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Rafael Fauquié: Internarnos en lo desconocido “a solas con nosotros mismos”

 

En alguna parte de su obra, dice el novelista Graham Greene: “ser humano es también un deber”. Un deber que, esencialmente nos conduce a la más digna consecuencia de nuestros aprendizajes: el reconocimiento y aceptación de nuestra realidad: perspectiva personal que suma miradas, sueños, elecciones, comprensiones, memorias, temores, proyectos… Perspectiva que describe un sentido de continuidad y crecimiento en nuestro tiempo.

Todo cuanto nos ha sucedido y nos sucede significa, contribuye a hacer de nosotros lo que hemos sido y somos. Todo forma parte de esa realidad que es la nuestra: historia personal donde tienen cabida también lo deseable, lo ilusorio, lo esperanzador. Junto a lo que nos rodea, lo que quisiésemos que nos rodease; al lado de nuestras experiencias vividas, los espejismos de los que no podemos separarnos; cercanos a memorias y referencias, los sueños, las esperanzas, las ilusiones… Todo es parte de nuestra perspectiva, de nuestra sabiduría de vida.

En una entrevista concedida a Octavio Paz, el poeta Robert Frost, menciona la necesidad de mantener vivo “el deseo de internarse en lo desconocido y el deseo de quedarse a solas con uno mismo.” Doble intención de un mismo propósito: construir un camino siempre cercano a los espacios –a veces amplias superficies, a veces profundos y confusos escondrijos- de nuestra conciencia. Internarnos en lo desconocido apoyándonos en eso que fuimos eligiendo, conociendo, valorando; apegándonos a verdades parecidas entre sí porque todas se relacionan con eso que somos y eso que creemos; respondiendo nuestras preguntas necesariamente apoyados por la curiosidad y alejados de la amenazante indiferencia.

La curiosidad hace de cada individuo un aventurero en pos de sus sueños y sus búsquedas. Es fuerza que lo proyecta fuera de sí mismo, más allá de sus ahoras y hasta esos lugares donde residen para él la promesa y la ilusión. Su mayor reto: permanecer curioso, abierto siempre a nuevos aprendizajes y saberes; conservando inalterable la intención de iniciar proyectos, de continuar aprendiendo…

Opuesta a la curiosidad, la indiferencia es vacuidad y conformismo, pasividad estéril, apatía y desinterés, inercia e inconsistencia. La indiferencia rutiniza gestos y pasos, visiones y actos. Iguala rostros y comportamientos. Rasa acciones y destinos. Desvanece iniciativas y descubrimientos. Inmoviliza al indiferente clausurándolo dentro de estrechos límites y haciendo de su entorno estéril escenario sin finalidad ni significado. El indiferente es un ser desdibujado. Condenado por voluntad propia a la

resignación y al desinterés, es incapaz de comprometerse. No se compromete porque ni cree ni valora.

Curiosidad o indiferencia: moverse en el sentido de la una o de la otra, actuar de acuerdo a la una o a la otra. El curioso, llevado por su necesidad de entender, imagina rumbos para sus pasos y horizontes. El indiferente, ciego y sordo a cuanto no sea su inmediata instantaneidad, sobrevive en medio de una errabundez de ahoras, rodeado de hábitos y comportamientos siempre iguales a sí mismos.

Al curioso le es impensable no responder a las interrogantes que lo acosan. El indiferente, sumergido en la imitación de muchos lugares comunes y muchísimos gestos reiterados, permanece al margen de casi todo. Mientras el curioso no cesa de indagar en su tiempo, el indiferente se resigna al sinsentido de su tiempo.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM
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