Viendo aquello me sentí deprimido. No debí sentirme así, pues pudiera ser un sentimiento egoísta y una equivocada forma de evaluarlo. A lo mejor mi amigo, así como está y uno lo cree, en medio de aquella gente y hasta en el círculo central, el de los recién llegados, como lo estuvo en todos, hasta el de afuera, el primero que inició todo, se siente privilegiado y alegre por haber contribuido de manera estelar y protagónica. Y es hasta es menos racional que yo esté deprimido, por suponer a ellos no les afecta que él está allí rígido, esperando lo lleven a meterlo en una fosa.
Los indios casi hacían lo mismo, pues según estos, la muerte no era sino el inicio de un viaje o la atención a un llamado de los dioses que al muerto querían a su lado. La muerte era entonces un premio por haber soportado el sacrificio de la vida, sobre todo cuando ella transcurre conforme a lo exigido por ellos.
Pero también su muerte, sirvió para que ellos se reencontrasen y unos cuantos se viesen por primera vez, aunque sea la única. Hasta el orgulloso e insoportable profesor, se acercó a su familia y pudo saber de la suya.
Pero me sentí triste y creí, son vainas de las creencias de cada quien, oportuno irme al bar que queda tres cuadras más allá, como quien camina hacia el norte del espacio donde está la funeraria. Pensé, como apropiadamente, que allí podría mitigar aquel estado de tristeza por partida doble; la originada en mí la pérdida de aquel amigo, porque insistía en creer que era una pérdida y mi amigo de tertulias quien no sólo dejaría de estar presente, sino que iría a un sitio donde se le callaría la voz y borrarían las ideas y ver aquellos destellos de alegría que, siendo por el reencuentro entre familiares y amigos y ese mundo agrandarse, estaban como por demás justificados. Mi egoísmo y visión parcial de todo aquello no me permitió gozar de aquel festejo y revertir un estado de ánimo a otro, hasta más agradable, tanto como a la muerte veían los primigenios habitantes de América, a quienes los conquistadores, llamaron salvajes.
Al verme entrar, el encargado de la barra, acompañante las veces que por allí aparezco, me hizo la habitual seña a manera de saludo e invitarme me le acercase. Cuando estuve cerca, con cierta discreción me llamó la atención hacia el fondo del salón del bar, en la esquina central, donde cuatro hombres bordeaban una mesa y, justo en ese instante, todos tenían las caras hundidas entre los brazos y estos como arcos o anillos cerrados en la cabeza y estaban totalmente enmudecidos. En el centro de la mesa se hallaba una hielera, cuatro vasos, una botella con licor y una pequeña jarra con agua, todo ello apretado para cederles espacio a los hombres.
– “Espera un instante, calla y observa”, me dijo con voz casi inaudible mi amigo de la barra, al mismo tiempo que hacía el gesto habitual, colocar el dedo índice de la mano de derecha en posición vertical ajustado a los labios.
Casi cuando retiró el dedo índice de sus labios, uno de los cuatros hombres alrededor de la mesa comenzó a moverse, lentamente levantó la cabeza, volvió a la posición habitual cuando se está en lo de ellos y lloriqueando comenzó a hablar y quejarse de sus calamidades. Al poco rato, cuando el primero se había desahogado por su sufrimiento, otro de ellos, repitió los movimientos del primero y entonó, con el mismo estilo, su queja y la letra de sus dolores. Y luego el tercero y el cuarto hicieron lo mismo que los dos primeros. Sólo que cada uno tenía sus propios motivos para quejarse y llorar. Lo hacían por estar vivos y vivas y vivas las personas que amaban de las cuales se lamentaban
– “Vamos a tomarnos un palo para olvidar nuestras vainas”, dijo uno de ellos y de inmediato llenó los vasos de hielo y sirvió a cada uno, sin dejar de hacer la equilibrada mezcla de agua con el licor que tomaban.
– “¡Salud!”, dijo quien había servido los tragos y los otros tres repitieron:
– “¡Salud!”.
Mientras chocaban los vasos a lo al alto del centro de la mesa y por encima de las cosas en ella colocadas, lloraban en un casi armónico coro. Luego los cuatro empinaron el codo y sorbieron sendos largos tragos.
Hicieron todo aquello, que venían haciendo antes que yo llegase, por lo que mi amigo me invitó observase, como si interpretasen un guión o escenificasen un drama previamente ensayado y dirigido a un público que llenaba un teatro. Borrachos al fin, hablaban como si les importase, como era así en efecto, tal era su estado, que alguien pudiera escucharlos y enterarse de sus intimidades y vergüenzas.
Después de intercambiar muchas y abundantes palabras con mi amigo de la barra, la mayoría de ellas intercambiando chistes relacionados con esto que ocurría en el bar y haberle comentado lo de la funeraria, por recomendaciones de él y mis definitivas conclusiones, opté por volver al refugio íntimo de mi casa, sentarme a escribir esto, porque la vida es una caja de sorpresas, hay fandango donde se cree, según las estereotipadas opiniones de uno, debería haber tristeza y de ésta donde esperamos suene la rockola. Lo cierto, sin duda es que, el hombre reacciona, en gran medida, según el grado del estímulo y los intereses inmediatos. Lo que revela que la vida, esa que transcurre frente a uno, no sólo está llena de sorpresas, sino que es como a ella se le antoja, o todos sin proponérnoslo o plan alguno, no la construimos como uno quiere que ella sea.
Barcelona, 29-01-2018

