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Ana Noguera: En manos de la desinformación

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Me van a permitir que les recomiende un libro: “En manos de la desinformación. Posverdad, posperiodismo, posdemocracia” de Pepe Reig Cruañes, con prólogo de Jesús Maraña y epílogo de Enrique Herreras. Se ha publicado recientemente y se presenta en el Ateneo de Madrid el 17 de julio. Y me permitirán que hable de él porque la actualidad nos demanda pensar de forma crítica, dialogar conjuntamente y analizar cómo hemos llegado a estas situaciones con rasgos distópicos.

Un ensayo que, como señala Jesús Marañas en el prólogo, “es el ensayo en español que con mayor clarividencia y rigor explora el nexo entre los tres frentes: la posverdad que destruye un debate público mínimamente basado en la realidad; el posperiodismo incapaz de competir con la mal llamada fake news o conspiraciones que circulan por las redes sociales; y el de una posdemocracia en la que nacen y crecen velozmente populismos autoritarios”.

El objetivo, como dice el autor, es explorar los límites de la verdad y la mentira en el espacio público. ¿Acaso la mentira no ha existido siempre? ¿Acaso no ha existido relatos alternativos a lo largo de la historia que han propiciado dictaduras, guerras, matanzas o un sistema de poder brutal como el nazismo? Sin embargo, la situación es diferente porque, como dice Pepe, las fake news cambiaron el periodismo, las conspiranoias cambiaron el relato y las redes sociales cambiaron el espacio público. Es decir, lo que aparecen son nuevas herramientas, bien tecnológicas o bien culturales, que modifican la escala de valores.

Estamos ante una contrarreforma cultural donde lo que se cuestiona son los valores sobre los que se ha asentado la democracia. Por eso, desde que se inició el siglo XXI asistimos a una imparable aparición de ensayos advirtiendo de la posible desaparición de las democracias tal y como las conocemos en Occidente, con un tono apocalíptico y muy negativo. Podemos encontrar muchos factores, pero la conjunción de tres es en mi opinión determinante:

1. La aparición de las nuevas tecnologías y la enorme velocidad de su desarrollo que son un fenómeno del siglo XXI. Veamos algunos ejemplos: Wikipedia nació en 2001, es hijo del siglo XXI; Facebook surge en 2004, el mismo año que el Gmail de Google, que vino prácticamente a absorber a todo el resto de los correos electrónicos; en 2005, youtube y en 2006 twitter; en 2007, IPhone; en 2009, WhatsApp, al que le sigue en 2010 Instagram y en 2013 Telegram. Y la controvertida red adolescente TikTok surgió en septiembre de 2016. Y la gran revolución tecnológica llegó en enero del 2025 de la mano de DeepSeek, una empresa china de IA que desarrolla modelos de lenguaje avanzados de código abierto. Esa IA que está modificando nuestros sistemas sociales desde la enseñanza a lo laboral, a la producción cultural o a las relaciones personales.

2. Un nuevo equilibrio de potencias mundiales en el que aparecen sistemas políticos alternativos a la democracia, algunos por intereses de poder y otros con fuerte concepción de tradición cultural alternativa, con el cuestionamiento de los derechos humanos por considerarlos propios de una cultura eurocéntrica y poniendo en entredicho su universalidad. No podemos hablar de un orden, sino más bien de un DESORDEN mundial. Lo cierto es que los que vivimos en democracia con garantías de libertades, de contrapesos de poderes, y de estado de derecho somos una ínfima minoría de un 6% aproximadamente. EEUU con Trump a la cabeza es el claro ejemplo de cómo destruir un sistema democrático desde dentro. Una destrucción que no implica solamente la del método de organización sino la de unos valores universalistas de convivencia pacífica.

