La expresidenta de Nicaragua, Violeta Barrios de Chamorro, ha tenido el mismo destino final de su amigo, el exmandatario venezolano Carlos Andrés Pérez: fallecer en el exilio. En su caso, en Costa Rica, país que ha sido durante décadas refugio de buena parte de los perseguidos políticos de Centroamérica y el Caribe.
Su vida fue un fiel reflejo de la accidentada vida colectiva de esta parte del mundo, donde el azar le dio ocasión de protagonizar un papel histórico.
El 25 de febrero de 1990 fue la primera mujer en América en ser elegida presidenta por voto popular. Ese acontecimiento inédito vino acompañado de otra novedad: aquellas fueron las primeras elecciones libres en toda la historia de Nicaragua.
“Doña Violeta”, como la mayoría de sus compatriotas la llaman, se presentó en esa ocasión como candidata de la Unión Nacional Opositora (UNO), una variopinta coalición de 14 partidos que derrotó, contra todo pronóstico, a Daniel Ortega, aspirante a la reelección presidencial por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). La siguiente novedad ocurrió al día siguiente: los sandinistas admitieron, para sorpresa de todos, la derrota electoral. También por vez primera un grupo en el poder manifestaba su disposición a entregarlo pacíficamente.
Nacida el 18 de octubre de 1929, Violeta Barrios era hija de una familia terrateniente, conservadora y católica. Como los de su clase social, fue educada en colegios religiosos, tanto en Nicaragua como en Estados Unidos. En 1950, con 22 años de edad, se casó con Pedro Joaquín Chamorro, otro vástago de las tradicionales familias de ese país. De allí en adelante, todo hacía presagiar que el resto de su vida sería la de una tradicional madre y esposa.
Ese destino cambió dramáticamente el 10 de enero de 1978, cuando su esposo fue asesinado. Ella responsabilizó del crimen al general/presidente Anastasio Somoza Debayle. El trágico suceso desencadenó la insurrección popular dirigida por los sandinistas, que culminó con el derrocamiento del régimen de la familia Somoza el 17 de julio de 1979.
Violeta Chamorro toma el relevo
Durante ese año y medio, Violeta Chamorro (así sería conocida en la prensa mundial desde entonces) tomó el relevo de su malogrado marido en la dirección del diario La Prensa, propiedad de la familia, desde cuyas páginas continuó la férrea y desafiante oposición a la dictadura.
Como independiente, fue uno de los cinco miembros de la Junta de Reconstrucción Nacional, el primer gobierno nicaragüense del possomocismo, del que Daniel Ortega era coordinador y presidente. Pero a los pocos meses rompió con la Junta, regresando a La Prensa, desde donde denunció la orientación marxista-leninista que los sandinistas le estaban dando al nuevo régimen.
A lo largo de la década siguiente, la polarización política y la guerra civil envolvieron a Nicaragua, situación de la cual no escapó ni su propia familia. Sus dos hijos menores siguieron defendiendo la revolución sandinista, y uno de ellos llegó incluso a ser director del diario Barricada, órgano de prensa del FSLN.
Aunque como directora de La Prensa, se convirtió en una de las figuras más destacadas de la oposición a los sandinistas, criticó su deriva autoritaria, la censura, la militarización y la represión, y estos a su vez la consideraban “cómplice de la contrarrevolución”, siempre rechazó la vía armada para sacarlos del poder.
Fin al reclutamiento militar
Nunca apoyó a la Contra, aquel grupo formado por exmiembros de la Guardia Nacional somocista, campesinos descontentos y antiguos aliados del sandinismo, financiados y entrenados por la CIA. No participó en sus operaciones y mantuvo una postura independiente respecto a Washington, desde donde la consideraban una “opositora respetable”.
Acosados por la presión militar estadounidense y con el fin del respaldo económico y militar que, por medio de Cuba, recibían de la Unión Soviética, los sandinistas optaron por ir a elecciones de 1990 convencidos de que las podían ganar.
Por su lado, una dividida oposición formada por conservadores, liberales, socialistas, comunistas y democratacristianos se encontró en el trance de buscar una candidatura que los uniera y no los dividiera más ante un sandinismo cohesionado y confiado en sí mismo. Esa candidatura resultó ser la de la viuda de Pedro Joaquín Chamorro. Pese a que carecía de preparación para gobernar, para todos era evidente las buenas intenciones de aquella matrona.
