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Sergio Monsalve: La búsqueda de Brad Pitt

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El director Joseph Kosinski vuelve a la cartelera con F1, para el lucimiento de la estrella Brad Pitt.

Ambos conducen un filme de carreras, a la vieja usanza con tecnología artesanal, buscando reivindicar el valor de lo vintage, pero también de los mecanismos de expresión del cine clásico, repotenciado por la tendencia “high concept” del productor Jerry Bruckheimer, experto en superproducciones de alto vuelo e impacto de taquilla, sobre todo entre los ochenta y noventa, cuando fue su verdadero reinado en Hollywood.

Hoy Konsinski, Pitt y Bruckheimer lucen como un equipo de underdogs, cuyo propósito es generar un espectáculo de emociones y acciones intensas, para dominar el mercado de verano, como en la pasada entrega del realizador, Top Gun Maverick, un largometraje espléndido con el que F1 guarda más que una correspondencia estética y un mensaje de fondo, a favor de las superficies y las texturas analógicas de un séptimo arte en transición ante la llegada de las inteligencias artificiales.

La película F1 puede, por tanto, atribuirse a una idea que va ganando terreno en la meca, después de las últimas crisis y tormentas. Esto es, el diseño de unas arquitecturas maximalistas, de alto presupuesto, que logran cautivar a la audiencia, a través del poder de narrativas de superación de obstáculos que vehiculan figuras y celebridades de la cultura retro.

En tal sentido, la película hace guiños a todos los tropos y emblemas del género, donde destacan títulos de la talla de RushFerrari24 horas de Le MansDías de trueno e incluso Cars, sin olvidar las mejores entregas de la franquicia Rápidos y furiosos.

La combinación de carros, piques, conflictos, tramas simples, arcos dramáticos de cinco actos y antihéroes en busca de una redención, funcionan como una bujía para encender el motor de un espectador algo quemado por su dieta de TikTok.

Pero no hay que esperar demasiada originalidad argumental en el guion de F1.

Sabemos que el protagonista irá superando sus traumas y barreras, en conjunto con un dream team que aprenderá a quererlo, soportarlo y apreciarlo como mentor de un chico, que sí es la nueva esperanza del deporte automovilístico. Aquí también surgen las típicas situaciones de pareja dispareja, que forman parte del catálogo de “buddy movies” que ha facturado Bruckheimer, como Beverly Hills Cop y Bad Boys.

Por igual se resetean arquetipos femeninos que han refrescado la imagen de la mujer en semejantes superproducciones.

De modo que hay un romance a la vuelta de la esquina, una subtrama que huele a folletín otoñal, pero que se desarrolla con vistosidad por el oficio del reparto.

Es que F1, sin ser una joya del séptimo arte, nos va seduciendo y atrapando, en virtud de su impecable factura y mejor concepción de la puesta en escena, por medio de un montaje digno de Oscar.

Como va la mano, F1 puede dar una sorpresa en la temporada de premios, siendo la película que acapara nominaciones técnicas y conquista el corazón de los académicos, en su cansancio por tanto drama artie.

A Joseph Kosinski lo conocimos de casualidad, cuando el mainstream lo catapultó con Tron Legacy, una obra maestra poco entendida en su época, una pieza en la que el director demostró sus dotes y destrezas como narrador de historias sintéticas que resumen los principios del fin de la posmodernidad, es decir, la llegada de un mundo retrofuturista de subjetividades leves y multiversos digitales, en el que se lucha por resistir y permanecer, a merced de terrores y amenazas fantasmales.

Por ello, cada una de las cintas de Joseph Kosinski adoptan un perfil de aparentes cascarones vacíos, de parques temáticos y de atracciones, amén de los efectos pirotécnicos que mueven a las masas.

Un gran circo de Barnum, si cabe la comparación, que el maestro de ceremonias que es Joseph Kosinski maneja como un virtuoso dueño de marca, más como un productor de gusto exquisito y refinado, que de un autor a contracorriente como Scorsese y Coppola.

No en balde, de la generación del New Hollywood, me late que Kosinksi replica cuestiones del lado más conservador que encarnan Lucas y Spielberg, con un toque crepuscular de Eastwood.

De igual manera, Brad Pitt se une a la cruzada de sus amigos defensores del cine, como Tom Cruise, Hanks, Zemeckis, Tarantino y Nolan, para ofrecer una última batalla en Hollywood por la reivindicación de su gremio de artistas y dobles.

Toda la filosofía de Brad Pitt está contenida en F1, cual diario más inocente que irónico de un Andy Warhol.

Es la cruzada de un hombre americano sencillo y discreto, que tuvo un sueño de gloria en los noventa pero se le eclipsó por arrogancia y prepotencia de Ícaro.

Los golpes, los tatuajes y las arrugas enseñaron a moldear un cuerpo marcado por el trauma que tuvo que aplacar el ruido de mente con velocidad y evasión al límite entre la vida y la muerte, al frente del volante.

Pero el piloto cool que es Brad Pitt no oculta una mirada profunda y melancólica, sobre el sueño americano de la fama y el show, que está en lo profundo de la arquitectura aparatosa de F1, su auténtico hallazgo estético.

Como el silencioso chofer de Drive, Brad Pitt busca calmar su ansiedad existencial, en una pista que se le abre como un laberinto mortal.

Un coliseo en el que los reyes controlan el negocio a distancia, mientras los pilotos esperan sobrevivir y cruzar la meta de primeros.

¿Pero al de Brad Pitt de F1 lo estimula el éxito, de verdad, el podio o hay algo más?

Considero que en el personaje hay una revancha de todo un poco: una de los Mavericks de la industria frente a los accionistas, una de los perdedores que se quedaron en la ruta y en el camino, esperando una segunda oportunidad.

De modo que Brad Pitt, como en Érase una vez en Hollywood, rinde culto a su mantra de “Plan B”, de eterno secundario que ha llegado a la cima, por no arrodillarse, por dar un bonito combate en las condiciones duras que impone el sistema de estrellas.

De ahí que F1 con todo y sus clichés, sus finales felices y sus vueltas de tuerca previsibles, sea una de las películas del año.

Una de aquellas películas honestas y emocionantes, de antes, que nos brindaban la oportunidad de hacer catarsis, ante el clima hostil de la época, con sus vientos de guerra.

El domingo fui al cine y aplaudimos al final. Me recordó el ambiente sano y alegre de Star Wars, lo que mis viejos vivieron con Rocky.

Así que no le pierdan la pista.

Un must del verano que recomiendo a mis queridos amigos, alumnos y profesionales del medio, para aprender a contar historias que se quedan con nosotros.

 

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