3. Una nueva cultura social, liderada por la posmodernidad, que apuesta por un presentismo obviando las condiciones necesarias del ser humano para su progreso: la utopía como motor de imaginación y creatividad. ¿Cuánto tiempo hace que no soñamos en un mundo mejor? Un individualismo a ultranza, un individuo sin sociedad (como le gustaba a Margaret Tatcher, líderesa de la revolución neoconservadora), que al sentirse arrojado busca el cobijo en el identitarismo, que no es la identidad o la conformación de la personalidad. Las burbujas mediáticas creadas por las redes sociales tienen su correlación en burbujas de identitarismo social, bien sean religiosas, nacionales, étnicas o sexuales. Sobre todo es un individualismo desprovisto de valores sociales y morales universales, en el que se fomenta la apatía hacia lo político, el culto al yo y a la propia imagen, la espectacularización mediática de la realidad, o la desafección ideológica. El posmodernismo nos trajo la sospecha sobre la verdad considerada como una creación del poder; la imposibilidad de la universalidad lo que nos lleva a una relativización de la moral; y la subjetividad como ámbito personal por encima de lo social.

Ni lo social ni lo público ni la razón ni lo universal están de moda. Condiciones básicas para consolidar democracias. Como dice Pepe, “la posmodernidad ha tenido éxito en relativizar y socavar la razón ilustrada”.

Nos encontramos ante sociedades cada vez más complejas, con problemas globales y poliédricos, ante los que se ofrecen mensajes simplistas. A la democracia se le atribuyen todos los males que son causados por nosotros, no por el sistema democrático, sino por nuestra falta de cultura democrática o por las propias trampas que nos hacemos y de las que no queremos ser responsables.

No solamente está en riesgo la verdad como valor objetivo que pueda construir un relato universal. Son los propios pilares sobre los que se construye la democracia: por ejemplo, la desigualdad, que se ha convertido en un problema estructural del propio sistema: a mayor crecimiento, mayor desigualdad; el cambio sufrido por el concepto libertad, confundido con un hacer y decir lo que uno crea, sin objetividad ni razonamiento previo, sin considerar las consecuencias ni asumir la responsabilidad. donde la creencia tiene mayor valor que el conocimiento; la confianza básica para entendernos, para garantizar como mínimo la veracidad del hablante, la voluntad de no querer engañar; el diálogo, imprescindible en una sociedad democrática plural, y que ha sido sustituida por una polarización fragmentada; y, por último, lo que muchos se burlan denominando “buenismo” y frente al cual solo existe el “malismo”. Ahora impera una ética del egoísmo. Antes daba vergüenza ser machista, violento, racista, egoísta, y ahora se crean programas electorales con estas premisas.

Moisés Naim plantea una cuestión interesante: “Las 3 P, polarización, populismo y posverdad”. “Por separado no son suficientes. Juntas explican un modelo de actuación. Son el verdadero enemigo de los valores democráticos”. Estas tres P son las que también plantea Pepe Reig: posverdad, posperiodismo, posdemocracia.

Las tres partes del libro corresponden también a las tres partes del triángulo que conforman un análisis conjunto: la posverdad es un lúcido análisis filosófico de la relación entre verdad, veracidad, mentira y error, donde Pepe utiliza unos ejemplos precisos que abordan desde la espectacularización de la vida personal que pierde toda intimidad para convertirse en un show o los numerosos ejemplos que protagoniza a diario un personaje como Trump. Dijo Kant, la mentira no es universalizable. “Nadie en su sano juicio querría ver convertida la mentira en ley universal”. ¿O sí, deberíamos preguntarnos hoy?