El día que el Consejo Político de la UNO la eligió como su abanderada, les dijo: “Muchachos, estoy aquí para hacer lo que ustedes me pidan”.
Durante la campaña electoral, el sandinismo la presentó como un títere de la embajada americana, una aliada de la Contra y de la CIA; una ama de casa ignorante, con un discurso simple e ingenuo, con una pésima dicción. Pero ella hizo una promesa clave: poner fin al reclutamiento militar. Este era el símbolo de la guerra, los sufrimientos y el bloqueo económico que la mayoría de los nicaragüenses asociaban al proceso revolucionario.
Violeta Chamorro “peleó como una leona”
Fue durante la etapa de transición cuando se puso de manifiesto la naturaleza que se escondía detrás de la aparente imagen de sufrida y sumisa viuda. “Peleó como una leona”, se dice, ante las condiciones que el sandinismo puso para entregar el gobierno. Fue necesaria la intervención del entonces presidente de Venezuela, Carlos Andrés Pérez, para persuadirla de ratificar como comandante del Ejército a Humberto Ortega, hermano de Daniel. Así fue como se firmó el Protocolo de Transición.
Pérez se comprometió con ella a brindarle seguridad personal mediante una misión policial venezolana, lo que sería pretexto para su caída tres años después. Él se las había arreglado para tener buenas relaciones con los dos bandos enfrentados, al extremo que fue el único líder aplaudido unánimemente por las barras del FSLN y la UNO a su llegada al viejo estadio nacional de béisbol de Managua, donde se realizó el accidentado traspaso de la banda presidencial el 25 de abril de 1990. Ese día, la nueva presidenta recibió una lluvia de palos, piedras y bolsas de agua a su paso por la grada sandinista. El vicepresidente estadounidense Dan Quayle también pasó su mal rato.
En el ensayo que María L. Pallais publicó en la revista Nueva Sociedad en abril de 1992, la retrató como “la reina‑madre de la nación”. Con su “ropa blanca, cabellos canos, sincero maternalismo”, sencilla, “primitiva y llana”, que proyectaba una imagen de paz y estabilidad, resultó ser la líder adecuada para una nación exhausta por años de guerra civil.
Ensayo democrático breve
Fiel a la tradición de clan familiar, designó como su mano derecha en el gobierno a su yerno Antonio Lacayo, quien se ocupó de mantener el acuerdo político con el sandinismo, y eso lo hizo objeto de todo tipo de críticas por quienes se sintieron traicionados.
Pero en sus años de gestión, la dupla consiguió sus objetivos: finalizar la guerra civil, desmovilizar a los “contras”, sacar a la economía de la hiperinflación desmontando el modelo socialista hacia una economía de mercado, y asegurar en 1997 una nueva transición democrática en Nicaragua mediante otra sucesión presidencial pacífica.
Lamentablemente, el ensayo democrático nicaragüense fue breve. La deriva autoritaria de Daniel Ortega dentro del Frente Sandinista, así como su pacto corrupto con el expresidente Arnoldo Alemán, pavimentaron el camino de retorno a la actual dictadura.
Años de guerra y sufrimientos fueron un giro de 360 grados para que de la dictadura de Somoza se pasara a la de Ortega.
Ortega arresta a los opositores
En febrero de 2021, cuando los principales aspirantes opositores a la presidencia firmaron un acuerdo para someterse a un proceso de elección primaria, respetar los resultados y apoyar al ganador, Ortega arrestó e inhabilitó a todos, incluyendo a la hija de la expresidenta, Cristiana Chamorro, favorita en todas las encuestas.
En cuanto al diario La Prensa, hizo lo que no pudieron hacer ni el terremoto de 1972, ni Somoza, ni la primera etapa sandinista en el poder: en agosto de 2022 confiscó las instalaciones y lo cerró.
Así las cosas, según informan sus hijos, los restos mortales de doña Violeta descansarán en San José de Costa Rica a la espera de que cambien los vientos de la historia y “Nicaragua vuelva a ser República, y su legado patriótico pueda ser honrado en un país libre y democrático”.
Al Navío – Pedro Benítez – @PedroBenitez

