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Carlos Ñáñez: Manuela y el amor a la libertad

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 Manuela anduvo entre las cumbres y los abismos de la historia, odiada, amada ¿Fiel?, la historia no la olvidará jamás. (Gómez Villa, J; 2002)

Manuela solo se parecía a sí misma. Su destino ser el amor de Simón y su único temor perderlo, así como también generó en el pecho del padre de la patria ese mismo temor. El amor no tiene cabida en grandes personalidades, de orígenes oscuros, producto de la poliginia de la conquista. Su padre, Simón Saénz de Vergara, y su madre, una quiteña a quien la misoginia borró de los registros por la pena de la poliandria. Medio hermana, sometida a la bastardía y los atavismos de su época, la hija del pecado fue internada en un convento de monjas, allí aprendió a bordar, a guisar, a hacer confituras, asumiendo el rol que las costumbres decimonónicas imponían a la mujer, subyugarse sumisamente a un esposo. De ese convento se escapó con Fausto D´Elhuyar, quien la abandonó a su suerte y la familia, para evitar el escándalo, la casó con el médico Jhames Thorne, que le doblaba la edad, y ostentaba un carácter flemático y aburrido, que pronto signaría la destrucción de tan infausta unión.

El 16 de junio de 1822 Bolívar entraba triunfante a Quito y la ecuatoriana lanzó una corona de laureles, que arteramente coronó las sienes del libertador. En la noche Simón Bolívar dedicó el baile a la quiteña y ambos amantes se perdieron en la noche, desatando las lenguas de la alta alcurnia de Quito “igual a la madre”(Gómez Villa, J 2002). Doce días se entrelazaron en su ardiente pasión, pero las presiones de la política llevaron a Bolívar a Lima, a donde llegó Manuela de sorpresa y encontró un pendiente de diamante de una de las conquistas del caraqueño inmortal. La escena digna de una obra teatral, la furia de Manuela le dejó la cara marcada al Libertador, quien tuvo que esconderse por ocho días hasta que desapreciaran las señales de tan violento encuentro.

Bolívar se decidió a dejarla, pero el nexo era indisoluble. Las acciones de disuasión del marido burlado, el anciano Thorne, pasaron de la diplomacia a la violencia. Bajo ningún supuesto logró Thorne vencer el ímpetu de su mujer, quien le escribiera:

“… ¿Y usted creé que yo, después de ser la querida del libertador por siete años… Prefiera ser la mujer del Padre del Hijo y del Espíritu Santo? ¡Eh ni de la Santísima Trinidad!”

Así disolvió el matrimonio de facto, nunca atada a los convencionalismos. En1828 se encontraba junto a Bolívar en Bogotá, cuando Carujo inicio un complot para cometer el magnicidio contra Bolívar. Este logró escapar por una ventana y al encuentro los insurrectos se encontraron con Manuela, quien los encaró en pose de escuadra, conminándoles a matar a una mujer. Desde luego no la mataron, pero sí le dejaron mal herida. Tres horas después Bolívar fue rescatado por sus edecanes bajo el puente del Río san Francisco. Las inclemencias del tiempo, las traiciones políticas y las deslealtades, comenzaron a minar la salud de Bolívar, quien al ver a Manuela la abrazo con las menguantes fuerzas y la inmortalizó con la frase: “La libertadora del Libertador”.

Después de ese septiembre, la suma de traiciones, deslealtades, sueños rotos y la inclemencia de la guerra pasaron factura. Bolívar se dirigía a la costa para ir a Europa, pero Manuela presentía la Parca, entonces decidió ir a su encuentro. En Honda un soldado la interceptó con una carta, que esta leyó hasta el final. Allí se informaba la muerte de Simón Bolívar, en la Hacienda San Pedro Alejandrino, un 17 de diciembre de 1830.

Sola, odiada y envilecida, sus enemigos hicieron presa de ella. Manuela fue declarada enemiga del estado y desterrada a Paita, un lugar a mil kilómetros de Lima, donde vivió vendiendo cigarros y dulces, junto a Jonatás su esclava fiel, quien la asistió primero frente a una fractura de cadera, llevándola asida a su espalda, y le acompañó en la muerte, tras una epidemia de difteria.

Finalmente, diría la Piaf, que Dios los reunió en el más allá, desde donde Bolívar no descansa en paz, viendo los horrores de su cuna, Venezuela, y la regresión de Colombia. Amor y libertad, amor y revolución, amor e independencia. Pero amor entre grandes, amor que es historia enlazada en el tricolor de Venezuela, Colombia y Ecuador.

Para Manuela, por su alma sin restos, por su reivindicación y por el hecho de que ella misma se adelantase a su tiempo, dignificando que también hay virtud en el amor y la pasión femenina, sin que ello constituya censura.

Referencias:

Gomez Villla, J. (2002). Vidas apasionantes. Bogotá: Printed Latinoamericana SA.

 

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