Caracas linda Caracas, como la vivimos, la quisimos, la soñamos y apurruñamos, ya no está. Se ha ido.
Su deslumbrante presencia y prestancia de Sultana del Ávila y eterna primavera, se ha esfumado, con su maravilloso encanto, a los confines del recuerdo.
El esplendor de su aire, de su brisa, de sus sombras, de su febriles noches, y galantes parroquianos, ya no son, ni el rastro, de lo que alguna vez llegó a ser. Un consentido destino turístico nacional e internacional.
Para consuelo de los soñadores que le sobrevivimos, han quedado tremolando por los aires citadinos, las reminiscencias de una deliciosa nostalgia, que de cuando en cuando, viene a jurungarnos la memoria.
Anhelantes recuerdos que llegan a plantarse con su cadenciosa melancolía, “en la montaña señorial llena de sol. Y el callejón de Conde a Principal. Hostal del suelo caraqueño, cristal reflejo de mis sueños, umbral de mi ciudad perdida” (…), que una vez, le tributara con su candor musical, el maestro, Aldemaro Romero.
O bien, a recordarnos, que hace apenas unos años, en la cosmopolita Caracas, hoy tan extraviada entre turbias ideologías y retóricas vacías, rechazadas en todo el mundo, andábamos, no solo de Conde a Principal, sino de Conde a Carmelitas, de Conde a Padre Sierra, de Gradillas a Sociedad, de Marrón a Pelota, de Peligro a Pele El Ojo, y entre tantas y mágicas esquinas repletas de historias, que orientaban a los transeúntes sin confusión alguna, al destino preciso. Son parte, de la caraqueñísima picaresca, que por años distinguió a la capital de la República, hoy arrasadas por la vorágine izquierdosa.
Un genuino rasgo capitalino, que junto a muchos otros nombres de monumentos y lugares importantes de la ciudad, han ido desapareciendo con la fallida revolución. Para ser sustituidos por resabios patrioteros aborígenes del pasado histórico, a fin de construir su propia y acartonada retórica del siglo XXI, verbi gracia, el Warairarepano, fragua, con la que se ha pretendido borrar, el encanto del cerro El Ávila.
Cuando se avecina el 458 aniversario, de la fundación, de Caracas, el contraste entre su antigua grandeza señorial, con el empobrecimiento de su población, y el marcado deterioro de su ambiente y paisaje urbanístico, se percibe mucho más agresivo e irreconciliable, como nunca antes se había sentido.
Las simuladas formas de violencia, ejercida desde un poder autocrático, casi absoluto, que se ciñe una “desconcertante fachada de gobernabilidad”. Que niega el Estado de Derecho, la libre competencia, y las más elementales libertades, como opinar distinto, han abolido toda posibilidad de convivencia, político-social, no solo de Caracas, sino de toda Venezuela.
Si a eso se adiciona, el inminente riesgo de accidentes de una atormentante contaminación sónica-ambiental, representada por la desenfrenada incursión de motorizados en la ciudad, surgen más obstáculos al desarrollo y convivencia, que solo se garantiza el caos.
Insólito, que quienes vinieron rescatar la ética, la honestidad, el respeto de la función pública y a erradicar la corrupción, según ellos, generalizada, que frenaba el desarrollo armónico capitalino, sean ahora, el polo, diametralmente opuesto, a todo lo que prometieron y juraron recomponer. Afirmándose incluso, que ahora, todo es mucho peor que antes.
Como suele ocurrir, quedan en la memoria de la ciudad y su gente, el grato recuerdo de algunas edificaciones que por décadas, fueron íconos predilectos de la capital. Algunas sumergidas en la desidia oficial, o funcionando a duras penas, como las añejas Torres del Centro Simón Bolívar, en pleno centro de Caracas.
Tal vez con más suerte, han corrido las torres de Parque Central y, el venido a menos, complejo cultural Teresa Carreño, edificaciones que junto al famoso Caracas Hilton y una riada de exquisitos restaurantes, llegó a ser, por años, un exclusivo y añorado centro gastronómico, muy visitado, de la ciudad capital.
Imborrable de la memoria, seguramente por ser el principal epicentro de estudios de Venezuela, siguen las menciones y recuerdos, en torno a la ciudad universitaria de la Universidad Central de Venezuela, declarada por la Unesco, patrimonio cultural de la humanidad, actualmente, muy visitada por oleadas de personas de todas partes y de todas las edades.
Tal vez por su vital utilidad, siguen siendo muy queridos por los caraqueños, los espacios de los parques Los Caobos, del Este, y Paseo Los Próceres.
Y batallando entre la desidia, el abandono y preferencias de una cautelosa población, tremolan los recuerdos y duras críticas, contra el Metro de Caracas.
Todo un legado patrimonial, que junto a “los cerros, los techos rojos, y un lindo cielo”, testimonian, una invalorable añoranza de la otrora Sultana del Ávila.
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