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Eligio Damas: Madrugando con Pérez Jiménez y recordando a mi primo Foción Serrano, “El tigre mayor”

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Alguien dijo “la vida es una tómbola”, una fiesta y como tal hay que vivirla. Pero en verdad, desde la individualidad, la vida tiene tantas versiones, como gente hay. Claro, esto es parte de lo bello y creativo de ella, hay muchos que coinciden en lo mismo, como también asumirla de igual manera, lo que no niega la individualidad.

Siempre me ha resultado difícil el manejo de las relaciones sociales o personales. Siempre fui muy tímido y hasta retraído. Mi obsesión por hablar en público, lo que me ayudó mucho en la carrera docente, no se correspondía con el manejo de mis relaciones individuales, particulares. Siempre fui muy tímido y como suelen decir, retraído. Por eso, mi amigo Emiro García Rosas, solía decir “Eligio es un caracol, le cuesta salir de la concha”. De niño, no solía lanzarme a recoger lo caído de la piñata rota.

Por esa conducta, fui un fracaso como político, lo que implica hasta contraer compromisos con quienes estás no totalmente de acuerdo y tener habilidad para llegar a sus intimidades. Es decir, tenerles de “panas burdas”, aunque tengas que dar a cambio lo que en un momento dado choca con tus principios o moralidad. Por eso, “nunca fui candidato a nada ni siquiera a concejal” y menos ocupé cargo importante alguno en gobierno. Pues, para decirlo de manera coloquial, nunca tuve nada de “metío” o “asomao”. Por esto mismo, siempre pensó que el llamado “Síndrome de Estocolmo”, tiene muchas fallas, como que gente débil, que falla o se raja moralmente, por distintos atractivos o circunstancias atrayentes, no puede ser evaluada como víctima inocente a la ligera.

Estuve dentro o cerca de los grupos dirigentes del oficialismo, hablo del gobierno regional de David de Lima, gobernador del Estado Anzoátegui, cuando este apoyaba a Chávez, antes del golpe, finales del siglo XX y comienzos del XXI e hice cosas, me atreví a tomar determinaciones, emitir opiniones fundamentadas en mi estricta moral y convicciones que chocaban con la poca estricta de políticos rutinarios y determinados, que me convertí en alguien no “digno” de confianza para ellos, de moral demasiado flexible; pues era diferente, como un trompo carretero. Por eso mismo, quienes entonces manejaban el MVR me marcaron una raya. No cogía línea, no me amansaba, más si ello contradecía mi moral y discurso, que no era de feria ni para ganar adeptos. Porque, en ocasiones, lo justo, equilibrado y hasta sano, desde una moral estricta, se convierte en lo contrario, en quien sólo piensa en la ventaja personal o de su grupo.

Antes había apoyado al Dr. Ovidio González, el primer gobernador electo en el Estado Anzoátegui. En ambas ocasiones, por esa persistencia mía a estar encerrado y no digno de confianza, por no sentirme ganado a hacer nada que contradijera mi moral, a pesar de apoyar a ambos gobernadores, nunca fui tomado en cuenta para nada significativo; a ambos les presenté proyectos educativos que siguen vigentes y ni uno ni el otro, me pararon. Eso, lo educativo, si acaso algún interés les despertaba, no pasaba de lo cuantitativo.

Ese aislamiento que, en buena medida me impuse o me impuso la vida, primero por mi personalidad, ahondado por los años de aislamiento de la lucha clandestina, contribuyó a mi afición más por la escritura. Digo más, porque tengo en mis genes de eso dejados por mi padre, un escritor insaciable, que me decía, siendo yo apenas un niño, “de lo primero que debe entrar a una casa en la mañana es el pan y el diario” y “en una casa nunca debe faltar un diccionario y una máquina de escribir”. Con estos tuve contactos en los primeros años de mi vida. Las yemas de mis dedos se acostumbraron, desde mi niñez a acariciarlas. Pero también, tuve la fortuna de envolverme, siendo muy joven, en unas relaciones amistosas, íntimas de un enorme valor intelectual, como las de Lautaro Ovalles, hermano menor de Caupolicán, con este mismo, Américo Martín, Moisés Moleiro, Romulito Henríquez, Vladimir Acosta, Ramón Palomares, Denzil Romero, Iván Urbina y sigue una larga lista.