En la segunda parte, el posperiodismo, Pepe aborda primordialmente la función social de esta profesión, lo que se espera de ella y la incidencia que tiene. Siguiendo su razonamiento: “la función que asignamos al periodismo en las sociedades democráticas es informar, hacer saber al público aquello que entendemos desde nuestra sabiduría profesional. Y algo más: también se encarga de persuadir, de crear opinión. Y, un paso más, “se ocupa de manipular o al menos de performar realidades promoviendo actitudes o incluso acciones desde tribunas editoriales”. En esta segunda parte, el autor analizará el concepto de verosimilitud (la cualidad de que algo resulte creíble con apariencia de verdad aunque no lo sea). Y me viene a la mente una cita de “los orígenes del totalitarismo” de Hannah Arendt que señala: “El sujeto ideal para un gobierno totalitario no es el nazi convencido ni el comunista convencido, sino el individuo para quien la distinción entre hechos y ficción y la distinción entre verdadero y lo falso han dejado de existir”.

Llegamos a la tercera pata del triángulo: la posdemocracia. Y yo me pregunto: ¿estamos ante un final de etapa? ¿estamos dispuestos los demócratas a dejar caer los brazos y que se cuestione el mejor sistema de convivencia política y social que hemos tenido en la historia de la humanidad? ¿sabemos que entendemos por democracia? El filósofo Byung-Chul Han dice que nos encontramos en una “democracia de enjambre”, ese ruido que provocan las redes sociales en las que resulta imposible discernir la verdadera información, mantener un diálogo razonado y exponer argumentaciones.

Cuando surgió internet pensamos que sería una herramienta “democratizadora”, y hoy vemos que no es así. Entre otras, hay dos razones poderosas: una, quién tiene el poder y control de las tecnologías. Están en manos de unos pocos capaces de manipular para obtener poder o sencillamente aumentar la caja registradora. Segunda razón que afecta directamente a la democracia es el hecho de que con las redes sociales ya no hacen falta los intermediarios, ni los representantes políticos y sociales, ni los sindicatos o el buen periodismo, ni es necesario organizar asambleas, ni asistir a manifestaciones. Todo lo podemos hacer desde el sofá de casa apuntándonos a cualquier causa, que nos puede interesar, caernos simpática o sencillamente votar para hacer la puñeta. ¿La ausencia de intermediación nos hace más democráticos?

Lo que estamos viviendo es una honda patología social. Significa una conducta anormal dentro de las reglas de la sociedad, que presenta los siguientes rasgos: ser inducidas por el propio sistema social; poseer una dinámica claramente identificable, que les ofrezca un carácter permanente; y tener como consecuencia no solamente una distribución injusta de recursos, sino una paralización de la posibilidad de desarrollar formas de vida autorrealizadas y autodeterminadas en cooperación con el resto de miembros de la sociedad. Hemos de añadir que los efectos patológicos no se dan en los individuos, sino en las relaciones sociales. Y, sobre todo e importante, su existencia se asume con cierta indiferencia como algo normal. Eso es lo más preocupante: vivimos ya rodeados de mentiras, bulos y manipulaciones que, en la mayoría de las ocasiones, despiertan una sonrisa, en otras generan adhesiones emocionales, pero que han propiciado una gran indiferencia. Ese “encogimiento de hombros” que neutraliza la defensa de buscar la verdad.

¿Cómo vamos a ser capaces así de encontrar los elementos necesarios para fomentar el diálogo democrático? ¿Dónde ubicamos el espacio público que necesitamos para encontrarnos en los mínimos imprescindibles para una convivencia pacífica, plural y universal?

Sin embargo, y aunque la preocupación ante lo que ocurre se agiganta cada día y con cada acontecimiento, me niego a dar por finiquitada la democracia liberal y socialdemócrata. Me niego a dejar caer los brazos y dar por perdida la única época de bonanza pacífica de la humanidad. No acepto vivir de la nostalgia donde unos añoran tiempos pasados fascistas y dictatoriales y otros pensamos en aquellos años buenos como si no pudieran volver.

El futuro está por escribir y, aunque ahora se vea con muchos nubarrones, de peores situaciones nos hemos levantado. Y termino con una frase del autor Pepe Reig: “el único verdadero baluarte contra las tiranías de siempre es el ejercicio incansable de una ciudadanía crítica”.

 

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