He insistido en la presencia de un nuevo momento político. Un nuevo escenario cuyo epicentro está en la conducta política de la ciudadanía. En primer lugar, haber rechazado la convocatoria electoral del CNE gubernamental y su simulacro normalizador. En segundo lugar, consolidar el respeto a la voluntad soberana ciudadana, expresada el 28 J. con la elección de Edmundo González, presidente constitucional. En tercer lugar, se deslinda del sector electoralista, y lo da de baja, que convive con el gobierno.
Hay entonces nuevos elementos que valorar, reflexionar, para fortalecer e iluminar nuestro camino al cambio. Para su tratamiento los relacioné con cultura política, actores políticos y la noción de Unidad.
A la caída del dictador Pérez Jiménez en 1958, el proceso democratizador se inicia en medio de cuatro grandes propósitos:
1. Desarrollar una democracia sólida y viable, era necesario instrumentar decisiones.
2. Mantener el espíritu unitario, cultivado en la lucha por desalojar al dictador de turno.
3. Se concretó el Pacto de Punto Fijo, con acuerdos y condiciones de gobernabilidad.
4. Se dio soporte constitucional a los partidos políticos como protagonistas en la conducción y construcción de la nueva democracia. Su papel había sido fundamental en la lucha clandestina contra la dictadura.
Los partidos abandonaron las ideas que les dieron origen, convirtiéndose en maquinarias electorales y casas de colocación burocráticas. Inició la industria del clientelismo, estructura básica que garantizaba el próximo ascenso curricular, de Concejal a Alcalde, y de Alcalde a Gobernador, por ejemplo. Para los pragmáticos, ambiciosos burócratas, los intelectuales del partido, depositarios disminuidos de las ideas, se tornaron un obstáculo que habría que descalificar, “son poetas”, arrumar, solo buenos para exhibir en “presidium”, actos aniversarios o discursos de orden. La premisa era catapultar al partido, sus dirigentes, al control del presupuesto de la nación, donde las ideas, incluyendo la ética, era un obstáculo.
El empaledecimiento y desaparición de las ideas que los originaron y la abundancia de dinero público, se convirtió en un cóctel de la muerte para las organizaciones partidistas. La corrupción y el pragmatismo burocrático rompieron la conexión de estos con la sociedad.
Ese es el desafío para un mejor destino, persistir en el desarrollo de una nueva cultura política, asentada sobre los ciudadanos organizados, romper el dilema tramposo de fuerza autoritaria o debilidad democrática, que desemboca en el abismo del autoritarismo arbitrario y empobrecedor.