Comencé a escribir desde muy joven, sin publicar nada, pues no era en ese entonces fácil y, además, escribí incansablemente cartas a mi eterna compañera, sólo para estampar en ellas lo que no podía decirle personalmente, dada la distancia, separación y soledad que impone lo clandestino. Por aquella vida como nómada del hombre clandestino, casi toda, dicho así por la vieja costumbre de no mostrarme radical, la mayor parte de mi trabajo lo perdí; las correrías y el dormir esta noche en un sitio y la siguiente en otro, no hacían propicio conservar archivo.

Por eso lleno mi soledad, la de antes por lo que ya dije, y la de ahora incrementada por mi vejez y escasa movilidad, escribiendo como un loco y tal vez a lo loco. Claro, esto hace que siempre tenga compañía o mejor, generalmente no me percate de mi soledad. Escribo para distintas páginas artículos de política, desde mi muy particular perspectiva, sin atadura, ensayos de historia, especialmente de Venezuela, cuentos, crónicas, novelas, narraciones cortas y hasta poemas. Ayer mismo envié a la página Costa del Sol, que tiene una sección de literatura, para la cual también escribo, un poema de los seis u ocho que, solamente he escrito en la vida. Y por este afán y necesidad de llenar mi tiempo y cubrir mi soledad, estoy escribiendo mis memorias, trabajo que va llegando a las 400 páginas. De allí extraído las dos anécdotas que siguen, sobre mi primo Foción Serrano y Marcos Pérez Jiménez, pues por lo azaroso que es la vida, están ligadas.

Mi primo Foción Serrano, llamado “el tigre mayor”, por haber sido uno de los fundadores del equipo de béisbol “Los Tigres de Aragua”, fue uno de los buenos narradores de ese deporte en Venezuela. Siempre le recuerdo en la pequeña fábrica de jabón de lavar de su padre, mi tío, Pastor Serrano, sentado al borde la enorme paila, batiendo el jabón con una pala, tan grande, como como un remo para mover en gran peñero, mientras fingía transmitir un juego de pelota. Y decía Foción, mientras le rodeábamos yescuchábamos , menores que él, con el mismo deleite que a Pancho Pepe, transmitiendo un juego entre “Cervecería de Caracas”, nuestro equipo favorito y el “Magallanes”, “el lanzador hace sus movimientos, lanza en curva, el bateador la deja pasar y el árbitro canta strike” y continuaba hasta que terminaba, no el juego, sino de agitar la paila de jabón.

Tenía una bella voz de barítono y una excelente pronunciación dada la persistente práctica. En poco tiempo, debutó como narrador de béisbol en Radio Sucre, la primera de circuito abierto nacida en Cumaná, desde el estadio también llamado así, que ahora lleva el nombre de “Lalito” Velásquez, quien fue un excelente jugador de fútbol. Antes sólo había aquella de circuito cerrado, llamada “Publicidad Sol”, que disponía de varios parlantes colocados en sitios estratégicos de la ciudad, uno de ellos estaba colocado en un enorme árbol plantado en la esquina de la Plaza llamada entonces 19 de abril, ahora Andrés Eloy Blanco, justo frente a la catedral.

No tardó mucho en llegar a Caracas la fama de buen narrador de Foción, tanto que, en breve, siendo aún muy joven, tuvo el mérito de aparecer como narrador al lado de Pancho Pepe Cróquer, entonces una descollante figura de esos menesteres, si mal no recuerdo, eso fue en una emisora caraqueña, entonces de mucha audiencia, llamada “Ondas Populares”.

