El líquido amniótico permite que el feto se mueva libremente dentro del útero, lo cual es esencial para el desarrollo adecuado de sus músculos y huesos; tal vez, ayuda a proteger de infecciones externas y de malformaciones posteriores. El caso es que ninguno de nosotros hubiera podido salir al mundo sin ese líquido maravilloso del que la naturaleza proveyó a nuestras madres para subsistir dentro de su útero; dentro de ese claustro estupendo donde nos desarrollamos durante el proceso del embarazo. Posteriormente abandonamos la vida intrauterina, damos un salto y pasamos a vivir en otro medio ambiente, en una casa diferente, pero, fundamentalmente, nos mueve la prosecución natural de lograr la libertad de andar y desandar por los caminos de la vida. Es un cambio de vida traumático del que no tenemos memoria, pero algo similar debe ocurrir con aquellas personas que han vivido, pongamos como ejemplo a nuestros compatriotas, mucho tiempo en el extranjero, que al regresar a su país de origen encuentren que tanto ellos como su país han cambiado, lo que dificulta la readaptación y el sentido de pertenencia. Es que el entorno social o cultural de un país puede evolucionar tan rápidamente que una persona siente que los valores, costumbres o incluso el idioma que conoce ya no son los predominantes, haciéndola sentir desfasada o ajena. Es un sentimiento que puede generar tristeza, soledad, confusión y la sensación de no tener un hogar verdadero; lo que se conoce comúnmente como una crisis de identidad.
Como consecuencia, millones de venezolanos han tenido que vivir todo tipo de vicisitudes, tanto aquí en su “útero materno” como en otros países donde se han marchado a la caza se mejores destinos, sobre todo con la intención de lograr para su prole una formación integral que les permitan luchar en un mercado de trabajo cada vez más competido y más exigente en cuanto a los conocimientos profesionales del mundo de hoy. En consecuencia, qué hacer entonces ante estas disyuntivas donde nuestras vidas no consiguen acomodos. Donde la capacidad de tomar decisiones personales sin interferencia externa es inexistente, incluyendo la libertad de pensamiento y de expresión. Sin embargo, la paciencia debe imperar evitando movimientos apresurados que puedan exponernos a riesgos innecesarios.
Rendirse o entregarse ante las dificultades puede tener varias desventajas significativas que impactan tanto el crecimiento personal como la consecución de metas. Rendirse ante desafíos importantes puede erosionar la confianza en las propias capacidades. La rendición puede generar un estado de desmotivación generalizada. Si uno se acostumbra a abandonar cuando las cosas se ponen espinosas, es más probable que se pierda el interés y el entusiasmo por nuevos proyectos o desafíos llevándonos camino al abandono.
Por consiguiente, la paciencia es una virtud transformadora que ofrece múltiples beneficios en todas las facetas de la vida. No se trata solo de la capacidad de aguantar, sino de la habilidad de mantener la calma y la perspectiva mientras se espera el momento adecuado o el resultado deseado. La paciencia es fundamental para no rendirse ante los obstáculos. Nos enseña que el éxito a menudo requiere de tiempo y esfuerzo continuos, permitiéndonos mantenernos firmes y recuperarnos de los contratiempos entre los cuales se encuentra la vulneración sistemática de la libertad, la cual es una necesidad imperante…
garciamarvez@gmail.com

