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Federico García Lorca: La aurora

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La aurora

 

La aurora de Nueva York tiene

cuatro columnas de cieno

y un huracán de negras palomas

que chapotean las aguas podridas.

La aurora de Nueva York gime

por las inmensas escaleras

buscando entre las aristas

nardos de angustia dibujada.

La aurora llega y nadie la recibe en su boca

porque allí no hay mañana ni esperanza posible.

A veces las monedas en enjambres furiosos

taladran y devoran abandonados niños.

Los primeros que salen comprenden con sus huesos

que no habrá paraíso ni amores deshojados;

saben que van al cieno de números y leyes

a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.

La luz es sepultada por cadenas y ruidos

en impúdico reto de ciencias sin raíces.

Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes

como recién salidos de un naufragio de sangre.


Federico García Lorca, nació en Fuente Vaqueros, Granada, en 1898. Ese entorno rural —de olivares, cantaoras, supersticiones y silencios— sería una de las matrices profundas de su obra. La otra fue el cosmopolitismo: Madrid, con la Residencia de Estudiantes, donde compartió vida y creación con Salvador Dalí, Luis Buñuel y otros jóvenes vanguardistas; y luego Nueva York, ciudad que lo sacudió y marcó profundamente, como puede leerse en Poeta en Nueva York, un libro que, aunque publicado póstumamente, revela su capacidad de absorber las tensiones sociales, raciales y existenciales del mundo moderno.

La poesía de Lorca no puede entenderse sin el flamenco, el cante jondo y las formas populares de Andalucía. En Romancero gitano (1928), su libro más célebre, Lorca recupera el romance tradicional para reinventarlo desde una sensibilidad lírica única. No idealiza lo gitano ni lo folklórico, sino que los transforma en símbolos de lo marginal, de lo perseguido, de lo que ama y sufre a contracorriente. En estos poemas, los cuchillos, la luna y la muerte no son solo imágenes recurrentes: son emblemas de una visión trágica del mundo.

Pero Lorca fue también un lector agudo de la modernidad poética. Conocía a los simbolistas franceses, a Walt Whitman, a los surrealistas. Supo explorar el automatismo, la imagen onírica, el verso libre, sin abandonar nunca el ritmo interior que hacía de cada poema una melodía. En sus ensayos, particularmente en la Conferencia sobre el duende (1933), dejó pistas de su concepción estética: El duende no es la musa ni el ángel de la inspiración, sino una fuerza oscura que “quema la sangre como un vidrio de aguardiente”, que sólo se manifiesta cuando el artista toca el fondo del dolor y lo transforma en belleza.

 

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