En esos días volví a hacer contacto con mi primo Foción Serrano, a quien no veía desde que se fue a Caracas a transmitir el béisbol con Pancho “Pepe” Cróquer, pues su familia más cercana se había también trasladado a esa ciudad, quienes vivían cerca de ese espacio que llaman “La Bandera”. Allí fui llevada por mi prima América Velásquez, hija de un hermano de mi madre y por lo mismo también prima de Foción.

De eso tengo una anécdota, un recuerdo imborrable; Quizás, quienes esto lean, puedan entender por qué aquello me impactó tanto, como para no olvidarlo nunca. Estaba yo con mis primos y primas, todo lo demás es tan borroso que, de ellos y el espacio, no recuerdo detalles, menos la razón y circunstancias de estar allí y en horas de la madrugada. Sólo sé que era una época decembrina y el frío que bajaba de la montaña, a nosotros, formados en una zona cálida, nos calaba hasta los huesos; estábamos en frente de la casa de ellos, mis primos y al mismo tiempo, del otro lado del espacio ese de “La Bandera”, donde se construyó una obra, creo que era un túnel.

De repente, se aparecen unos cuatro cinco automóviles de los cuales se bajaron inicialmente varios militares de aquellos que llamaban “medias”, porque justamente usaban unas medias que les llegaban cerca de las pantorrillas y de ese color, cuya función era velar por la seguridad del presidente, en entonces dictador Marcos Pérez Jiménez. Se estacionaron justo al borde de la acera donde nosotros estábamos, nos hicieron que nos corriéramos más atrás, hacia donde estaba la fila de casas y por supuesto nos alejáramos de donde se construía aquella obra. De todos modos, no quedamos muy lejos de aquellos carros y pudimos ver, no sin asombro, que de uno de ellos, emergió la figura del residente de Miraflores. Yo le había visto varias veces ligeramente, en el transcurrir del tráfico caraqueño; pues por donde pasaba, las vías solían, por alguna razón extraña, estar relativamente despejadas, y su paso era presidido y advertido por aquellos motociclistas, de los “medias blancas”, que en Caracas les llamaban también “moscas”, que presidían su desfile y le servían de escolta.

Sabía además que, aquel gobernante, tenía un rasgo de conducta muy positiva, lo que una vez más revela, que los seres humanos somos en veces complicados, dentro del desorden personal puede haber orden para algo y hasta los más despiadados, podría tener en algún momento y, frente a alguien, rasgos de bondad.

Pérez Jiménez era muy cuidadoso con los detalles. Como que cuando se construyó una obra importante, de las tantas que hizo, particularmente o casi exclusivamente en Caracas y parte de la zona central del país, donde había una clase social fuerte y muy definida que reclamaba, aunque lo hiciese de manera discreta, dado el enorme poder de aquel gobernante y por supuesto el temor que infundía, más teniendo el total apoyo de EEUU; cuidaba de inspeccionar las obras, bajo la asesoría de personas, profesionales pertinentes por él escogidas. Y estando en esas inspecciones, mandaba a derrumbar algo ya construido que no se acogía a lo previsto en los planos. Y la empresa que construyó aquella obra, estaba obligada a correr con los gastos que esa corrección implicaba.

Y había algo más, a los constructores o contratistas, en los contratos se le fijaba una fecha de entrega de la obra. Dado el caso que él o ellos no cumpliesen con la fecha prevista para la entrega de la obra, por cada día de retraso, se les aplicaría una multa.

Pero de todo eso lo que más me impactó fue ver al gobernante, haciendo inspección a aquella hora. Pues esas empresas, por razones de tiempo, como poder entregar la obra para evadir la multa o evitar que estas se acumulasen, operaban a esas horas. Y él mismo, acudía a revisar la pertinencia de la obra, de acuerdo a lo planificado ya presionar a los contratistas para que terminaran en el tiempo previsto, pues el día de la inauguración ya estaba fijado.

 

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