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Sergio Monsalve: Hechizo del tiempo

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En la cuarta temporada de El Oso, Carmy busca recomponerse mentalmente, después de su caída aparatosa de las últimas temporadas.

El restaurante es una realidad de deudas, de cuentas pendientes por honrar, de balances en rojo, de menús cambiantes y paradójicos, como la cabeza escindida del protagonista.

Tras algunos pasos en falso, el showrunner encuentra un mejor equilibrio entre el drama y la comedia, para no desentonar tanto en las entregas de premios del Emmy, cuando los presentadores suelen hacer chistes a costa de la falta de humor del seriado.

Para blindarse desde el recurso meta, desde la intertextualidad cinéfila y posmoderna, El Oso vuelve a la historia de Hechizo en el tiempo, proyectando las imágenes de la película de Bill Murray.

El montaje intelectual intercala tomas de la cinta de Harold Ramis con el contexto urgente y cíclico del personaje principal, en un restaurante condenado a repetir la misma faena, sin salida feliz, aparentemente.

El secundario contable de “Computadora”, uno de los más graciosos, habla con el tío de la necesidad de llevar bien las cuentas y de imponer un orden, a través de un reloj digital.

Como en Misión Imposible, la serie traza un arco dramático sustentado en la lucha contra un “deadline”, cuya llegada marca el desenlace del sueño, de la utopía del restaurante de Carmy.

Si no levantan los números, si no ahorran, si no consiguen la ansiada estrella Michelin, tendrán la obligación de declarar la bancarrota y cerrar.

Siempre fue urgente y breve la concepción del proyecto del antihéroe, del working class hero, pero nunca se había topado con el conflicto de ver la clausura tan de cerca.

Por tanto, ante la amenaza de la despedida, las acciones fluyen con más ritmo y precisión, superando los baches de la temporada tres.

Una nueva secundaria llega a tomar el control dentro del restaurante, una mujer organizada e implacable con la entrega, suerte de diosa Cronos de la mitología contemporánea, vigilante y supervisora del caos de los mortales.

Se atisban los semblantes melancólicos de los demás integrantes del emprendimiento. Unos buscan asesoría externa para diversificarse y evolucionar profesionalmente, anticipando el colapso y el naufragio de su embarcación.

Cada quien parece tener muy claro su Plan B, por si las dudas. Un mentor foráneo guía al cocinero exitoso de Beef, amén de su dieta de sándwiches, la cual sigue siendo apéndice del restaurante de Carmy.

Capaz su auténtica malla protectora, su recuerdo del pasado que desea superar, su subconsciente que reprime, pero que fondea su aventura, incierta hasta la fecha.

Los complejos de Carmy están a la orden del día. Uno evidente es que le pesa la comparación con el hermano, con su origen humilde de fabricante de ricos emparedados. No quiere pasar a la historia, como su brother.

Le avergüenza un poco su entorno, su lugar de heredero humilde de un legado que mató a su hermano, su ejemplo, su padre sustituto.

Pero la crisis le enseña a Carmy que la venta de platos modestos es un negocio que se mantiene estable, que trasciende más allá de sus obras de arte que se comen en platos reducidos, de inspiración en la Nouvelle Cuisine, deconstruida y asimilada por los esnobs americanos.

¿El Oso continuará una senda de domesticación de sus instintos o aceptará su naturaleza de relato salvaje? Por ahora va en un punto medio que me agrada y me convence en la cuarta temporada.

Considero que la serie se encarilló, hacia su destino inevitable, dejándose llevar por un camino de reconciliación y de amor, de redención y de saber entregar dicha a los otros.

Así la serie tiende a resolver su hechizo del tiempo, desbloqueando sus niveles de estancamiento.

La magia de hacer que caiga nieve en verano, para regalar un momento de dicha a los comensales y los empleados del restaurante. Cambiar las reglas del tiempo, para bien.

¡Qué bello es vivir!

Honor a Frank Capra.

 

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