Venezuela no se ha inaugurado; Su capital, Caracas, tampoco. Es una ciudad sin visión, sin recuerdos, ni nada que la caracterice, es un campamento. Venezuela toda es un campamento y además tiene una cultura de campamento. José Ignacio Cabrujas.
Caracas no descubre la pérdida de memoria con la destrucción del restaurante Ho Kow de Las Mercedes y su icónico dragón. Es un proceso largo e inherente a nuestra historia, desde el siglo XX, incluso antes.
Varios intelectuales han versado sobre el tema, siendo Francisco Herrera Luque y José Ignacio Cabrujas dos de los más destacados en la crítica certera del carácter efímero y “provisional” de nuestro tejido urbano, ambos con narrativas distintas pero unidos por el cuestionamiento del orgullo modernista criollo, vinculado a las nociones del desmontaje del Estado mágico, cuyos hechizos continúan provocando la alienación social y el eclipse de la democracia, por no hablar de la actual cancelación de un proyecto republicano, amén de la extensión de un neogomecismo cuartelario por otros medios.
De pronto, Caracas se sorprende y lamenta por la demolición del dragón de un restaurante chino.
Pero el local llevaba tiempo convertido en una ruina, producto del contexto.
Por tanto, se reacciona y se despierta cuando pasa de ser un cementerio a un cúmulo de escombros y anécdotas personales por redes sociales, algunas de ellas imbuidas de una retórica cursi que se implantó o “enseñoreó” en las modas del posteo, casi como un código de un periodismo fatuo con pretensiones de retórica poética, sobrecargada de adjetivos y frases subordinadas que no dicen nada, generando un truco de magia que es puro aire, vacío, parte de nuestra fractura cultural.
Mientras tanto, hemos asistido al panic show de la elevación de montones de rascacielos en la zona, sin mayor proporción o sentido estético, donde antes reinaba un cierto orden de casas y negocios modestos.
Puedo imaginar, un poco, la desazón que produce en una persona sensible, en un pensador urbano de avanzada, la destrucción del restaurante chino.
Hasta extraño que no tengamos a William Niño Araque para que nos explique con palabras sencillas pero no menos agudas y duras, él que tanto amó a la ciudad de Caracas y la defendió, muy a pesar de sus falencias que terminó por deconstruir con empatía, hacia el final de sus días, cuando nos regalaba sus charlas públicas de absoluta reconciliación con la trama distópica de la capital.
En tal sentido, la desaparición del dragón de Las Mercedes me indigna por igual, como a usted, me deja desubicado, porque era un referente para dar direcciones, tomar fotos y recordar con cariño nuestro origen “tropikitsch”.
No estamos hablando de la destrucción de una obra maestra de la arquitectura y el diseño, como hemos visto tantas alrededor del milenio, gestionada con frialdad administrativa por parte de unas autoridades que no avisan, que no trabajan el duelo, que no comunican de los desmanes que acometen, supuestamente por el bien común y de los negocios municipales.
Típico de la regencia del Estado mágico que describió Fernando Coronil, la fantasía de una destrucción creativa que provoca construir sobre ruinas, proyectando imágenes de una modernidad encapsulada y prefabricada, impostada y explotadora, prepotente y neocolonizadora.
Por ello, paradójicamente, la caída del símbolo del dragón asiático parece coincidir con la llegada de un Año Nuevo chino y ruso, para la gestión de la ciudad, a merced de plazas rojas que rompen con la coherencia del tejido, de superficies gigantes que emanan una luz cegadora que, de paso, derrochan energía y la electricidad que hace falta en todo el país.
De modo que la ciudad campamento compra un lujo, un esnobismo de ciudad satélite de Beijing y Moscú, a costa de sus símbolos, árboles y genuinos lugares de afirmación de la identidad.
Detrás de ello anida la clásica doctrina mesiánica, que se ensaña con el pasado, que nada más cree en presente y futuro, porque no quiere competencia, no quiere sombra, apelando a un formato de reprogramación continua de 1984, de Big Brother, de Nuevo Mundo Feliz a perpetuidad, ahora por TikTok y la cortesía de sus cientos de propagandistas condescendientes, una especie de ejército de bots e influencers sin alma, que en nada celebrarán la inauguración de lo que sea que se inaugure sobre las ruinas del restaurante chino, más temprano que tarde, para que haga efecto la terapia de choque de cancelar todo lo que genera arraigo y algún enlace con nuestro amor propio, nuestra autoestima. De ahí que también hayan ido por el Festival de Cine Venezolano, otra víctima del proyecto de cerrar todo espacio a una discusión cultural, a una gestión del hecho cultural, de forma autónoma y desde la sociedad civil.
Por eso he de celebrar que Caracas se piense y se reúna en los espacios de la educación, el diseño, el arte, el cine, la crítica, el consumo, las librerías, las editoriales, los restaurantes, los negocios y afines.
Podemos discutir los alcances y las estéticas. Pero me gusta el movimiento de todo individuo libre que busca emprender, crear algo, para ganarse el pan y fundar en lugar de demoler.
A mi edad, luego de décadas en el articulismo crítico, también he de reconciliarme con mi contexto, hacer el duelo por el dragón chino y echar en falta su desparpajo, para haber resistido tanto en Las Mercedes con su cabeza floreada en llamas y sus colores de un extraño surrealismo pop de fachada de Chinatown, como de película de Wenders y Nicolas Winding Refn en Tailandia.
Recuerdo las birras que me tomé ahí, las veces que pedí para llevar, los chistes y las bromas que gastamos a costa de “su mal gusto”, pero que es nuestro, al final del día, un orgullo.
Hoy me siento más cerca de William Niño y su equilibrio zen, respecto a la ciudad, que del Sergio punk que estaba peleado con Caracas y su estética.
Vaya mi humilde aporte por aquí, en un texto que solo busca conectar con lo que fuimos, quizás una ciudad imperfecta pero autocrítica que se reconocía en Herrera Luque, Cabrujas y Araque.
Todavía están con nosotros, todavía los podemos recordar y pensar, para entender qué nos pasa.
Cuestión siempre del valor de la memoria que es el futuro, como diría otro genio vivo, el arquitecto Nicolás Sidorkovs.

