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Sergio Monsalve: El triángulo de la tristeza

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El juego del calamar 3 concluye de bajón en una temporada inflada, por la data, encima picada por la mitad. Por ende, cada juego fue estirado e instrumentado hasta en dos capítulos, cuando antes ocupan el grueso de un episodio, generando un real suspenso y dinamismo por la crudeza del montaje de un poder cuqui, del monstruosismo juguetero entre las dos Coreas, como alegoría de un país dividido y alienado por unos nuevos Hunger Games, donde las masas desesperadas luchaban a muerte por conquistar un botín, mientras una administración vigilaba y castigaba sin misericordia.

Se trataba de una sátira política de un contexto, una oscura exposición de una realidad oriental, cuyos referentes, autores y entretenimientos existían dentro y fuera de la serie.

Por tanto, funcionaba el espejo macabro de Squid Game, al establecer paralelismos con las artes perversas de los maestros del terror coreano y japonés, los creadores de tormentos como OldboyBatalla Real y Parasite.

El humor negro del primer Juego del calamar recordaba a la tragicomedia y al péndulo de la hiperviolencia de un Takeshi Kitano, oficiando de maestro de ceremonias de un espectáculo degradado por televisión cerrada.

El éxito inesperado y global de la serie produjo un cataclismo en su planteamiento original, acelerando el desarrollo de unas dos temporadas mal concebidas en guion, narración y rodaje, si nos atenemos al resultado visto en la plataforma de Netflix.

De modo que el showrunner tuvo que hacer concesiones y ceder control de su serie, para adaptarla al ritmo vertiginoso de estreno del servicio de streaming, el cual se habitúa a diluir y disolver formas radicales y divergentes de la periferia, a través de su diseño algorítmico para todos.

Una inteligencia artificial que aplana y que provoca, generalmente, la progresiva simplificación de contenidos duros como Black Mirror, ya casi un remedo mainstream de su primera temporada en Reino Unido. No hay comparación.

Por igual, la tercera temporada de Squid Game cierra con un viento de desesperanza y consternación, para fanáticos y críticos que alabaron el surgimiento de la serie, independientemente de defectos y deslices.

Pasa algo extraño con la segunda y tercera temporada.

La segunda mantenía un cierto clima, una cierta atmósfera de insania neonoir, con el logro de reinsertar al protagonista en los juegos y presentar a nuevos secundarios, no poco pregnantes y carismáticos, sintomáticos de las angustias y ansiedades del milenio, un yonqui americanizado, un chico trans, una vengadora norcoreana, una madre con su hijo torpe, una competidora embarazada, una bruja versera y estafadora.

Existía un potencial de desarrollo en todos ellos, un magnetismo de estrellas emergentes y naturales, fruto de un casting adecuado y de una dirección asertiva.

Pues bien, la tercera temporada prefiere liquidarlos uno a uno, en situaciones forzadas y chirriantes, para quedarse con un bebé postizo de CGI y unos villanos de caricatura, una pandilla de matones sin alma y contexto, de los que resulta imposible empatizar con ellos, como si todo debiera circunscribirse al melodrama heroico y redentor del protagonista, en su cruzada del último humanista que enfrenta y vence a la máquina de la explotación, del dinero, de la trata, del espectáculo, del coliseo, del circo.

Una bajada de línea muy gruesa, como aquella de Gladiador 2 con el par de tiranuelos esperpénticos de porno soft de Tinto Brass.

La serie se pone moralista y lo verbaliza, no sabe qué hacer con sus hallazgos de reparto, los usa y los tira por la borda, para remarcar un destino más canalla y bruto, en el que pueda relucir todo su costado más elemental y políticamente correcto, de sacrificio ante el reinado de los señores de las sombras.

¿Qué rol juegan los VIP? ¿Por qué tanto descuido en su doblaje y representación, como ricos bobos y descerebrados de “Triángulo de la Tristeza”?

De seguro, porque detrás de la regencia de Squid Game 3, anida la misma venta de humo de Ruben Ostlund.

La gente quiere creer que hay una conspiración de magnates grotescos que nos gobiernan a placer, apretando botones y destruyéndonos a la comodidad de la distancia.

Ciertamente, el mundo puede ser peor y la historia tampoco ayuda.

Pero el cine es más que una teoría maniquea de Squid Game 3.

De suerte que el final decepciona, aún más cuando se anuncia el inminente desarrollo de nuevas temporadas en Estados Unidos.

La muerte definitiva de El Juego del Calamar, tal como lo conocimos en Corea. Una versión de franquicia como de fast food, viene en camino.

 

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