún pueblo del mundo”. Y si queremos definiciones, ninguna más influyente que la del arquetipo republicano, Marco Tulio Cicerón: “La República es ‘la cosa propia del pueblo’, pero pueblo no es toda reunión de hombres, congregados de cualquier manera, sino una consociación de hombres que aceptan las mismas leyes y tienen intereses comunes.” En su largo transitar por la historia de Occidente, la República moderna insiste en algunos elementos ineludibles en su definición: 1) las virtudes cívicas con especial mención al patriotismo, el amor a la patria; 2) el gobierno de la ley por sobre el “gobierno de los hombres”, que hoy tendemos a absorberlo en el Estado de derecho; 3) el concepto del ser humano como ciudadano y su decisivo protagonismo en los asuntos públicos bajo el modelo del gobierno democrático (en la República los ciudadanos se gobiernan a sí mismos, y no son dominados por otros); y 4) una idea de libertad que se distancia del individualismo liberal, y confluye en la idea del bien común que morigera los excesos y abusos de una desigualdad social excesiva entre los ciudadanos (la ciudadanía social como complemento de la ciudadanía política).
La República de nuestros tiempos está indisolublemente unida a la idea de democracia, independientemente de que abundan las Repúblicas autoritarias, pues la auténtica República define su presente y su futuro a través de un proceso deliberativo con amplia participación y protagonismo popular. Esa idea de República la recoge claramente nuestra Constitución, aprobada en un referéndum popular. En efecto, el articulado de sus Principios Fundamentales expone de forma prístina valores superiores sustentados tanto en una forma de vida (la ciudadanía) y una forma política (el Estado democrático y social de Derecho y de Justicia) claramente democráticos, al unísono de la concepción del gobierno, por primera vez en nuestra historia constitucional, como democrático, participativo, electivo, descentralizado, alternativo, responsable, pluralista y de mandatos revocables.
La República venezolana ha transitado caminos sinuosos a lo largo de su traumática historia: nos fundamos como República bajo los hermosos ideales de la Ilustración; formamos parte de la promisoria y corta vida de la República de Colombia, el sumo sueño de organización política de Bolívar; fuimos una República oligárquica con propósitos civilizatorios; estuvimos cerca de su desintegración bajo el caudillismo y sobrevivió con la bota inclemente de la dictadura militar, que por lo menos tuvo el mérito de mantenernos unidos como República; experimentamos momentos de esplendor, cierto que con sus máculas, bajo la República civil; y hoy presenciamos con preocupación el destino de nuestra República.
Simón Rodríguez fue un hombre visionario al advertirnos en los años aurorales de nuestra República que la vasta tarea de construir la República apenas estaba comenzando, y tenía en la formación ciudadana el elemento fundamental para su fortalecimiento. Nacimos independientes bajo formas republicanas; la tarea pendiente era llenarla de contenido con la formación en virtudes y luces por sus ciudadanos. Sigue siendo una tarea inconclusa de nuestra traumática vida republicana. Crear conciencia ciudadana para la nueva República constituye un requerimiento ineludible y prioritario en estos tiempos nublados.

