Caracas tiene tantas caras como urbanizaciones, barrios, personas, avenidas, municipios.
También posee máscaras del poder y el populismo, asociadas a la explotación de los políticos, los influencers, los oportunistas, los demagogos de los partidos y los repartos.
La Caracas más cara es una de sus caras más visibles, aquella de ciudad elitista para 11% o menos de la llamada capa del consumo aspiracional y gentrificado.
Es la Caracas de un restaurante chic por cada esquina, a precios de Madrid, sin serlo, cobrando en euros por un servicio desganado y displicente de provincia.
De pronto surge, de la nada, un comedero de moda. Se vende por redes como un emprendimiento exitoso. El esnobismo caraqueño lo llena y aprueba.
Adentro atienden mal, unos muchachos carentes de destrezas para el oficio, apenas disimulados por el voluntarismo de la sonrisa. Pero poco más. No dan contexto de los platos, más allá de la receta y la cartilla memorizada. No soportarían un análisis del maestro Alberto Soria.
De hecho, Caracas encaja mal las críticas, en todos los ámbitos.
Se le soporta con resquemor, se le teme, se le coarta y discrimina, se le minimiza e ignora, se le compra para neutralizarla.
Caracas sufre de complejo de grandeza, para compensar su sentimiento de inferioridad ante las noticias y las realidades del mundo, donde la capital de Venezuela se ve cada vez más disminuida frente al desarrollo de los países del continente y del planeta.
Hablamos de calidad de vida, de estabilidad, de salarios, de proyectos a largo plazo, no de espejitos y espejismos del “arreglo” ficticio.
Ahí TikTok y el embellecimiento de Instagram pueden llegar a confundir al caraqueño de unos tiempos de bonanza, para el hiperconsumo de estrenos, eventos, conciertos, franquicias, marcas e imágenes efímeras, diseñadas y diseminadas en laboratorio.
La Caracas falsa y estereotipada, supone una construcción mediática, cuya narrativa se explica con frases barrocas de autoayuda, a través de un periodismo de vanidad espectacular, sustentado en la frase hecha de una retórica insufrible.
Queremos ser poetas e intelectuales, como Uslar, con look de vaporoso cool y excéntrico de los ochenta, pero ya no nos sale.
El típico bohemio cursi, el clásico patiquín solemne, el charlatán de siempre, con pico de plata, que le compraron un Podcast y es un radio prendido de sofismas.
Antes la gracia resultaba digerible en los textos de los columnistas de moda. Luego, el código se reprodujo como una epidemia, producto de sus réditos en los algoritmos criollos.
Por tanto, el relato de la Caracas actual es un verso contradictorio, uno que supone un vals o un baile de Carnaval eterno, donde se habla para atrás y para adelante, como en un diálogo de Cantinflas.
Sí pero no, no pero sí, estamos mal pero vamos bien.
Así que ahora los caraqueños son expertos en cine, marketing, restauración, trading, padel, inteligencia artificial, comunicaciones disruptivas.
Interesante el humo.
Pero los números no cuadran, los títulos no cierran.
Por eso una clase nueva de caraqueño comanda el registro de las fake news. Es el caraqueño de complejo mesiánico, con ínfulas coloniales de descubridor de una tierra plana, para explotar en Caracas, por supuesto.
Es el caraqueño de acento sifrino forzado, con clásica mala cara de hastío y desconocimiento del otro, con rostro de sobrado en la partida. Se las sabe todas más una.
Llegó de la nada, para enseñarnos cómo se hacen las cosas. Olvídense de los razonamientos y los métodos con él, de los méritos y de los contextos, de los logros y de los argumentos.
El nuevo caraqueño arrogante te mira feo, mientras asienta su fama en la nueva realidad virtual de sus datos, de sus seguidores, de sus unicornios, de sus apps y ads.
Hoy un generador de contenidos, lo suficientemente sagaz y pillo, puede llegar lejos, gracias a comprar publicidad, followers y una comunidad de bots, aprovechando las debilidades del entorno.
Como se desactivó el monitoreo, como se mató a la auditoría crítica, cualquier estafador consigue reinar en cuestión de segundos, creando una falsa percepción de bonanza y prosperidad a su alrededor.
Por eso, debemos hacer un mejor trabajo para distinguir el grano de la paja.
Curar y sanar a Caracas de su peor cara.
Si no veremos grandes decepciones, seguiremos reportando enormes fraudes y estafas, a merced de la corrupción y la impunidad de la hora loca.
No tengo mensajes para ti, Caracas, en tu día. Tampoco para los caraqueños, que están tan anestesiados y aturdidos como yo.
Solo espero que seamos más aterrizados, conscientes y modestos, como los caraqueños que sentaron las bases y los cimientos de la ciudad.
Caraqueños que trabajaron silenciosamente, para dejarnos un legado y un patrimonio.
El caraqueño decente sigue estando entre nosotros, esperando despertar con su empatía y bonhomía.
Es el caraqueño que inspira confianza y que hace el bien sin mirar a quien.
Un caraqueño menos gritón y engreído, menos soberbio y hostil, que entendió que no somos la capital del universo y el centro de nada.
Nacimos, sobrevivimos y morimos en Caracas, como la gente nace, sobrevive y muere en Buenos Aires, Barcelona, Nueva York.
Lo que hará la diferencia en Caracas no será la autopercepción del caraqueño, su sobrevaloración, su ego desatado.
Nuestro futuro dependerá de recuperar nuestros derechos, nuestra democracia y nuestra república.
No es un reto menor para el milenio. Lo veo posible, porque los caraqueños del pasado ya dieron ejemplo de ello.
Los caraqueños del pasado, ojo.
No nos subamos a su carro. Fueron ellos, no nosotros. Separemos las cosas.
Claro que tenemos historia y antecedentes. Pero no hacemos nada con ello, al consolarnos y adjudicarnos sus éxitos.
Mi esperanza es que honremos lo que fuimos, para desbloquear nuestra crisis, para salir del atolladero y romper con las ataduras.
Reconciliémonos con el caraqueño que está buscando soluciones y que recupera su autoestima, así sea mediante el ensayo y el error.
Ahí vamos Caracas, sin tanto resentimiento y sectarismo.
Con más amor que despecho, que desengaño.

